La selva

24 Enero, 2009

Por teléfono me enteré de que alguien de mi familia había caído enfermo. Tomé algunas cosas indispensables y me subí a una camioneta, que francamente, nunca había visto. Conocía que el camino era laberíntico y desconocido para mí. No me importó. Encendí el auto y comencé el viaje.

Pronto despareció el pavimento para dar paso al camino de terracería. Ésta fue devorada por una vegetación espesa verde limón, luminosa. Un viento húmedo se colaba por la ventanilla. Me engañó una sensación de bienaventuranza y seguridad. Me seguí internando en el camino desierto.

Llegué a algunas bifucaciones que se parecían a los cuernos del venado. Tomé siempre las desviaciones que estaban marcadas por flechas. Parecía que si seguía ese camino podía llegar a alguna población. Y así fue.

Las plantas indefectiblemente mojadas, dejaban que gotas translúcidas cayeran al suelo poblado de hongos. El rojo brillante de la camioneta, su carrocería inexplicablemente impecable y sus toscas llantas cubiertas de lodo, penetraban cada vez más en el santuario alienado. Seguía manejando, seguro de llegar a algún sitio.

Arribé a un pueblecillo en el mismo corazón de la selva de la que ya no me sentía capaz de salir. Justo en su centro me encontré con un lago o río límpido, azul grisáceo. La música del correr del agua me sedujo tranquilizándome, mientras estaba en el hocico del lobo.

El líquido fluía fresco.

Llegué a una callejuela en donde había muchas personas sentadas en la acera, algunas en bancos, y niños jugando en medio del paso de los vehículos. Me detuve y descendí de la camioneta. Saludé y comencé a hablar con un señor panzón que comenzó a orientarme. Le dije que estaba perdido, que necesitaba llegar con urgencia a un lugar.

Una sinfonía de gotas sonó: llovía.

El panzón me dijo que iba a ser imposible que yo me fuera de ahí en camioneta porque se atascaría. Asentí y le pedí que me siguiera diciendo cómo ir a mi destino. Terminó de enseñarme y comencé mi viaje a pie. En la salida del pueblo, como si éste estuviera en un segundo piso, hallé unas escaleras de caracol, hechas de piedra por donde tendría que descender para llegar, una vez más, a la selva.

En el umbral de las escaleras me encontré con una selva todavía más mojada y más salvaje. Un riachuelo corría a mi izquierda y mostraba unas pirañas exageradas. Un grupo de gatos monteces cazaban frente a mí. El lodo que era el camino era tan espeso como el merengue.

Seguir a pie me aseguraba morir en el corazón de la hermosa selva.

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Torre de marfil

23 Enero, 2009

Mi compañero y yo habíamos rentado un sitio para vivir. Era un pequeño departamento que a primera vista, parecía acogedor. Lo decoramos, impusimos reglas y empezamos a vivir. El orden no podía mejorar.

Conforme íbamos y veníamos, las escaleras para llegar a nuestro piso se deterioraban. Nunca nos explicamos si era efecto del paso acelerado del tiempo o de una ilusión propia. Los grafitis comenzaron a invadir las paredes, los barandales se ennegrecían, las escaleras anidaban basura, el edificio siempre estaba solo.

Mientras mi hogar devenía en un mugrero, un día fui a comer a una pequeña fonda; y cuando volví, subí las escaleras más sucias que había visto, las puertas de los demás apartamentos estaban derruídas. Pero al momento de llegar a mi puerta, descubrí un adorno que había hecho y colocado a la entrada. En el momento de, no sólo verlo, sino observarlo realmente, caí en cuenta de que la diferencia entre el lugar que adornaba y la limpidez del objeto era abismal. Una opresión oscura me invadió.

Entré al departamento y mi compañero se bañaba. “Hay cervezas”, me dijo. Pero no tomé ninguna. Estuve en la ventana contemplando una ciudad gris, a medio construir, sin gente. Salí a la puerta y noté que la puerta de mis vecinos de enfrente estaba abierta. Entré sin preguntar.

Había dos hombres de mi edad, uno sentado en una vieja silla en medio de un salón vacío. Por debajo de su pantalón salían unos cables azules y blancos: tenía en su boca un pequeño micrófono y algunos aparatos más que no pude reconocer. Estaba haciendo la parte de un locutor de radio.

