Una borrasca nublaba el cielo y agitaba el agua de la playa. Una voz off narraba, con un estilo de locutor de radio, lo que sucedía con el clima y el oleaje alborotados por el mal tiempo. Yo caminaba del malecón hasta donde llegaba el agua de mar.

Avancé cien metros y me encontré unos rompeolas ocupados por algunas personas que disfrutaban de la violencia de las olas. Algunos estaban practicamente dentro del agua. Había una pareja que estaba sobre las rocas y estaba empapada, y las voz radial anunciaba que, ultimamente, habían ocurrido varios decesos precisamente en los rompeolas. De pronto salió de las aguas un tiburón pálido, y de un mordisco, devoró a la mujer, dejando a medias la pareja.

La voz anunció que una puerta de agua estaba por llegar a la costa. Volteé a las escaleras que conducían al malecón y me asombró ver una montaña de agua se movía lentamente a ellas. Las clausuraría, y de paso, nos ahogaría a todos los que estábamos en la playa. La voz seguía con su sonsonete, pero el pánico de morir bajo la furia del mar, no me permitió escuchar lo que seguía diciendo.

Caminata

30 Mayo, 2009

Íbamos varias personas por una senda polvosa. A cada lado se dibujaban las siluetas de magueyes incoloros. Nuestros pasos animaban pequeñas nubes de polvo. El sol de mediodía iluminaba todo.

De pronto en el camino aparecían charcos con aguas pútridas, de contornos oscuros como de algas muertas. A veces, lejos de nosotros, había tanta agua de la misma clase que podía nadarse en ella. Seguimos avanzando y la sombra de un hombre alto se me acercó. Sentí empatía con él, pero no lograba ver siquiera el color de su piel. El sol reinaba por doquier. A pesar de que la luz nos anegaba, mi acompañante permanecía sumergido en una oscuridad.

Inmediatamente después, a un lado de mis pies encontré dos fascos. Uno pequeño, traslúcido y vacío; el otro era ancho de un color azul profundo con unas gruesas vetas bermejas y geométricas. Me despertó una curiosidad mórbida. Antes de levantarlo del suelo me enteraba telepáticamente que una bruja había maldecido ambos objetos: decidía correr el riesgo y levanté el recipiente azul. Lo miré a contraluz, las vetas brillaban como ojos luminosos. Adentro había útiles escolares antiguos: unas tijeras oxidadas retorcidas que recordaban a los zapatos de los duendes, y lápices de maderas corroídas. Me lo quedé: me encantaba. Después, con mucha calma, examinaría su contenido.

No dejamos de caminar hasta que nos encontramos con un gran charco. Algunos de los peregrinos comenzaron a adentrarse en esa agua repugnante, y poco después daban señales de ahogarse. De las manchas negras del contorno se desprendieron cocodrilos del mismo color. Iban a devorarlos.

Todos corrimos hasta el agua y los ayudamos a salir. Los cocodrilos tomaron otra vez su lugar y desaparecieron. Dimos marcha atrás en la senda polvosa.

Camioneta blanca

12 Mayo, 2009

Manejaba en la vía de salida de una ciudad enterrada en mi inconsciente, en lo más profundo. Era una camioneta blanca, recién sacada de la agencia, brillante como un chorro de agua iluminado por el sol.

La conducía desnudo.

La carretera devenía en unas curvas pronunciadas casi intransitables. A un lado y a otro aparecían algodonosos árboles, de un verde oscuro que adornaban el camino. Algunas curvas me sacaban de la cinta asfáltica, esperaba cada vez que algún auto se estrellara de frente contra mí. Al arribar a la sinuosidad más abigarrada, tomé una pendiente que me condujo hacia un desfiladero por donde descendía la carretera hacia el vacío. De curvas pronunciadas, el camino se convirtió en un rizo totalmente vertical.

De pronto, descubrí la habilidad para poder flotar a un lado de la camioneta, mientras ella caía irremediablemente. Encontré en mis manos un hilo grueso, de color naranja luminoso que debía señalar el camino por el que la camioneta debería descender sin riesgo de estrellarse contra el suelo. Volé por dentro de los rizos que era la carretera y conduje, por medio del hilo, hasta la seguridad.

