Vidrios rotos y cine cristalino
8 julio, 2011
En una sala tres sillones apuntan hacia una pared, que es una pantalla como de cine: amplia y blanca. La luz empapa todos los objetos de pureza. Hay varias personas en ese lugar. Todos vemos una película muda que tiene unos movimientos circulares y flotantes de cámara; hay imágenes vívidas y límpidas en la cinta. Todas las tomas son a color, y ¡qué color!
Las personas que están ahí han ocupado todos los sitios en los sillones y yo no tengo dónde sentarme. Los más allegados a mí me ofrecen un poco de su asiento, pero me es difícil acomodarme. Al final opto por sentarme en uno de los brazos del sillón.
La primera toma que miro es el busto de un changuito café que tiene una cabeza muy particular. De la nariz a la frente se ve un par de huesos grisáceos de forma convexa y geométrica; eran una especie de pirámides pero con un vértice mucho más largo que los otros, recordaba su base a un triángulo isósceles. Tales huesos eran parte de su naturaleza ya que ellos no conformaban ninguna deformidad. Sus ojos son negros y muy pequeños.
Ese animal estaba destinado para algún fin que desconocía. Poco después el simio ya había salido de la pantalla y estaba en los brazos de una de mis tías; dejan la sala de proyección y se van a una especie de quirófano que está en la cocina de la casa. Al llegar ahí miro unas férulas de cristal que el changuito usa, el material recordaba al vidrio que se vende en los mercados, que es muy artesanal y dentro de éste hay muchas burbujas. Mi tía aparece vistiendo una bata y empuña un martillo, con el que gentilmente golpea el vidrio hasta reventarlo. Retira los restos de férula mientras el animalito espera con paciencia. En un cuenco de vidrio ella pone los pedazos desparramados sobre la plancha que hacía las veces de quirófano. En ese cuenco había un poco de vino tinto al que se le había agregado agua. La visión de esos tres elementos juntos, en el sueño, ofrecía casi un espectáculo a la vista porque eran sumamente prístinos y transparentes.
Para ese entonces recuerdo que el chango dentro de la película tenía un papel fundamental y al final se escapa. Mi tía dice que tiene que hacer algo; toma el cuenco y lo apoya contra su cintura mientras que con una de sus manos se ayuda a sostenerlo a esa altura; calza unos zuecos y abre la puerta de la cocina, a través de ella puedo ver un gran campo con pasto perfectamente cortado. A lo lejos se distingue un cerco de árboles. El cielo está gris y llueve mucho. Le digo a mi tía que no se vaya porque si ella se va, el simio se va a perder, se escapará; ella me responde que no, que él ahí se va a quedar. Sin embargo yo estoy seguro de mi afirmación.
Mi tía da unos pasos y la lluvia comienza a mojarla. Parece disfrutarlo. Mi tía se interna en ese campo y se va.
Hasta el copete de tantas balas y persecución
1 abril, 2011
Creo que todo empezó como un programa de televisión en donde mostraban a un hombre que había sobrevivido a la mordida de varias serpientes en el desierto. El procedimiento que usó para repeler el veneno fue moverse como serpiente: de pie y con los brazos por arriba de la cabeza, extendidos hacia el cielo y con las manos tomadas una de la otra.
El lugar en donde se veía al viejo contar su historia era frente a un refugio de piedra de apariencia muy antigua, casi arcaica. De pronto este señor se me unía y caminábamos juntos mientras platicábamos su experiencia con los reptiles. El paraje poco a poco se transformó en un caserío; pronto nos hallamos andando por una empinada calle de arena. A continuación nos encontramos con una serpiente del mismo material que estábamos pisando y era casi tan alta como nosotros. Había sido fabricada por la gente de la televisión que no pude por ninguna parte. Sobre esta construcción había serpientes reales, muchas eran cadáveres y unas pocas estaban vivas. El viejo las levantaba con las manos desnudas y parecía no tener miedo a ser mordido de nuevo. Me ofreció una pero yo me alejé internándome en el caserío. Él me alcanzó pronto.
En una de esas calles vimos cómo una combi de servicio público dio de manera brusca la vuelta en una esquina, pero el conductor no se detuvo hasta chocar con la banqueta al volantear de esa manera. El hombre que la manejaba abrió la puerta con violencia y antes de que la viéramos, supimos que llevaba un arma en las manos. Apenas sentimos la necesidad de huir, otra combi llegó con velocidad por el camino en que había arribado la primera; dio la vuelta de la misma forma y quedaron los dos autos uno al lado del otro. No sabíamos el viejo y yo si era un enfrentamiento o si venían por nosotros, así que empezamos a correr. Llegamos a la parte trasera del pueblo. Corrimos como nunca, rapidísimo, y mi cuerpo para ese entonces era el de un niño, así de pequeño y herido de bala. No supimos si por producto de la supuesta persecución o si fue un genuino fuego cruzado.
