Las estatuas

20 enero, 2012

Había estatuas de formas parecidas al hombre pero mucho más grandes y de alguna forma recordaban a los atlantes de los toltecas. Una de las estatuas se había impuesto como líder de las demás. Eran capaces de pensar, de tener deseo y de moverse. Todas sin excepción eran albas. El que comandaba repetía con insistencia un pensamiento, como si tratara de convencer a los otros de que aquello que pensaba era verdad. «Mi vida tiene el sentido de un juego y por lo tanto en él debe haber muchas piezas que le den ese sentido», era el mantra que ya minaba al resto.

Poco después vi a uno de esos hombres con marcas de brochas que habían sido empapadas con colores muy brillantes, fosforescentes. Alrededor del individuo principal se aglomeraban algunas figuras aún blancas, pero muchas otras ya habían cambiado. Había estatuas quemadas, unas pajizas, otras con penachos, quizá alguna otra relacionada con el agua. El pensamiento había colonizado a otros, como la metástasis.

Escalera de metal

13 enero, 2012

Los pasos de muchos resonaban con cada escalón subido y la escalera de caracol se elevaba en extremo. Era una tarde de la que podía esperarse lluvia y relámpagos. Las nubes disputaban espacio en el cielo. Luego supe que el propósito de subir escaleras era la instalación de unos aparatos; no recuerdo para qué servían pero debían estar muy altos. Miré a través de uno de ellos y me maravillé de la precisión con que lo alinearon hacia otro muy lejano. Hice saber a los demás que me era asombrosa la técnica utilizada. En ese momento volví a advertir el cielo; amenazaba con soltar descargas potentísimas mientras nosotros, en ese pararrayos accidental, nos solazábamos colocando juguetes. En la tierra vi cómo un rayo no desde la altura, sino intestino que se produjo en las rocas, la hierba y la humedad se manifestó como venas luminosas. Temí mucho estar en las escaleras para cuando los relámpagos arreciaran desde el techo del mundo. Pedí bajarnos de las escaleras. Mis súplicas les parecieron razonables.

Oleaje

6 enero, 2012

El lugar en donde estaba tenía un regusto al set que Truman sufrió en The Truman Show. Si bien la arena de la playa debajo de mis pies se sentía muy real, con tan sólo mirar al cielo se advertía un acartonamiento y un sabor a irrealidad. Alrededor mío había un bullicio que recordaba a un hormiguero; no distinguía algún rostro en especial y estoy seguro que la gente huía de la playa. Temían al agua. Y yo, después de unos momentos, también. La primera ola era monstruosa por su tamaño y cortaba sin clemencia el aliento. Tenía un color azul muy parecido al de los zafiros y vaticinaba muertes al instante y otras dolorosas.

Corrí como todos.

Mientras huía del rugido del agua noté que estaba en una isla de forma alargada y ridículamente estrecha; justo en medio había una carreterita en la que una camioneta pequeña me esperaba. Dentro viajaba gente importante para mí y que había venido a mi rescate. Logramos acelerar, como en una película gringa, antes de que la marea lograra alcanzar los neumáticos. Al mirar atrás, la tierra de la isla cedía ante la fuerza de las olas, de la misma forma desaparecía la carretera ya recorrida y, tiempo después, la que faltaba por recorrer.

Las olas se hinchaban descomunalmente y prometían muerte. El tramo de camino que nos quedaba por andar se acabó en algún momento y tuvimos que tomar una decisión. De manera curiosa la gente que estaba dentro del coche se esfumó o dejó de importar, así que abrí la puerta y lo primero con lo que me encontré fue una resbaladilla o tobogán que me conducía directo y sin misericordia al mar furibundo que ya había consumido cualquier sostén. Cerré los ojos resignado y sentí con claridad el momento de entregarme. Me dejé caer hacía el líquido zafiro que esperaba con ansia.

En una sala tres sillones apuntan hacia una pared, que es una pantalla como de cine: amplia y blanca. La luz empapa todos los objetos de pureza. Hay varias personas en ese lugar. Todos vemos una película muda que tiene unos movimientos circulares y flotantes de cámara; hay imágenes vívidas y límpidas en la cinta. Todas las tomas son a color, y ¡qué color!

Las personas que están ahí han ocupado todos los sitios en los sillones y yo no tengo dónde sentarme. Los más allegados a mí me ofrecen un poco de su asiento, pero me es difícil acomodarme. Al final opto por sentarme en uno de los brazos del sillón.