Los cables conducían a una consola en donde estaba parada la segunda persona. Miré largamente cómo dirigían su programa. El interior de su apartamento era igual que todo el edificio: sucio, decadente.

Volví a mi estancia, y me di cuenta que nunca había visto la cara de mi compañero.

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Después de que viví los primeros dos “desprendimientos”, pensé durante largo tiempo y los comenté con personas en las que siempre me apoyo para tomar algunas decisiones. Decidí intentar soñar de nuevo de una manera más controlada, sin que fuera un hecho imprevisto y además que tuviera el elemento más importante: no tener miedo.

Eran aproximadamente las dos de la tarde. El trabajo escaseaba en el hospital y fácilmente una persona podía hacerse cargo de las tareas que se nos habían encomendado. Platicando con mi compañero de guardia, le hice el comentario de que tenía intenciones de dormir con el firme propósito de tomar control de mi sueño y de mis emociones. Fue entonces cuando él me propuso ir en ese momento a intentarlo, lo cual me pareció excelente ya que todo se prestaba para el evento. Llegué a la habitación que se nos asignó desde que llegamos a ese hospital. Entré y gracias a que no había ventanas en ella, la oscuridad era casi total. Puse un poco de música de mi grupo de rock favorito, la canción numero cinco, lo recuerdo bien. Me acosté con intención firme de dormir y ya que las jornadas dentro del hospital eran muy extenuantes, el intentar dormir no era cosa complicada.

Abro los ojos, sé que estoy dormido, que debo relajarme y buscar la manera de enfocar mis sentidos en lo que acontece a mi derredor sin perder la cordura. Me encuentro dentro de un espacio muy peculiar, el lugar es blanco, no hay arriba ni abajo, no hay puntos de referencia. Nada. Sólo blanco en todas direcciones: esta visión me maravilla. Volteo en todas direcciones y de pronto me descubro disfrutando de una manera única este lugar.

Intento avanzar un poco, y durante mi muy corta caminata voy dirigiendo mi atención en todas direcciones. De pronto frente a mí, un niño. Es el niño más extraño que había visto en toda mi vida. Era de aproximadamente diez a doce años. Se encontraba desnudo y su piel era tan blanca que casi se confundía con el entorno. Desprendía una luminosidad a manera de aura, y no era difícil notar que carecía de sexo, además, daba la impresión que no tenía ojos: sus cuencas eran demasiado oscuras, como si en vez de ojos tuviera un par de abismos negros y profundos.

Mientras lo observo con un interés muy evidente, dentro de mi cabeza escucho su voz. Parece no realizar ningún movimiento con la boca. Se mantiene inmóvil como seguro de que tiene el control de la situación. Según entiendo él me dice que a partir de este momento él será mi guardián. “Como una especie de espíritu que me acompañara”, digo de la misma manera telepática.

Me empieza a platicar que nuestra fusión es inminente y que tiene que ocurrir para lograr nuestro objetivo: el ser uno solo. Me rehúso categóricamente, pero mi opinión no importa para nada. Entonces por un momento puedo ver cómo nuestros cuerpos se empalman y un grito emitido por los dos, tan intenso como el de un orgasmo, se empalma también haciendo su voz la mía y la mía suya, y así de fugaz se da la fusión.

Creo despertar, y estoy acostado en la cama. Pero de nuevo tengo esa visión, como en el sueño pasado, ese tipo de ecolocación que he mencionado ya. Tan pronto advierto esto me agarro a la cabecera, como para evitar ser arrastrado por el hoyo negro de debajo de la cama vecina. Volteo hacia la dirección en donde se encontraba el hoyo, y para mi grata sorpresa no está. Esto me convierte inmediatamente en el dueño del sueño: no hay hoyo negro, no hay seres extraños y no hay miedo. Así que decido que es momento de levantarme y dar un paseo por el hospital con este nuevo sentido adquirido.