El absurdo cocodrilo de juguete
1 diciembre, 2010
En el fondo de aquella alberca sólo puedo apreciar agua revuelta de tonos ocres, que de cuando en cuando se ve sacudida por movimientos enérgicos y espontáneos realizados por algún animal debajo de aquella líquida superficie.
Levanto la mirada y me sorprendo en una habitación amplia, que en su interior tiene múltiples pozas con la misma sustancia ocre; todas con el mismo contenido y en todas la misma actividad: agua agitándose a causa de los movimientos convulsivos de estos animales que ahora pueden comunicarse de manera un tanto telepática o mística, diría yo, conmigo.
La habitación la encuentro un tanto desaseada, me da la impresión de que cayó en el abandono junto con su contenido, dejada a su propia suerte desde hace algún tiempo; pero a pesar de esto no alcanzo a captar ningún olor desagradable, es más, me doy cuenta de que mi sentido del olfato prácticamente se encuentra dormido y esto me hace darme cuenta que desde que estoy aquí tampoco percibo sensaciones de temperatura o alguna textura con mis manos o mi piel. Los sonidos no existen en este lugar, a pesar de que las aguas agitándose deberían estar emitiendo varios ruidos intensos; es como si se me hubiera privado de los sentidos, que en este momento no me fueran útiles, como si en este preciso instante sólo debiera enfocarme al único sentido que me funciona: la vista, además de prestar más atención a esa otra área de tipo intuitivo que en ese momento estaba despertando dentro de mí.
En cuanto pongo más atención a las cosas que puedo captar mediante mi vista, advierto que del interior de las pozas emergen cocodrilos de distintos tipos y tamaños. Unos tan pequeños que resulta risible creer que realmente se trate de esos animales: son tan pequeños como una lagartija; otros son largos, más parecidos a un dragón chino en miniatura, pero hay algunos de tamaño espectacular, de unos seis o siete impresionantes metros. Es uno de éstos el que se dirige en dirección mía, su andar es lento pero no torpe y sé que por más que corra, tarde o temprano, llegará a mí. Caigo al suelo derrotado y víctima del miedo a aquel imponente animal, pronto lo inevitable se presenta. El cocodrilo se encuentra a mi derecha y prácticamente puedo tocarlo con mis pies, voltea y por medio de la comunicación que puede entablar conmigo sin necesidad de la palabra, me dice – no te preocupes, ya he comido suficiente, no te comeré esta vez, aunque si estuviera hambriento no lo dudaría ni un momento–. En ese momento mi vista se encontraba nublada por el pánico de tener próxima a la bestia, pero al saber que no sería devorado, poco a poco la calma regresó a mí y pude ver con más claridad. Al recobrar la claridad en mi visión noto que el cocodrilo no tiene piel de reptil, sino que es de plástico y de un color más parecido al gris que al verde. Al saberme seguro me atrevo a tocarlo y en ese instante mi sentido del tacto regresa a mí, dándome mi primera sensación de este tipo, la cual es la sensación de estar tocando un pedazo de plástico hueco y rígido. Golpeo la carcaza con mi puño, como quien toca una puerta: el primer sonido llega a mis oídos, siendo éste la corroboración de que aquel animal falso está hueco; además puedo escuchar una especie de mecanismo a base de engranes, supongo yo, que a cada paso del cocodrilo hace un ruido muy parecido al que hace algún juguete de cuerda a punto de descomponerse. Pronto un olor a plástico nuevo llega a mi nariz y en ese preciso instante un sabor a sangre fresca en mi boca me despierta finalmente.
Lagarto de ojos verdes
16 noviembre, 2010
Recientemente he notado una característica que es común en los sueños, pero que ahora se presenta con mucha más recurrencia. Sólo puedo recordar en las mañanas o en la mitad de la noche un fragmento de sueño, que generalmente es breve y por desgracia insípido; este caso no es diferente en su longitud pero sí en su cualidad.