La primera toma que miro es el busto de un changuito café que tiene una cabeza muy particular. De la nariz a la frente se ve un par de huesos grisáceos de forma convexa y geométrica; eran una especie de pirámides pero con un vértice mucho más largo que los otros, recordaba su base a un triángulo isósceles. Tales huesos eran parte de su naturaleza ya que ellos no conformaban ninguna deformidad. Sus ojos son negros y muy pequeños.

Ese animal estaba destinado para algún fin que desconocía. Poco después el simio ya había salido de la pantalla y estaba en los brazos de una de mis tías; dejan la sala de proyección y se van a una especie de quirófano que está en la cocina de la casa. Al llegar ahí miro unas férulas de cristal que el changuito usa, el material recordaba al vidrio que se vende en los mercados, que es muy artesanal y dentro de éste hay muchas burbujas. Mi tía aparece vistiendo una bata y empuña un martillo, con el que gentilmente golpea el vidrio hasta reventarlo. Retira los restos de férula mientras el animalito espera con paciencia. En un cuenco de vidrio ella pone los pedazos desparramados sobre la plancha que hacía las veces de quirófano. En ese cuenco había un poco de vino tinto al que se le había agregado agua. La visión de esos tres elementos juntos, en el sueño, ofrecía casi un espectáculo a la vista porque eran sumamente prístinos y transparentes.

Para ese entonces recuerdo que el chango dentro de la película tenía un papel fundamental y al final se escapa. Mi tía dice que tiene que hacer algo; toma el cuenco y lo apoya contra su cintura mientras que con una de sus manos se ayuda a sostenerlo a esa altura; calza unos zuecos y abre la puerta de la cocina, a través de ella puedo ver un gran campo con pasto perfectamente cortado. A lo lejos se distingue un cerco de árboles. El cielo está gris y llueve mucho. Le digo a mi tía que no se vaya porque si ella se va, el simio se va a perder, se escapará; ella me responde que no, que él ahí se va a quedar. Sin embargo yo estoy seguro de mi afirmación.

Mi tía da unos pasos y la lluvia comienza a mojarla. Parece disfrutarlo. Mi tía se interna en ese campo y se va.

Rojo León ha sugerido la idea de la semana. Dentro de sus lecturas se halla la novela de Mary Shelley, obra seminal para toda la estirpe de la ciencia ficción (ficción científica, si se prefiere el término); texto estudiado por todos ángulos y perspectivas, característica que habla de su calidad.  En una parte de la ficción en donde el Doctor Frankenstein ya ha creado a la criatura sin nombre, este tan infortunado padre tiene una pesadilla:

 

Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo.

¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos!: ¡santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios.

Las alteraciones de la vida no son ni mucho menos tantas como las de los sentimientos humanos. Durante casi dos años había trabajado infatigablemente con el único propósito de infundir vida en un cuerpo inerte. Para ello me había privado de descanso y de salud. Lo había deseado con un fervor que sobrepasaba con mucho la moderación; pero ahora lo había conseguido, la hermosura del sueño se desvanecía y la repugnancia y el horror me embargaban. Incapaz de soportar la visión del ser que había creado, salí precipitadamente de la estancia. Ya en mi dormitorio, paseé por la habitación sin lograr conciliar el sueño. Finalmente, el cansancio se impuso a mi agitación, y vestido me eché sobre la cama en el intento de encontrar algunos momentos de olvido. Mas fue en vano; pude dormir, pero tuve horribles pesadillas. Veía a Elizabeth, rebosante de salud, paseando por las calles de Ingolstadt. Con sorpresa y alegría la abrazaba, pero en cuanto mis labios rozaron los suyos, empalidecieron con el tinte de la muerte; sus rasgos parecieron cambiar, y tuve la sensación de sostener entre mis brazos el cadáver de mi madre; un sudario la envolvía, y vi cómo los gusanos reptaban entre los dobleces de la tela. Me desperté horrorizado; un sudor frío me bañaba la frente, me castañeteaban los dientes y movimientos convulsivos me sacudían los miembros. A la pálida y amarillenta luz de la luna que se filtraba por entre las contraventanas, vi al engendro, al monstruo miserable que había creado. Tenía levantada la cortina de la cama, y sus ojos, si así podían llamarse, me miraban fijamente. Entreabrió la mandíbula y murmuró unos sonidos ininteligibles, a la vez que una mueca arrugaba sus mejillas. Puede que hablara, pero no lo oí. Tendía hacia mí una mano, como si intentara detenerme, pero esquivándola me precipité escaleras abajo. Me refugié en el patio de la casa, donde permanecí el resto de la noche, paseando arriba y abajo, profundamente agitado, escuchando con atención, temiendo cada ruido como si fuera a anunciarme la llegada del cadáver demoníaco al que tan fatalmente había dado vida.