“Quién sabe qué cantidad de cosas puedo ver en este estado dentro de un hospital, en donde el contacto con la vida y la muerte está a la orden del día” pienso. Me pongo de pie a un lado de la cama, volteo a mi derecha y como en contraste con mi visión en blanco y negro puedo ver en la pantalla de cristal líquido, el número de la canción cinco en color rojo vivo. No escucho la música, pero sé que está puesta. Volteo a la izquierda y empiezo a caminar en dirección a la puerta, el andar me resulta una empresa sumamente complicada. Lo hago muy torpemente. Al llegar frente a la puerta tomo el picaporte y justo antes de abrirla, mi cuerpo se eleva como impulsado por algún viento procedente de atrás de mí, y golpea mis pies con fuerza pero sin lastimarme. Floto como una pluma a merced del viento, y con esa cadencia y suavidad desciendo en medio de las dos camas. Instintivamente miro a mi derecha, debajo de la cama, el hoyo negro está ahí y siento cómo empieza a succionarme. Parte de mi cuerpo se halla dentro de él, y un pánico recorre todo mi cuerpo, como viajando dentro de mi torrente sanguíneo pero a velocidades extraordinarias, y justo antes de ser devorado completamente por el agujero, y derrotado nuevamente por el miedo, me despierto.

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Éste es el segundo (el primero es  Desprendimiento) de una serie de cuatro sueños que ocurrieron en el año de 2005, y que por el estado de conciencia que pude alcanzar dentro de ellos, y el realismo con que los viví, decidí llamarlos desprendimientos. Ya que, según yo, mi espíritu (por llamarlo de alguna manera), salió por un momento de mi cuerpo y pude ver un mundo distinto al que vemos normalmente en la vigilia.

Este segundo sueño se desarrolla durante mi estancia de interno en un hospital rural, a un par de horas alejado de mi casa. Ahí compartía un dormitorio con un compañero, y una noche ya cansados por el día de trabajo tan estresante, decidimos dormir. Inmediatamente me quedé dormido. Desperté dentro de mi sueño con total conciencia, enseguida noté que mi visión era distinta a la normal. Tenía los ojos cerrados pero veía todo; si en algún momento intentaba abrirlos mi visión empezaba a perderse. Decidí no abrir los ojos, observaba todo en blanco y negro, y todo era borroso: como si viera a través de agua en movimiento. Otra de las cosas que percibía fue como viento soplando muy fuerte dentro de mis oídos, como cuando se saca la cabeza por la ventanilla de un auto a gran velocidad. Ya razonado esto pensé que tenía una suerte de sentido de ecolocación parecido al de los murciélagos, y que gracias al sonido que hacia el viento yo podía ver sin necesidad de abrir los ojos.

Hasta el momento todo iba muy bien y me sentía muy seguro, así que decidí despertar a mi compañero para que pudiera tener esta experiencia también. Lo volteé a ver y se encontraba plácidamente dormido en la cama que estaba a mi lado derecho. Me incorporé sentándome en la orilla del colchón. Mi amigo estaba frente a mí, traté de hablarle pero era inútil. Mi voz se perdió con el sonido del viento; esto me hizo cuestionar el porqué mis palabras se perdían si yo estaba en una habitación sin ventanas y con la puerta cerrada. Volteé instintivamente en todas direcciones, como buscando un lugar de donde pudiera venir el viento. De pronto lo encuentro. Es una mancha negra que yace justo debajo de la cama de mi compañero, es algo así como un hoyo negro. Éste sólo había provocado vientos turbulentos que me ayudaron a ver, pero en el momento en que lo vi, la situación se invirtió y empezó a succionar. Enseguida pude sentir cómo mi cuerpo era aspirado, y traté de asirme de lo que fuera, pero todo de cuanto me pude sostener, también era devorado. A cada momento me encontraba más y más cerca del hoyo negro y de mi fatídico final, pensé. Pero recordé que en un sueño pasado, en un momento de desesperación similar, cerré los ojos y me concentré hasta lograr que todo terminara; así que lo hice de nuevo y cuando “abrí los ojos” estaba de nuevo acostado en la cama, justo como en el principio. Sentí alivio, y sólo para asegurarme de que todo estaba bien, dirigí mi mirada a la parte de debajo de la cama de mi compañero, y para mi sorpresa el hoyo continuaba ahí. La sensación de ser arrastrado de nuevo empezaba a invadirme, así que volví a cerrar los ojos. Esta situación se repitió siete ocasiones en total, no es necesario decir la angustia que esto me provocaba cada vez que abría los ojos con la esperanza de que ya no estuviera el hoyo ahí; después de la séptima vez terminé por despertar en medio de las penumbras de ese cuarto.