Caminaba por una calle empedrada, de ésas que se ven en pueblos turísticos que tienen alguna etiqueta de por medio: “zapatista”, “mágico”, “colonial”, “histórico”, etc. Las aceras estaban casi desiertas y yo caminaba distraídamente. Pronto me encontré con una camioneta de carga que tenía jaulas con reptiles a la venta: todos ellos sumergidos en la compra-venta ilegal.
Uno me llamó poderosamente la atención. Era verde limón y de casi un metro de largo. Cuando quise acercarme a mirarlo, el hombre que los vendía ya me lo estaba ofreciendo. Sus brazos morenos y fuertes salían de una camisa arremangada, blanca y muy percudida; usaba el sombrero de rigor. No me atreví a tomar al animal en mis brazos porque supe que su mordida era venenosa; pero ya en la proximidad pude observar que sus ojos eran excepcionales. Las negras pupilas estaban circuladas por unos iris completamente blancos y los bordes, tanto de unas como de otros, estaban bellamente definidos; al rededor de los iris había una sustancia verde, del mismo color de todo el cuerpo del reptil, que llegado a un punto, se confundía con la piel de la cabeza. Esos ojos que me hipnotizaron por un rato estaban siempre abiertos porque no tenían párpados.
Al dudar en acoger al animal en mis brazos, el vendedor lo dejó caer accidentalmente. El lagarto se escabulló entre las llantas de los coches estacionados y rápidamente alcanzó una planicie verde poblada por árboles de troncos enmohecidos. Corrí tras él y lo alcancé al lado de un árbol. No me atreví a tocarlo por su veneno, pero lo custodié en espera de que su dueño lo recuperara. Antes de que el vendedor se presentara, una mujer y otro hombre llegaron con pistolas en mano y me vieron a un lado del lagarto verde. Dispararon contra mí, pensando que yo era el dueño.

Lagartijas de colores fosforescentes
15 agosto, 2010
Rojo León y yo caminábamos sobre tierra muy oscura. A cada tanto nos encontrábamos con montículos de la misma sustancia y en algún momento uno nos interesó. Nos acercamos al montón de tierra y hurgamos en él. La colita de una lagartija asomó rápidamente. Ésta, la primera, fue de un anaranjado encendido, como el de algunas cartulinas de papelería; pero no logramos atraparla.
Seguimos caminando y encontramos otro montículo con otra lagartija: era amarilla fosforescente y yo fui el primero en cogerla. Se estuvo tranquila en mi mano, aunque pronto sentí un escozor entre los dedos. La solté en el instante y ella escapó. En seguida mi acompañante localizó otra y también la levantó. Observaba la cabecita del reptil moviéndose entre los dedos de Rojo León y vi cómo la lagartija abría con lentitud sus pequeñas fauces y sacó su lengua humana. Lamió los dedos de la mano que la aprisionaba y ésta se abrió automáticamente, víctima del mismo escozor que yo sentí.
Mano de cabra
22 mayo, 2010
Mis-ojos-verdes y yo entrábamos a un bar por la noche. Llovía y las extensas avenidas recibían indiferentes el agua. El sitio al que llegamos era una casa común y corriente; no nos importó y entramos. Una vez instalados me apeteció ir a mi casa y visitar a mi familia. Mi acompañante tendría que aguardarme en el bar.
Me expuse al escalofrío de la lluvia; recorrí una larga calle y llegué a otra casa. No la conocía pero sabía que dentro de ella estaba la gente que ansiaba ver. Así fue: levanté la mano y sonreí a manera de saludo. Todos me respondieron de la misma forma. Satisfecho, salí. La noche aún silenciosa y marina me devoró. Desplegué una sombrilla púrpura que me arropó; una señora desprotegida se puso a mi lado, a resguardo. Caminamos por una anchurosa banqueta, a un lado, una cuneta contenía tanta agua de lluvia que era como una alberca. Las gotas al unirse al manto acuífero, producían el sonido eterno y ciego de las aguas oscuras.
Una entrada pequeña me esperaba. Al estar completamente adentro noté que había una algarabía, todos caminaban de un lado a otro apresurados. En ese momento supe que un programa de televisión estaba a punto de ser grabado ahí mismo. La temática era simple: tres personas invitadas tenían que desarrollar un personaje frente a las cámaras, quien actuara mejor su papel ganaba. El primero, y el único que pudo verse, era un hombre que muy silencioso se puso en medio del set y comenzó una rutina de un viejo que trataba de encender un cigarro. Era un personaje malhumorado y lento para moverse. Su encendedor no servía.