Seguía desnudo pero ya no en el camino ni en la camioneta, sino en mi cama y a oscuras. Escuché que tocaban la puerta, y dije “no pases porque estoy desnudo”. Volvieron a llamar con los nudillos. Era mi padre el que quería entrar. Volví a decir lo mismo, pero él no pareció escuchar e irrumpió. No le importó que estuviera en cueros y se acercó hasta mí, tocó mi pelo y me dijo “ya despierta, ya es hora”. Y desperté.

Las enseñanzas del mal

23 Febrero, 2009

Me encontraba en una fiesta que había organizado en mi casa. Acudió mucha gente, pero nadie me era familiar. Entre la multitud no pude dejar de notar la presencia de alguien muy peculiar, un anciano que a juzgar por su apariencia, debió tener más de 80 años. Poco a poco empezó a llamar la atención de la gente. El ambiente era brumoso, el aire estaba viciado y se podía respirar maldad. Por un momento tuve la sensación de estar en presencia del diablo.

El anciano se acercó a un integrante de la fiesta, un hombre más o menos de mi edad, y después de decirle algunas cosas que no pude escuchar, iniciaron un recorrido por toda mi casa. Los seguí a escondidas mientras subían las escaleras al segundo piso. Supe que el diablo enseñaría algo al hombre que no era yo, y sentí celos de no ser su aprendiz.

En el segundo piso visitaron principalmente cuatro habitaciones. En la primera alcancé a ver un lugar de paredes rojas, como pintadas con sangre. Ahí se encontraba un tipo muy fornido arrancándole, con un pedazo de fierro oxidado, la piel a un cuerpo sin vida, empalado y de cabeza en el centro de la habitación.

La segunda habitación era un escenario muy brumoso en donde no se alcanzaba distinguir ninguna actividad dentro, pero sí un olor a podredumbre y una sensación de muerte inminente, no pude permanecer mucho tiempo contemplando ese lugar, ya que sentí que me perdería dentro de ella y moriría.

La tercera habitación era de color púrpura. Había algunas mujeres desnudas, sentadas en el suelo; pero no pude alcanzar a ver con claridad lo que pasaba dentro porque noté que el resto de las personas de la fiesta me estaban siguiendo. Poseídos por la fuerza maligna del diablo, como zombies me seguían por toda la casa, armados con objetos diversos y con no muy buenas intenciones. Corrí durante toda la noche dentro de la casa, la que poco a poco se iba haciendo más y más grande.

Al final pude salir de la casa, ya amanecía y mi familia llegaba en auto. Mientras bajaban vi cómo frente a nosotros, en un automóvil, el diablo y su aprendiz se alejaban del lugar.

Ya que el episodio traumático terminó. Intenté entrar de nuevo a la casa, pero noté que la puerta está cerrada. Mi hermano se acercó para ver qué es lo que ocurría, pero, como bajo una hipnosis profunda, ambos nos quedamos parados frente a la puerta sin hacer ni decir nada. Cuando mi padre vio la situación, se acercó y nos preguntó sobre lo que había pasado, pero antes de poder decir algo, la puerta ya se encontraba abierta. Al entrar los tres a la casa escuchamos un grito terriblemente escalofriante de una mujer, “mi hermana” pensé. Mi padre acudió al llamado de ella, lo seguí de cerca y me percaté de que está en la cuarta habitación. Vi que mi hermana embarazada, yacía tendida en una cama con sábanas blancas, con un lunar enorme de sangre. A un lado de ella mi sobrino de 2 años trataba de limpiar la sangre, con una expresión de profundo terror. Mi padre la cargó a ella y yo a mi sobrino. Dije en voz alta que todo estará bien y que estábamos a tiempo, aunque yo sabía que el aborto era inevitable. Tan pronto los subimos al auto, se pusieron en marcha hacia el hospital, y nuevamente quedé solo en mi casa.

La sensación que tenía era amarga, productora de un cansancio inmenso y una profunda tristeza. Me dirigí a mi habitación a tomar una siesta. Llegué a mi cuarto y me recosté, dando la espalda a una pared, tratando de dormir. Escuché que me chisteaban, y traté de ubicar de dónde provenía el sonido, pero no pude. Intenté dormir de nuevo. Una vez más me chistearon, de un salto me puse de pie. Empecé a caminar por el cuarto buscando a alguien escondido, pero mi búsqueda fue inútil. Pero advertí que de una pared emergía una cabeza a manera de trofeo de caza, pero era una cabeza humana, de color naranja, sin cabello, con los ojos cerrados y con un tulipán rojo brillante de papel maché en la frente. Era muy extraño porque no recordaba que un objeto así estuviera en mi cuarto anteriormente.