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Desprendimiento

29 Diciembre, 2008

Todo inicia al atardecer, dando una caminata en una calle desconocida para mí. Ésta es larga y con una leve cuesta, tiene la peculiaridad de no estar pavimentada, tener muchas piedras y tierra suelta. Durante mi caminata puedo darme cuenta que en el lado izquierdo hay una serie de casas, que según yo, son de interés social por su fachada y tamaño. A mi lado derecho hay una hilera larga de autos, uno inmediatamente detrás del otro. Mi interés por los coches me hace acercarme a ellos. Empecé a ver por los cristales y pronto tengo la sensación de estar flotando, y atravesando los cristales voy de auto en auto, de medallón a parabrisas, uno a uno, viendo los interiores, pero…, esto no llama tanto mi atención como el porqué estoy flotando. “¿Estoy soñando?” me pregunto, y si es así, ¿en dónde estoy?, ¿porque estoy tan consiente?, miles de dudas me invaden, pero el verdadero terror empieza cuando me hago la pregunta adecuada y es ¿cómo regreso donde mi cuerpo?

Me detengo. Hasta el momento mi movimiento ha sido tan natural como dejarme llevar por una suave corriente de agua, pero en el momento en que quiero moverme en cualquier dirección, que no es la que lleva esta inercia, me resulta casi imposible. Esto aumenta mi angustia en gran medida, y las preguntas suenan con mayor intensidad dentro de mí cabeza. Dentro de mi desesperación cierro los ojos y pienso en lo mucho que me gustaría estar en casa, en la seguridad de mi cama, en donde tengo el recuerdo de estar antes de llegar aquí. Repentinamente siento que el movimiento se detiene nuevamente; pero esta vez es distinto, no tengo la sensación de la corriente aquella que me daba la inercia del movimiento. Abro los ojos y me encuentro flotando sobre mi casa, puedo ver la ventana de mi habitación: me inunda una sensación de felicidad y de euforia. Como imitando movimientos de natación, me muevo lenta y torpemente hacia la ventana para atravesarla. Una vez dentro de mi cuarto, veo con agrado mi cuerpo en mi cama. Es tanta mi felicidad que sonrío, y al mismo tiempo puedo ver cómo mi cuerpo lo hace también. Me abalanzo sobre él y despierto.

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Despierta

23 Diciembre, 2008

Hace algunos años, un día cualquiera saliendo de la facultad de medicina fui a mi casa. Era temporada de exámenes, lo recuerdo bien. Al llegar me dirigí al estudio para seguir leyendo. Eran alrededor de las 2 de la tarde y durante mi lectura, sin darme cuenta, me dormí.

Estaba acostado en el mismo lugar, frente a la puerta del estudio como cuando estaba despierto; aún no tomaba conciencia de que me había dormido. Estaba leyendo el mismo tema en el libro, y de un momento a otro pasó una luz muy brillante por la puerta que estaba frente a mí. Intuí que se dirígia a las escaleras que llevan a las habitaciones de arriba. Me levanté, y con mucha cautela y miedo empecé a subir. Lo primero que alcancé a ver fue la puerta del cuarto de mis padres abierta, con forme seguí subiendo advertí a mi padre tirado en el suelo. Él se encontraba dormido sobre una especie de petate; parecía tener una pesadilla ya que movía sus brazos y piernas, hacía ruidos guturales muy fuertes y se podía sentir su angustia. Tan pronto como pude, me acerque para despertarle de aquel terrible sueño, que yo suponía era provocado por aquella luz. Al estar ya acuclillado a su lado izquierdo, lo tomé por los hombros y lo sacudí para que reaccionara, “despierta papá, despierta estás soñando” dije, en ese momento mi padre abrió los ojos y viendo fijamente los míos, dijo “no, el que está soñando eres tú.”

Abro los ojos, es de noche ya. Estoy tendido en el suelo del estudio, con mi libro a un lado y aterrado.

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Albercas

17 Diciembre, 2008

Soñé con tres albercas que estaban construidas en niveles, como escaleras. La más baja estaba mucho más alejada de la segunda alberca, que ésta de la tercera: era más difícil llegar al segundo escalón que al tercero. La clase de agua que tenía cada una era distinta. Y en cada escalón había personas, ya estuvieran en el agua o fuera de ella. Todos mostraban una calma de iluminados o dioses.