De pronto, el performance siguió rápidamente su curso: se convirtió lentamente en una especie de musical, en donde el personaje central era el malhumorado. Muchos individuos bailaban y cantaban junto a él, incluso había animales que también actuaban. Al final varios changos se quedaron inmóviles, en sus posturas de baile y canto, sobre una gran roca. Poco a poco su aspecto se fue transformando hasta que cada uno de ellos era una cabra. Tenían un pelaje marrón oscuro, del mismo color que antes lo habían tenido sus cuerpos de simios.
Todos los animales se levantaron de la roca, excepto uno: el del centro. La cabra estaba recostada sobre su espalda con las patas al aire. Una vez que estuvo sola, y que mi atención se enfocó totalmente hacia ella, movió las cuatro patas de una manera cadenciosa, como si fuera un baile hipnótico.
Se puso de pie sin dejar de moverse cadenciosamente y trepó hasta la cima de una pequeño acantilado. Tuve que levantar mi cabeza y mi vista para seguir su espectáculo.
Alguien puso su mano en mi hombro y dijo:
-Es el Dios Cabra.
Tuve ahora la clara sensación de ver los pasos sagrados de la divinidad. La cabra bajó del acantilado y no se detenía en la danza hasta que me encaró y me dijo:
-Soy San Luis Potosí o Tláloc. Somos el mismo.
Supe que la lluvia estaba en él.
Desde hacía tiempo sin darme cuenta estaba en una profunda hipnosis. Sólo podía contemplar. Ver con los ojos tan abiertos como platos. El Dios Cabra se acercó y me tiró al suelo. Mis palmas estaban sobre la tierra seca y mi cara dirigida hacia la mirada penetrante de la Cabra.
Repentinamente la pezuña tomó la forma de una mano de hombre. Quisiera decir que la blandió frente a mí, pero eso no puede decirse al respecto de una mano. Acercó su pulgar a mi entrecejo y lo puso gentilmente ahí.
Sentí como si ese dedo hubiera penetrado mi piel, cráneo y llegado hasta mi cerebro; después sentí como si con ese solo pulgar hubiera llegado a tocar mi cuerpo entero: era la fuerza del tacto de un Dios. Un grito grave y genuino fue mi respuesta.
Cuando enfoqué mi mirada de nuevo hacia lo que estaba pasando afuera, noté que el Dios Cabra seguía tocando gentilmente la piel de mi frente. Imaginé o vi un haz de luz blanca emitiéndose de ese contacto tan profundo.
El Dios Cabra me dijo sin ocupar su habla:
-La Gran Obra está dentro de tu cabeza.
La sensación de su tacto era muy poderosa. Vi a mi alrededor y el exterior había cambiado para mí. Donde había líneas o donde había objetos que se entrecruzaban, coincidían o se tocaban, emergían pequeños triángulos. Me recordó a algunas imágenes de artistas que trataban de reproducir la psicodelia que vivieron al drogarse con LSD.
La visión era necia, como el mezcal.
No aguanté mucho tiempo antes de ver todo en colores sepia y experimentar una clara sensación de encogimiento en mi cuerpo. Pedí ayuda a gritos.
Mi visión volvió a la normalidad y las sensaciones perturbadoras se desvanecieron para dar paso al sonido de mi cuerpo al ser arrastrado sobre la tierra. Mis manos estaban atadas con un mecate y de éste alguien me jalaba. Llegamos una vez más al sitio donde se había llevado a cabo el programa de TV.
Alguien, mientras yo conocía al Dios Cabra, me había capturado y me tenía inmovilizado en una habitación oscura en construcción.
Rápido me deshice de mis amarras. Me levanté furioso del piso. Caminé a lo largo de la casa para que todos me vieran y supieran que estaba liberado y que el enojo me tenía fuera de mí. Reconocí a mi captor sentado en una silla de metal, tomé una idéntica, la levanté y la rompí contra él. Al escuchar el estruendo supe que el sentimiento de venganza que me dominaba se había consumido.
Afuera seguía lloviendo.
El género de la fauna dentro del material onírico es interesante ya que, simbólicamente, representa un estado fijo del ser. Los animales sugieren ideas inmutables, por ejemplo hay que recordar a las distintas casas zodiacales y sus bien conocidas características; la mayor parte de los signos del zodiaco son animales. Así pues algunos otros animales poseen sus significados propios.