Di algunos pasos y la cabeza giró en dirección mía, como siguiendo mis movimientos; me moví un poco más y ella también lo hice nuevamente. Ingenuamente y sin percatarme de lo aterrado que estaba, acerqué mi rostro al de la pared como intentando ver alguna señal de vida en él. En el momento que acerqué mi rostro aproximadamente a un palmo, la cabeza cobró vida, abrió los ojos y el resto de su cuerpo emergió de la pared. Se trataba de un tipo completamente anaranjado, sin ropas, muy alto y fornido. Se interpuso entre la puerta y mi camino. Al verlo frente a mí me causó la misma sensación que aquel anciano de la fiesta, sabía que me encuentraba en serios problemas y además frente a una inevitable batalla.

Con mis escasos conocimientos de Muay Thai puse mi guardia y me dispuse a pelear. Hice uso de mis mejores y más potentes golpes, pero el individuo sólo esbozó una sonrisa que llena mi corazón de terror. En ese momento supe que estaba perdido ante un oponente invencible. Aun así no me detuve, aumenté la fuerza y velocidad de mis ataques, los cuales fueron repelidos con un único movimiento de su mano derecha. El dorso de su mano golpeó suavemente mi frente, pero me causaba una sensación de dolor en todo el cuerpo, tanto que no pude moverme. Me atacó tantas veces como lo hice yo a él. Sentí cómo mi cuerpo fue recorrido por el dolor una y otra vez, concentrándose mas en mi fosa renal izquierda. Me encontraba tirado en el suelo, indefenso. Durante la golpiza que estuve recibiendo pensé en el viejo truco de hacerse el muerto, parece que se lo cree y en ese momento arremetí contra él nuevamente directo a la cabeza, pero no le hice ningún daño. Los sentimientos de impotencia, odio y terror me invadieron. Quedé en el suelo arrinconado contra la pared, cubriéndome el rostro con las manos y en posición fetal, siendo víctima del dolor físico más grande que habia sentido en mi vida. De pronto desperté en la misma posición que en el sueño, sólo que sobre mi cama y el dolor desapareció.

De la colección "Pago en especie"

De la colección "Pago en especie"

Águilas y lluvia

12 Febrero, 2009

Yo y alguien a mi lado, no sé decir quién, portábamos unos guantes en nuestras manos derechas. Eran de cuero casi blanco y nos llegaban hasta el antebrazo. Éstos servían para protegernos de garras de las águilas amaestradas que llevábamos con nosotros.

Sucedió en una tarde con nubarrones, era oscura y solitaria. Mi compañero y yo caminábamos por calles sin personas, mientras nuestras águilas cafés volaban y aterrizaban alternativamente en nuestros brazos. Cuando ellas alcanzaban grandes alturas, daban círculos sobre nuestras cabezas y después, cadenciosamente, descendían.

Caminamos así durante un largo rato, hasta que sentimos que era momento de ir a casa. Una vez decidido esto, las primeras gotas de agua cayeron del cielo. Los dos preocupados porque nuestras águilas no se fueran a mojar, las llamamos en ese instante. Llegaron a nuestros antebrazos y las cubrimos con unos plásticos que encontramos tirados. Parecían estar felices dentro de ellos.

Comenzamos a correr a casa cuando la lluvia caía densa. El camino era largo y terminamos por empaparnos, con nuestras mascotas secas en nuestros brazos. Para cuando estuvimos frente a la puerta de nuestro hogar, las ropas chorreaban y el chubasco había cesado. Las águilas volvieron a volar alto, y nosotros nos metimos a la casa para secarnos. Dentro de ella, sobre una pequeña mesa, esperaban unas fotografías. Las comencé a ver y en todas salía yo retratado. En unas como bebé, en otras con mi edad actual. Me sorprendí y las guardé.

Mientras las barajaba nuevamente, me pregunté: “¿Dónde estarán las águilas ahora? La lluvia ya terminó, pero hace frío afuera”.

Descubrí que dentro de la casa, aparte de mi acompañante que paseaba por ahí, había otra persona que quería ver las fotografías. Se las mostré.

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Pluma fuente

11 Febrero, 2009

Sostuve en mis dedos una pluma fuente de plata que tenía por tinta sangre. La presionaba contra una hoja blanca y reluciente. Las letras fluídas, aparecían manuscritas.