Al principio yo estaba parado en el segundo escalón, y contemplaba con delicadeza el azul profundo del agua. Ésta era cristalina, fresca, limpia. Algunos nadaban en la profunda alberca, pero yo me limitaba a verlos. El resquicio, donde estaba de pie, me tentó a acostarme en él. Estuve ahí largo rato, plácido; después comencé a rodarme, y sin darme cuenta, caí al primer escalón.

La primera alberca era casi un chapoteadero. También había personas, pero no eran serenas como las otras, y esperaban algo ansiosamente. No sé qué. El sonido de mi cuerpo al golpear el agua me erizó la piel. Dentro de la alberca nadaban trilobites transparentes de entrañas grises; algunos peces deformes y algunos restos orgánicos como aletas o trozos de carne flotaban por ahí. El agua me repugnó. Rápido miré a mi alrededor en busca de una salida; encontré unas escaleras pequeñas de piedra. En cuanto puse mi pie en el primer escalón, sentí su firmeza y su frescura.

Mi piel entera estaba llena de restos asquerosos. La gente de la primera alberca me observaba impaciente. Me di cuenta que esta alberca no me gustaba para nada, que tenía que volver a la anterior. Súbitamente recordé cómo subir y lo hice sin pensarlo.

La segunda alberca se me mostró majestuosa. La calma como bálsamo de sus parroquianos me curó de la caída, pero aún permanecía sucio. Corrí sin ningún cuidado hacia el agua, y de un clavado, la sentí verdaderamente. Entró por detrás de mis dientes y los refrescó. Mis ojos parecían beberla y los curó del agua corrupta de la primera alberca. Mi pecho, por dentro, se lavó. El azul fresco y profundo del agua abrazó mi cuerpo. Y nadé.

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El Golem

16 Diciembre, 2008

29 de Noviembre de 2007

Estoy acostado en mi cama alrededor de las tres de la mañana. Después de una noche de tragos con algunos buenos amigos y mi esposa, me despierta la sensación de que algo camina por mi oreja derecha. Instintivamente me llevo el dedo hasta el lugar, y con él aplasto a un insecto. Los restos en mi dedo me fueron difíciles de distinguir.

Me recuesto y me duermo nuevamente: De repente me encuentro parado con mi esposa al lado de una autopista; los dos vemos que a lo lejos, en dirección noreste, se eleva un dirigible y se aleja, no sin antes pasar por encima de nuestras cabezas. Le comento a mi compañera “me parece que para que podamos incorporarnos a la pista, ésta debe de estar construida de otra manera”. Ya que de noche, como era el caso, uno podía tener un accidente. Durante la conversación caminábamos a un costado de la pista, esperando el momento más oportuno para ingresar a ella sin tener incidente alguno. La pista no era para autos, sino para personas, pero por alguna extraña razón se podía alcanzar velocidades tales como las que se logran en un automóvil. Mientras caminábamos a un costado de la pista, por detrás se aproximó un individuo, el cual quiso arrancar el bolso de mi acompañante. Ella se resistió instintivamente al atraco. En el forcejeo, el ladrón dijo “ya démelo, señorita”. Como queriendo convencerla de que se resignara, que era algo natural ser atracado en un día cualquiera, como éste. Ella se resistió con más intensidad, y al ver esta escena entré en acción.

Cuando le dí un fuerte golpe al tipo en la cara, algunas de las pertenencias de mi acompañante cayeron al suelo. El ladrón emitió un silbido y mi cuerpo se invadió de terror. Pensé por un momento que saldría de la nada un jauría de ladrones y que el fin se aproximaría. Sin embargo apareció en su lugar un auto viejo, en muy malas condiciones, con el secuas del atracador como conductor. El sujeto subió al auto y se alejaron torpe y lentamente por la pista; en ese momento tome un esmalte de uñas que había caído al suelo momentos antes y lo arroje hacía el auto, golpeando uno de los cristales. Después del incidente yo quede con la impresión de estar inseguro, y a cada momento ésta se incrementaba. Para aliviar un poco esta amarga sensación, invité a mi acompañante a cruzar la pista y entrar en una tienda que se encontraba al otro lado. Una vez adentro, me percaté de que había un tendero detrás de una barra y aproximadamente diez clientes, casi todos hombres. Las personas que se encontraban ahí nos miraban de una manera muy peculiar, como si cada una de ellas quisiera arrebatarnos nuestras pertenencias. El tendero, los clientes, incluso el niño que iba de la mano de su madre lo hacían; esta sensación sólo hizo que mi sensación de inseguridad se reforzara: todo mi ser se estremeció. Tomé la mano de esposa, quien notó lo mismo que yo, y salimos del lugar con dirección a la ciudad,