La sabiduría popular y el conocimiento de élite tienen alguna opinión sobre el sentido y significado de los símbolos en los sueños. Desde la atalaya elitista de un gran Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot me gustaría referir dos acepciones que se encuentran en esas páginas y que me interesan a propósito de algunos sueños aquí relatados: la araña y el cocodrilo. Los relatos son: La araña jaguar, La arañagrillo y Luz, Pescador barbudo. Cito las acepciones de Juan Eduardo para que se lean junto con los sueños, siempre y cuando al lector le apetezca. Con la simple lectura del significado de estos dos animales bastaría para satisfacer alguna curiosidad.
Araña: En la araña coinciden tres sentidos simbólicos distintos, que se superponen, confunden o disciernen según los casos, dominando uno de ellos. Son el de la capacidad creadora de la araña, al tejer su tela; el de la agresividad; y el de la propia tela, como red espiral dotada de un centro. La araña en su tela es un símbolo del centro del mundo y en ese sentido es considerada en la India como Maya, la eterna tejedora del velo de las ilusiones; la destructividad del insecto no hace sino ratificar ese simbolismo de lo fenoménico. Por esta causa puede decir Schneider que las arañas, destruyendo y construyendo sin cesar, simbolizan la inversión continua a través de la que se mantiene en equilibrio la vida del cosmos; así, pues, el simbolismo de la araña penetra profundamente en la vida humana para significar aquel «sacrificio continuo», mediante el cual el hombre se transforma sin cesar durante su existencia; e incluso la misma muerte se limita a devanar una vida antigua para hilar otra nueva. Se considera la araña como animal lunar, a causa de que la luna (por su carácter pasivo, de luz reflejada; y por sus fases, afirmativa y negativa, creciente y decreciente) corresponde a la esfera de la manifestación fenoménica (y en lo psíquico a la imaginación). Así, la luna, por el hecho de regir todas las formas (en cuanto apariciones y desapariciones), teje todos los destinos, por lo cual aparece en muchos mitos como una inmensa araña.
Cocodrilo: En el significado de este animal se confunden dos aspectos principales y diferentes, que expresan la interacción de dos impresiones elementales sobre el mismo: por su agresividad y poder destructor, el cocodrilo significó, en el sistema jeroglífico egipcio, furia y maldad; por su pertenencia al reino intermedio de la tierra y el agua, al limo y la vegetación, es emblemático de la fecundidad y la fuerza. Según Mertens Stienon tiene un tercer aspecto, derivado de su conexión con el dragón y la serpiente, por el cual constituye un símbolo de la sabiduría. En Egipto se representaba a los difuntos transformándose en cocodrilos de sabiduría. Esta idea está relacionada con el signo zodiacal de Capricornio. Blavatsky identifica los cocodrilos con los Koumara de la India. Prevalece la noción de su agresividad.
El erudito Cirlot nos ofrece posibles vías de interpretación con respecto a las ensoñaciones con animales que en este caso son las arañas y los cocodrilos. Si por ventura al lector se le ocurre algún otro vaso comunicante, una relación distinta a la planteada por mí (la directa) o algún otro comentario o idea, el post está para polemizar y será muy bienvenido cualquier comentario.
Buena noche!
La araña jaguar
16 mayo, 2010
Estaba en el pasillo de un departamento sin muebles. Ese corredor estaba sumergido en la oscuridad, pero al alcance de pocos pasos se llegaba a la sala, donde brillaba un incandescente. Las paredes eran de color pajizo muy tenue.
Al salir del pasillo, en la primera pared que pude ver, retozaba una araña tan grande como dos de mis manos abiertas. Era de pelambre oscura y su gran cola llamaba irremediablemente la atención y propagaba repugnancia. Un miedo negro me paralizó y ya no me pude mover. Un par de segundos después, con el rabillo del ojo, vi a mi padre salir del pasillo y dirigirse hacia el insecto. Se detuvo frente a la pared y alargó la mano con el índice extendido hasta esa panza asquerosa. En el momento en que la tocó esa parte del animal comenzó a deshacerse, como quien indaga una fruta podrida y fácilmente quita la cáscara emblandecida.
Lo más superficial de la araña, la capa oscura cubierta de vellosidad, cayó dejando ver una pulpa muy característica debajo. Tenía las manchas de la piel del jaguar y las circunferencias de color más intenso, no eran café profundo o brunas, sino rojo sangre y lo que regularmente es amarillo, en la araña era anaranjado.
El dedo índice siguió destruyendo a la arañajaguar hasta que la mató. El hechizo que me gobernaba también caducó y terminé por despertarme en medio de la madrugada.