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Luz

5 Febrero, 2009

Sobre un bote pienso que es poco seguro estar en un sitio así, en aguas oscuras y poco profundas de un manglar, en penumbras y con riesgo de ser devorado por un cocodrilo.

Observo que la carrera hasta la orilla es larga e igual de peligrosa que permanecer sobre el agua: aún así la inicio. Corro sobre las raíces y piedras a mi paso. Pongo especial cuidado en no introducir mis pies en el agua. Ligero y sin dificultad, me siento seguro al no permanecer quieto.

Frente a mí veo cómo poco a poco la penumbra, que se forma debajo de los manglares, empieza a disiparse por la proximidad de suelo firme y escasez de árboles que impiden el paso de la luz. El resplandor del sol se ve cerca. Durante mi carrera pienso que es muy extraño no haber visto ningún cocodrilo, con el miedo que tenía a encontrarme con uno de ellos. El fin del manglar llega y de un salto intento llegar a suelo firme. Este brinco es más como un pequeño vuelo, y durante el mismo puedo notar que el suelo está cubierto en su totalidad por hojas, parecidas a las de maple, de un color amarillo muy resplandeciente. La luz del sol se refleja en ellas y casi me ciega por completo, pero esto no me parece malo, al contrario me trasmite una sensación de paz y bienestar indescriptible.

Justo antes de caer veo cómo debajo de las hojas, camuflados por el resplandor de las mismas, están cientos de cocodrilos esperando a que caiga para devorarme. En el momento en que mis pies tocan el suelo y con la inercia que llevo, continúo corriendo, puedo sentir y oír cómo las poderosas mandíbulas de los reptiles se cierran a mi paso con fallidos intentos por capturarme.

En el momento que creo más indicado doy vuelta y regreso al manglar, mi marcha es veloz y continúa siendo ligera. Detrás de mí corre alguien más, esto no me sorprende y me alienta a continuar mi carrera. Busco el bote de donde toda esta carrera inició, pero es inútil. No tengo idea de qué camino tomé ni cuál debo elegir ahora.

En medio de las aguas poco profundas, como un oasis en medio del desierto, una pequeña construcción octagonal, es lo suficientemente alta para que por la noche, que está próxima a llegar, el nivel del agua no me alcance y los cocodrilos tampoco.

El estar en la construcción no hace que sienta completa seguridad por mí, así que mejor subo al techo. Veo como el agua comienza poco a poco a subir de nivel. En este momento me doy cuenta de que a mi derecha, y desde hace ya un buen rato, está mi esposa. No nos decimos nada, sólo observamos cómo el nivel del agua continúa en ascenso. Pronto a nuestras espaldas se abre una trampa de la cual sale un hombre. Con una vos fuerte y segura nos dice “ésta es la salida del lugar”. Espero a que mi acompañante entre y justo antes de hacer lo mismo, un sentimiento de nostalgia me invade. Pienso que es una lástima que no volveré a ver ese resplandor de hojas amarillas que tan hermoso me pareció, por un momento sentí que estaba brincando hacia el sol. Volteo a mis espaldas como esperando ver un poco de ese destello de luz, pero es imposible, es casi de noche y lo único que puedo hacer es despertar.

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La bruja

29 Enero, 2009

Me encuentro en una construcción en ruinas. La habitación en la que estoy parado no tiene techo, las paredes se hallan cubiertas por limo verde, el piso es de tierra, y a pesar de estas características, me parece que el lugar tiene aspecto de un consultorio médico. A mi lado izquierdo hay un perro de orejas grandes y al cual siento que le tengo un gran cariño, sentía que teníamos un lazo y que podíamos comunicarnos de cierta manera. Empezamos a caminar mi perro y yo, por la construcción en ruinas, ahí encontramos a un amigo y me indicaba cuál era la salida mientras me acompañaba hacia ella. Una vez parados en el portal de salida, noté que la construcción estaba rodeada por un lodo que se perdía hasta el horizonte. Uno que otro árbol seco se erguía entre el mar café.