 

Fragmento tomado de Mary W. Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo, Cátedra, edición de Isabel Burdiel, Madrid, 2007, pp. 169-171.

 

Mary Shelley

En su Tren de historias editado por Aldus, José de la Colina entrega al lector un texto que me parece de lo más atinado con respecto al próposito de este blog. Se llama “Un caso difícil” (pág. 92). Lo dejo para el deleite de quien pueda hallar estos derrelictos de sueños.

Un caso difícil

El caso más difícil en mis veinticinco años de psicoanalista. Me dijo que en aquel sueño se veía entrar por una gran puerta de batientes que se entreabrían y le dije que eso significaba que estaba obsesionado por el sexo femenino, representado por la puerta. Me dijo que luego en el sueño se veía caminando por una vereda hacia un claro de un bosque en el que se levantaba un enorme pino absolutamente recto y le dije que el pino significaba el pene e indicaba el temor de ser castrado. Me dijo que en el sueño se veía manejando una gran máquina que daba grandes sacudidas, extenuándolo, y le dije que eso significaba un recuerdo de cuando en su niñez se entregaba al placer solitario, pues las mecánicas sacudidas significaban la masturbación. Finalmente me dijo que en el sueño veía una hermosa mujer que se levantaba las faldas y él sacaba el pene,

y me desconcertó y después de meditar mucho el asunto, tuve que decir humildemente que, la verdad, vaya uno a saber qué podía significar eso.

José de la Colina en mexlit.files.wordpress

José de la Colina en mexlit.files.wordpress

Como si estuviéramos frente a una pantalla, desfilaban ante nosotros los diversos escenarios de una excursión en ámbitos naturales, casi salvajes. Creo que había algunos marinos, otros selváticos pero nos adentrábamos en un bosque color de otoño con un río helado y una cabaña en la que seguro nos resguardaríamos. Dimos un primer paso y la puerta de madera ya estaba muy cerca, no más de treinta segundos a pie; de pronto, la amenaza tan vieja, tan conocida hizo presencia: un enjambre de OVNIs apareció en el cielo con plenas intenciones de abducción. El pánico descendió sobre nosotros como un sereno pero de manera tan súbita que corrimos hacia la cabaña. Cuando la mayor parte de los excursionistas ya estaba dentro, vi en el umbral de la puerta el cabello rubio de la chica que más me interesaba que entrara a resguardo. Fue al seguir sus pasos que caí en cuenta de algo: los OVNIs más que una amenaza, eran un simulacro. Cogí uno con la mano mientras viajaba en el aire. No era más grande que dos metros; al tocarlo recordaba a ese metal que no se sabe si es plástico o viceversa. Era fresco al tacto y ningún tripulante pareció encararme. Sospecho que algún engrane, hechizo, conjuro, maldición o tara decayó dentro de mí. Estoy a la espera de nuevas noticias.

 

Creo que todo empezó como un programa de televisión en donde mostraban a un hombre que había sobrevivido a la mordida de varias serpientes en el desierto. El procedimiento que usó para repeler el veneno fue moverse como serpiente: de pie y con los brazos por arriba de la cabeza, extendidos hacia el cielo y con las manos tomadas una de la otra.

El lugar en donde se veía al viejo contar su historia era frente a un refugio de piedra de apariencia muy antigua, casi arcaica. De pronto este señor se me unía y caminábamos juntos mientras platicábamos su experiencia con los reptiles. El paraje poco a poco se transformó en un caserío; pronto nos hallamos andando por una empinada calle de arena. A continuación nos encontramos con una serpiente del mismo material que estábamos pisando y era casi tan alta como nosotros. Había sido fabricada por la gente de la televisión que no pude por ninguna parte. Sobre esta construcción había serpientes reales, muchas eran cadáveres y unas pocas estaban vivas. El viejo las levantaba con las manos desnudas y parecía no tener miedo a ser mordido de nuevo. Me ofreció una pero yo me alejé internándome en el caserío. Él me alcanzó pronto.