Águilas y lluvia
12 febrero, 2009
Yo y alguien a mi lado, no sé decir quién, portábamos unos guantes en nuestras manos derechas. Eran de cuero casi blanco y nos llegaban hasta el antebrazo. Éstos servían para protegernos de garras de las águilas amaestradas que llevábamos con nosotros.
Sucedió en una tarde con nubarrones, era oscura y solitaria. Mi compañero y yo caminábamos por calles sin personas, mientras nuestras águilas cafés volaban y aterrizaban alternativamente en nuestros brazos. Cuando ellas alcanzaban grandes alturas, daban círculos sobre nuestras cabezas y después, cadenciosamente, descendían.
Caminamos así durante un largo rato, hasta que sentimos que era momento de ir a casa. Una vez decidido esto, las primeras gotas de agua cayeron del cielo. Los dos preocupados porque nuestras águilas no se fueran a mojar, las llamamos en ese instante. Llegaron a nuestros antebrazos y las cubrimos con unos plásticos que encontramos tirados. Parecían estar felices dentro de ellos.
Corrimos a casa en el momento en que la lluvia caía densa. El camino era largo y terminamos por empaparnos, pero con nuestras mascotas secas en nuestros brazos. Para cuando estuvimos frente a la puerta de nuestro hogar, las ropas chorreaban y el chubasco había cesado. Las águilas volvieron a volar alto, y nosotros nos metimos a la casa para secarnos. Dentro de ella, sobre una pequeña mesa, esperaban unas fotografías. Las comencé a ver y en todas salía yo retratado. En unas como bebé, en otras con mi edad actual. Me sorprendí y las guardé.
Mientras las barajaba nuevamente, me pregunté: “¿Dónde estarán las águilas ahora? La lluvia ya terminó, pero hace frío afuera”.
Descubrí que dentro de la casa, aparte de mi acompañante que paseaba por ahí, había otra persona que quería ver las fotografías. Se las mostré.

La selva
24 enero, 2009
Por teléfono me enteré de que alguien de mi familia había caído enfermo. Tomé algunas cosas indispensables y me subí a una camioneta, que francamente, nunca había visto. Conocía que el camino era laberíntico y desconocido para mí. No me importó. Encendí el auto y comencé el viaje.
Pronto despareció el pavimento para dar paso al camino de terracería. Ésta fue devorada por una vegetación espesa verde limón, luminosa. Un viento húmedo se colaba por la ventanilla. Me engañó una sensación de bienaventuranza y seguridad. Me seguí internando en el camino desierto.
Llegué a algunas bifucaciones que se parecían a los cuernos del venado. Tomé siempre las desviaciones que estaban marcadas por flechas. Parecía que si seguía ese camino podía llegar a alguna población. Y así fue.
Las plantas indefectiblemente mojadas, dejaban que gotas translúcidas cayeran al suelo poblado de hongos. El rojo brillante de la camioneta, su carrocería inexplicablemente impecable y sus toscas llantas cubiertas de lodo, penetraban cada vez más en el santuario alienado. Seguía manejando, confiado de llegar a algún sitio.
Arribé a un pueblecillo en el mismo corazón de la selva de la que ya no me sentía capaz de salir. Justo en su centro me encontré con un lago o río límpido, azul grisáceo. La música del correr del agua me sedujo tranquilizándome, mientras estaba en el hocico del lobo.
El líquido fluía fresco.
Llegué a una callejuela en donde había muchas personas sentadas en la acera, algunas en bancos, y niños jugando en medio del paso de los vehículos. Me detuve y descendí de la camioneta. Saludé y comencé a hablar con un señor panzón que comenzó a orientarme. Le dije que estaba perdido, que necesitaba llegar con urgencia a un lugar.
Una sinfonía de gotas sonó: llovía.
El panzón me dijo que iba a ser imposible que yo me fuera de ahí en camioneta porque se atascaría. Asentí y le pedí que me siguiera diciendo cómo ir a mi destino. Terminó de enseñarme y comencé mi viaje a pie. En la salida del pueblo, como si éste estuviera en un segundo piso, hallé unas escaleras de caracol, hechas de piedra por donde tendría que descender para llegar, una vez más, a la selva.
En el umbral de las escaleras me encontré con una selva todavía más mojada y más salvaje. Un riachuelo corría a mi izquierda y mostraba unas pirañas exageradas. Un grupo de gatos monteces cazaban frente a mí. El lodo que era el camino era tan espeso como el merengue.
Seguir a pie me aseguraba morir en el corazón de la hermosa selva.