Empezaba a platicar con mi amigo sobre el lugar y de una serie de cosas que no alcanzo a recordar. De un momento a otro mi perro emprendió una carrera por el lugar, como tratando de buscar algo. A cada paso que daba se ensuciaba poco a poco todo el cuerpo de lodo. Mi amigo me incitaba a que fuéramos en busca del perro ya que cerca de ahí se encontraba una casa en donde pasaban cosas muy raras, y no sería buena idea que llegara hasta aquel lugar. Iniciamos una búsqueda que de pronto se convirtió en una frenética travesía por el campo lleno de lodo. Nuestras piernas estaban completamente enlodadas, nos era difícil caminar y cada vez era más desesperante la situación. Poco a poco nos fuimos acercando al lugar que no queríamos llegar.

Una vez ahí pude ver a mi perro parado a un lado de un pozo, tapado con maderas. Parecía estar tranquilo y en espera de nosotros. Había una construcción de dos pisos que igual que la otra de donde salí. Estaba en muy malas condiciones. No tardamos mucho en notar que se escuchaban ruidos muy extraños en el sitio, provenientes del segundo piso. Parecía como si algo o alguien fuera de un lado a otro de la construcción a gran velocidad y tirando todo a su paso. Pronto los ruidos se convirtieron en estruendos. Mi atención como atraída por un imán no podía apartarse de la construcción, y sólo quería tratar de imaginarme qué es lo que pasaba ahí dentro.

Me di cuenta que en una de las ventanas del segundo piso había una mujer. La vi y sabía que era alguien que había conocido en el pasado y que tenía fama de ser bruja. Ella me miraba fijamente y de un momento a otro estaba parada a mi izquierda; de un salto me alejé lo más que pude. “No tengas miedo, sólo te voy a hacer un regalo” me dijo con una voz muy natural y llena de paz, que a su vez me la transmitía. Se acercó lentamente y me entregó una máscara, era de madera verdosa, parecía muy vieja y dentro de ella tenía una inscripción que no pude leer. De inmediato sentí una fuerte necesidad de ponérmela, y en el momento justo en que me la puse, pude sentir cómo viajaba a una velocidad extraordinaria en la dirección que quisiera; pero a la vez me daba miedo y tenía una sensación de que algo no estaba bien. Me quité la máscara y me encontraba ya muy lejos del sitio en donde me la puse, tan lejos que ya mi vista no me permitía ver la casa de donde partí. A mi izquierda se encontraba la mujer que me dio la máscara, con la misma facies de paz que unos momentos antes. Me dijo que nos buscaban, que la policía estaba tras nosotros y que debíamos escapar juntos. Parecía que a pesar de que no sabía por qué me perseguían, no tenía otra salida más que escapar.

Apresuradamente me puse la máscara y como en la primera ocasión empecé a viajar con la misma rapidez. Podía ver cómo atravesaba pueblos enteros en cuestión de segundos. Me sentía dominado por una sensación de poder y de superioridad. Pronto, frente a mí, el camino se bifurcaba, justo antes de tomar la decisión de qué camino debía tomar, tuve la sensación de que era perseguido por perros; pero dada mi velocidad no presté atención, así que tomé el camino de la derecha y después de algunos minutos más de camino me detuve junto a unos sembradíos de maíz. A mi izquierda, más como parte de mí que como un ser aparte, se encontraba la mujer que parecía nunca cambiar de expresión. Me hizo la seña de ver hacia enfrente, ahí parado se encontraba un policía junto a su patrulla. Hizo el intento de tomar su radio, pero me abalancé sobre él, propinándole una golpiza que no se detuvo hasta que no logré extinguir hasta la última muestra de su vida. El cadáver yacía a un lado de la patrulla, en el canal de riego de la milpa.

A lo lejos se oían más sirenas. La mujer a mi lado parecía disfrutar de aquella melodía tan funesta, al menos funesta para mí. Mientras me esforzaba por ubicar en qué dirección se aproximaban las sirenas, la mujer dijo “nunca nos dejarán en paz, debemos escapar juntos”. Sin decir nada, y completamente resignado, me coloqué la máscara y desperté.

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Francotirador

28 Enero, 2009

En el último piso de una torre que era mi casa, estaba mi cuarto. Tendía mi cama. Era de noche y tenía sueño. Terminé de arreglar las sábanas y apagué las luces. Sólo faltaban las cortinas que dejaban entrar mucha luz. En el momento en que las tenía en mis manos escuché el crujido de un vidrio. La espalda se me heló. Busqué de dónde venía el sonido y encontré un pequeño hueco en el cristal del ventanal: en seguida adiviné un disparo.

El segundo terminó de reventar el cristal.