De un momento a otro ya estábamos en nuestra ciudad, pero con algunas modificaciones, como que las calles eran más angostas, empedradas y en todo momento llovía. Notamos que ahí la gente nos miraba de la misma manera que en la tienda, como si las ganas de aprovecharse del prójimo fueran de lo más natural en las calles. Caminamos rápidamente por algunas de las calles empedradas; pasos a nuestras espaldas nos seguían con sigilo y con una distancia prudente. La oscuridad de la noche y la lluvia no me permitían ver la cara de la persona que nos seguía, sólo alcanzaba a ver que de su ojo derecho surgía una luz rojiza. Disminuimos el paso para que pudiera darnos alcance el acechante, y así poder observarlo más detenidamente. Noté, en cuanto la distancia se redujo, que aquel resplandor era proveniente de una cámara de video y que nos filmaba a cada movimiento. Esto me incomodó de sobremanera por lo que aceleré el paso; entre las calles lo perdimos y pensamos que sería mejor estar en algún sitio público.

Pronto ante nuestros ojos se encontraba una gran concurrencia, nos acercamos y notamos que se trataba de un velorio. No nos importó, y nos mezclamos entre la gente. Por momentos, entre la multitud y los rezos, me sentí en paz; pero no duró mucho, porque al levantar la vista noté que entre la gente un cámara más nos seguía con insistencia. Decidí que sería momento de salir de las calles y llegar a nuestra casa; por lo que tomé a mi compañera de la mano y nos dirigimos a buscar nuestro auto en algún estacionamiento de la ciudad.

Al llegar encontré a alguien conocido atendiendo el lugar. Lo saludé, y el a mí, con la misma efusividad con que ordinariamente lo hacemos al vernos. Noté que dentro de su gran estacionamiento, se encontraban muchos hombres y mujeres de aspecto extraño. La mayoría de los hombres tenían cuerpos muy trabajados por ejercicio pesado; noté también que en el fondo del lugar se desarrollaban carreras y arrancones de autos. Contemplé el sitio y por un momento sentí que era seguro, cuando volví mi mirada me encontré con que todos los hombres comenzaban a besarse y a mirarnos con un morbo insano a mí y a mi pareja, como si mirar a la gente de esa manera fuera de lo más natural en un lugar de esa naturaleza. Le pedí a mi esposa que esperara en ese lugar, en lo que yo me iba a otro estacionamiento a buscar el carro, porque ahí no estaba. Al mismo tiempo que decía esto, el dueño del lugar empezó a hablar por una especie de altavoz, anunciando una nueva carrera, en ese momento mi pareja le arrebata el micrófono, y a todo pulmón dice:

—¿Conocen al golem? — Con una voz un tanto maliciosa. Con el mismo tono, y apuntándome con su dedo, volvió a decir:

— ¡Pues él lo controla, él controla al golem! — Levanté la mirada y pude notar que toda la gente tenía unas facies de pánico y asombro: Todos me veían, asi que eché a correr en dirección al siguiente estacionamiento, donde suponía que estaba mi coche. Por las calles vi gente horrorizada, algunos gritaban “ahí va, ése es el golem”, pero noté que no me señalaban a mí, sino que el pánico estaba afectando a la masa, les hacía ver algo que no existía. El caos reinaba y toda la gente se preocupaba sólo de sí misma.

Seguí corriendo, chocando con gente, mojándome, y ya casi sin aliento, después de un momento, llegué al otro estacionamiento. Para mi asombro el encargado del lugar era el mismo que en el otro estacionamiento. Lo salude con asombro, pero el parecía no entender por qué me encontraba con esa cara de idiota. Justo cuando le pensaba pedir mi auto él dijo:

— Qué pánico con eso del golem, ¿no? — Con una voz completamente despreocupada, como quien dice cualquier cosa. Yo sonreí, me volví para ver el horror que inundaba las calles, y en ese instante me di cuenta de que sólo por ese momento yo podía tener ese control que me hubiera gustado tener durante todo este extraño día, en que intentaron robarme y me sentí agredido, inseguro. Así que olvidé lo de mi auto y tomé un pedazo de tela que estaba tirada a un lado de mi, y me cubrí con ella a manera de capucha, sin dejar ver mi rostro. Decidí por esta vez ser yo quien tuviera el control de todo, y regresarle a la manzana podrida lo que me dio a lo largo del día: Inicié mi camino y me perdí en la noche y la lluvia, sembrando terror.

