Las estatuas
20 enero, 2012
Había estatuas de formas parecidas al hombre pero mucho más grandes y de alguna forma recordaban a los atlantes de los toltecas. Una de las estatuas se había impuesto como líder de las demás. Eran capaces de pensar, de tener deseo y de moverse. Todas sin excepción eran albas. El que comandaba repetía con insistencia un pensamiento, como si tratara de convencer a los otros de que aquello que pensaba era verdad. «Mi vida tiene el sentido de un juego y por lo tanto en él debe haber muchas piezas que le den ese sentido», era el mantra que ya minaba al resto.
Poco después vi a uno de esos hombres con marcas de brochas que habían sido empapadas con colores muy brillantes, fosforescentes. Alrededor del individuo principal se aglomeraban algunas figuras aún blancas, pero muchas otras ya habían cambiado. Había estatuas quemadas, unas pajizas, otras con penachos, quizá alguna otra relacionada con el agua. El pensamiento había colonizado a otros, como la metástasis.

No puedo evitar recordar el fuego interno. Parece el arte de ensoñar. Besos y abrazos
Zen, todavía no tengo el gusto de conocer El fuego interno pero si tú lo dices, te creo.
El pensamiento y las ideas movilizan hacia lo divino. Los pensamientos lúdicos son peligrosos para quien quiere mantener inerte a su rebaño.
Digamos que estoy mucho más de acuerdo con la segunda premisa: si tomamos a la estatua líder como el fomento de ideas, ¿son éstas lúdicas o estáticas?
Vamos a la magia tan colorida.
Interesante sueño.
Besos.