Corrí a ocultarme. Una pared me protegía. Busqué en mi cuerpo rastros de sangre y encontré uno. La sangre fluía sin miramientos. Llamé gritando a mi padre, pero tardaba en llegar. La sangre continuaba con su flujo inclemente. La mirada comenzaba a vacilar. La piel palideció.

Escuché que la perilla de mi cuarto giró lentamente, y la cara de mi papá se asomó. Le expliqué la situación, que debía quedarse a resguardo, pero que necesitaba ayuda porque me desangraba. Me dijo que no había otra opción más que fuera por mí y me sacara. Entonces corrió hasta donde estaba protegido, me tomó de la mano y me obligó a pararme. Las piernas me temblaban. Corrí junto con él, pero los pies no me respondían con claridad.

A la mitad del cuarto mis piernas colapsaron y quedé de rodillas. Mi padre intentaba pararme, pero mientras eso pasaba, la blanda carne de mi espalda sintió la dureza del plomo. Uno a uno llegaron los proyectiles. Fueron más de cinco balas dentro de mi tórax.

Sentí la desesperanza que deben paladear los condenados a muerte.

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Abro los ojos y estoy en una cama extraña, sobre tapanco. El techo a dos aguas es de madera, al igual que el resto de la casa. En dirección a mis pies hay un ventanal grande, a mi izquierda está dormida mi novia. Me levanto de la cama y camino por el lugar, “es bastante acogedor” digo. En ese momento ella despierta y por algún motivo comenzamos a discutir. Muy molesta se va de la casa, y en el momento en que sale emite un sonido al azotar la puerta. Esto me hace tomar cierta conciencia y noto que toda la casa tiene pegados por doquier post-its con pequeñas notas, las que me resulta imposible leer. Al no poder leer recuerdo que se dice por ahí, de manera popular, que dentro de los sueños no se puede leer, así que sé que estoy soñando. Camino un poco más en el tapanco, no bajo por ningún motivo al piso principal, me acerco a la venta, la abro y sin mirar abajo me arrojo por la ventana.

En el momento en que me incorporo, ya afuera en la calle, puedo ver que este lugar es como pienso que Londres debe ser. La calle empedrada es de un ancho considerable. Es de noche, hay neblina por doquier y los faroles permiten ver un poco el lugar por donde se camina. Durante mi inusual caminata veo un lugar que llama mi atención, es una puerta abierta de lámina, apenas iluminada por una lámpara amarillenta. Pareciera una entrada trasera de algún lugar lúgubre. Una extraña y fuerte sensación inexplicable me incita a entrar.

Se trata de un pasillo largo, aproximadamente un metro y medio de ancho. Las paredes son blancas y muy manchadas, en la unión con el piso hay partes en las cuales su puede ver limo. El final del pasillo no se alcanza a ver ya que la iluminación es muy tenue, sólo hay un foco cada seis o siete metros. A lo largo de todo el pasillo, empiezo a caminar por de esos intervalos de luz y oscuridad que procuran las bombillas. Durante esta tétrica travesía noto que a los lados hay entradas hacia habitaciones en cuyo centro hay planchas para acostar muertos. Es un anfiteatro.

En esta ocasión el miedo no me invade como en sueños pasados, muy al contrario, tuve una sensación de felicidad muy grande, pensé que podría encontrar un muerto tendido en alguna plancha y probablemente podría comunicarme con él. Continúo caminando pero algo no es del todo normal para mí, ya que cuando paso a través de los intervalos luminosos, mi sombra no corresponde con mi anatomía, más bien parece que cargo con un bulto o joroba a mis espaldas. Pronto veo por fin una habitación que parece estar ocupada por alguien, así que me decido a entrar.

Frente a mí está un cuerpo tendido en la plancha. Es un hombre de más o menos 45 años de edad, con el aspecto de tener pocas horas de muerto. A su lado derecho, de pie, el mismo hombre contemplándose. En el momento en que me ve entrar da un paso atrás. Me mira fijamente. No parece tener miedo, pero sí estar asombrado. Noto que no pone atención en mi cara sino que observa algo por encima de mi hombro; por un momento me cruza por la cabeza que alguien más está ahí y que está detrás de mí. Volteo pero no hay nadie, de pronto en una ventana rota veo mi reflejo y mi expresión que es de asombro como la de aquel hombre. En mi espalda, de una manera majestuosa, un par de alas se extienden, dejando ver unas plumas negras, brillantes y hermosas. Su belleza me impacta tanto que despierto.

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