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En un bar

18 Noviembre, 2008

He soñado que voy a la tienda a comprar chocolates, o que conozco a rockstars: en conclusión, nada que valga tomarse la pena de leer. Entonces he recurrido a la libreta cercana a la almohada, y revisé algunos sueños viejos. Di con uno (2 de abril del 2006) que me llamó la atención por su atmósfera. Creo que no sucede nada espectacular o singular, sin embargo el ambiente y la tranquilidad de él me impulsan a transcribirlo.

Ahí va.

El bar estaba solo y en penumbra. El barman, ella y yo éramos los únicos en el lugar. La fuente de luz para todo el sitio era la barra luminosa semicircular; detrás de ella esperaba silencioso el hombre nuestras órdenes de bebidas.

Esa vez fue la primera que la vi vestida así. Llevaba un sombrero color crema, que reflejaba apaciblemente la luz en su cara; portaba un saco sastre del mismo color, y en un ojal, distintivas, unas pequeñas uvas artificiales.

Cuando mi vista alcanzó sus ojos, vi la luz blanca de la barra formando unos aros luminosos al rededor de sus retinas. Cuando los vi paladeé concentradamente un sentimiento: calma segura que su mirada conjuraba en lo que veía; estaba dispuesto a no depender nunca de garantías, certezas o sellos.

El círculo de luz en sus ojos era la entrada a donde no había pasión, sólo el reposo del aplomo. Es cierto que estaba en medio de un viaje contemplativo, pero los movimientos del barman, tan violentos, me sacaron del trance. Para cuando pude reaccionar, él ya tenía una escopeta en sus manos. Se escuchaba el siseo de los cartuchos al entrar en la recámara del arma.

El hombre nos miraba amenzante.

Corrimos lejos de la barra, por largos pasillos de oscuridad. Llegamos a unos baños en penumbras, donde no encontrarían a mi acompañante. La dejé oculta ahí. Llegúe a un exterior, en donde había coches. Probé, con la mayor rapidez, las puertas de los coches: quería ir por ayuda. Encontré uno, el mío, que tenía los seguros botados. Me subí y vi que el hombre se acercaba con la escopeta. El coche no encendía. La angustia creció y desperté.

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La arañagrillo

12 Noviembre, 2008

A la orilla de una carretera estuve en una palapa donde se comía una barbacoa. El ambiente familiar, de comunión defectuosa, me fastidió. Me levanté y caminé hacia la carretera con un vaso de cristal en la mano. Tenía sed, pero nada podía beber debajo de la palapa.

Sabía que al lado de carretera a menudo existen tambos con agua potable. Salí a buscarlos. Caminaba justo en el filo de la blanca barra interminable. Los grandes trailers pasaban a mi mano izquierda. Sentía sus poderosas fuerzas en mi espalda.

Con frecuencia me topaba con tambos, pero con agua estancada. Había un claro en donde había algunos jornaleros, que rodeaban a uno de ellos que estaba en el suelo, convalesciente. Escuché que el enfermo había sido picado por una gran araña en la faena. Si no llegaba una ambulancia pronto moriría.

Seguí caminando, y a mi lado apareció una maleza que invadía la carretera. Me enredé, sin querer, en ella. Mientras intentaba liberarme me di cuenta que en mi brazo, enmarañada, había una telaraña. El centro de ella conducía a la atemorizante visión de una araña con dos ojos, verdes, que me contemplaban. Con el vaso traté de apartar la telaraña de mi cuerpo, pero sólo logré mover todos los hilos y excitar a la araña. Comenzó a moverse hacia mí, con todo y su poderosa ponzoña.

Sus ocho patas eran como las del grillo: anchas y con púas. Y su color era emeralda. Cuando estaba casi sobre mi piel, logré aventarla con el vaso. Pero no se daba por vencida y volvió a trepar en los hilos, y cuando estaba lista para inyectar su veneno en mi brazo, desperté agitado.

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