En una de esas calles vimos cómo una combi de servicio público dio de manera brusca la vuelta en una esquina, pero el conductor no se detuvo hasta chocar con la banqueta al volantear de esa manera. El hombre que la manejaba abrió la puerta con violencia y antes de que la viéramos, supimos que llevaba un arma en las manos. Apenas sentimos la necesidad de huir, otra combi llegó con velocidad por el camino en que había arribado la primera; dio la vuelta de la misma forma y quedaron los dos autos uno al lado del otro. No sabíamos el viejo y yo si era un enfrentamiento o si venían por nosotros, así que empezamos a correr. Llegamos a la parte trasera del pueblo. Corrimos como nunca, rapidísimo, y mi cuerpo para ese entonces era el de un niño, así de pequeño y herido de bala. No supimos si por producto de la supuesta persecución o si fue un genuino fuego cruzado.

El juego

8 marzo, 2011

Recuerdo una mesa iluminada tímidamente por un lámpara cónica. Era una mesa de juego sobre la que había unas piezas verdes, amarillas y blancas que nunca había visto; la primera impresión que tuve de ellas fue que eran chicles de cuatro pastillas en un empaque de celofán. Una mano femenina llegó hasta el centro y tomó las verdes con un actitud de hastío, como si tuviera que jugar sólo para demostrar que no había nadie ahí que pudiera derrotarla. En ese momento supe que era un duelo de apuestas y que yo era el bien que se disputaba. La chica de las fichas verdes se recargó en el respaldo de su silla y casi se la tragó la oscuridad. Lo único visible era la mesa y una circunferencia muy limitada. El resto no sé si era un cuarto, una explanada, un desierto.

Había otras jugadoras, pero ni siquiera me fue posible verlas o percibirlas de otra forma más que reconociendo apenas su existencia. La victoria vino como se esperaba: súbita e incontrovertible. Después había un coche que tal vez me llevaba. Mucho movimiento.

Algunas veces cuando despierto y tengo cercano el recuerdo de un sueño, aún en la cama, todavía con los ojos cerrados, comienzo a redactarlo mentalmente. Hoy soñé con un coche descompuesto, un mecánico y una prima que quería que la llevara en el auto rojo. El hombre que trataba de componerlo me comunicó la causa del problema y me lo explicó de tal forma que me hizo sentir culpable de que el aparato no andara.

Las emociones, colores y lugares los tengo, incluso ahora, muy claros. Podría redactar el sueño de hoy como lo he venido haciendo, pero hoy no me interesa contar un sueño sino hablar de la imposibilidad de semejante tarea. Quizá por miedo o por negación inconsciente, no había formulado la siguiente premisa con claridad: cuestionarse con seriedad si la obsesión de transcribir un hecho de la realidad (que puede ser onírica) puede llevarse a cabo.

Al redactar el sueño del coche descompuesto vi exactamente cómo al elegir palabras para la descripción, las imágenes iban transformándose del original al «textual»; las acciones y visiones primigenias se perdían irremediablemente ante la traducción. Este «descubrimiento» probablemente se encuentre involucrado con la intención de narrar con fidelidad mis sueños. Al hallar este inconveniente me encuentro con un obstáculo insalvable. Mis posts podrían ser como fotografías borrosas de algo real, tangible. Probablemente al poner todas las imágenes juntas pueda recrearse un panorama aproximado a la realidad.

La estructura literaria, es decir de palabras, que impongo («imponer» puede ser un término muy fuerte, aunque en este momento siento que es el verbo adecuado) a la experiencia soñada es determinante para el producto final, o sea un post. Al hacerme consciente de esta circunstancia, aún en la cama con el sueño recién redactado en la mente, pensé que cometía algún tipo de traición o que producía sueños adulterados. Tiempo después de haber salido de la duermevela caí en cuenta de que esto no era necesariamente así. En este caso, por ejemplo, al moldear el material onírico me encontraba aún en la duermevela, todavía en el territorio de las ondas α; la modificación ocurrió dentro del «horno» y supongo que bajo el influjo de una lógica inconsciente, la que me interesa compartir aquí.

Desde luego que a la redacción en el aire, en la cabeza, se aplican principios racionales, digamos que contrarios al sueño. Esto quizá sea contradictorio, nocivo para la transmisión de la experiencia, sin embargo no hay otra manera de compartirlo más que a través de la palabra, de mis palabras.

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