Albercas
17 Diciembre, 2008
Soñé con tres albercas que estaban construidas en niveles, como escaleras. La más baja estaba mucho más alejada de la segunda alberca, que ésta de la tercera: era más difícil llegar al segundo escalón que al tercero. La clase de agua que tenía cada una era distinta. Y en cada escalón había personas, ya estuvieran en el agua o fuera de ella. Todos mostraban una calma de iluminados o dioses.
Al principio yo estaba parado en el segundo escalón, y contemplaba con delicadeza el azul profundo del agua. Ésta era cristalina, fresca, limpia. Algunos nadaban en la profunda alberca, pero yo me limitaba a verlos. El resquicio, donde estaba de pie, me tentó a acostarme en él. Estuve ahí largo rato, plácido; después comencé a rodarme, y sin darme cuenta, caí al primer escalón.
La primera alberca era casi un chapoteadero. También había personas, pero no eran serenas como las otras, y esperaban algo ansiosamente. No sé qué. El sonido de mi cuerpo al golpear el agua me erizó la piel. Dentro de la alberca nadaban trilobites transparentes de entrañas grises; algunos peces deformes y algunos restos orgánicos como aletas o trozos de carne flotaban por ahí. El agua me repugnó. Rápido miré a mi alrededor en busca de una salida; encontré unas escaleras pequeñas de piedra. En cuanto puse mi pie en el primer escalón, sentí su firmeza y su frescura.
Mi piel entera estaba llena de restos asquerosos. La gente de la primera alberca me observaba impaciente. Me di cuenta que esta alberca no me gustaba para nada, que tenía que volver a la anterior. Súbitamente recordé cómo subir y lo hice sin pensarlo.
La segunda alberca se me mostró majestuosa. La calma como bálsamo de sus parroquianos me curó de la caída, pero aún permanecía sucio. Corrí sin ningún cuidado hacia el agua, y de un clavado, la sentí verdaderamente. Entró por detrás de mis dientes y los refrescó. Mis ojos parecían beberla y los curó del agua corrupta de la primera alberca. Mi pecho, por dentro, se lavó. El azul fresco y profundo del agua abrazó mi cuerpo. Y nadé.

Dios tigre
23 Septiembre, 2007
Me soñé en un aula de secundaria. Estaban todos mis antiguos compañeros. Uno no dejaba de verme y me acerqué a saludarlo. Tenía un puñal en la mano, y con menos distancia entre él y yo, me di cuenta de que me miraba asechante, como un cazador, no como alguien que está deseoso de estar en compañía.
Se levantó de su mesabanco lo más amenazador que pudo. Por debajo, me puso próximo el filo. Salté hacia atrás desprotegido, y esquivando las arremetidas. Pronto comenzamos a forcejear, a enredar nuestros brazos y manos. El forcejeo se convirtió en un no-escape: me asestó dos cuchillazos, uno en las costillas y el otro en el abdomen.
El dolor produjo un cambio: primero, no atiné a mover un sólo músculo después de la agresión, lo que me hizo, segundo, salir de mí y ver la escena desde fuera y, tercero, paralizar las acciones sólo para observar una cosa que no esperaba:
Detrás de mi atacante-compañero de secundaria, paulatinamente apareció un humo amarillo que fue fraguando en un ser de figura humana pero con cabeza de un tigre. Este ser, que parecía congelar cualquier acción, sacó un hermoso puñal de una vaina.
Jraaann.
Y lo enterró en la espalda de mi posible asesino.
La herida fue profunda, letal. El condenado a muerte, por el influjo divino seguía sin lograr moverse, sin embargo vi perfectamente cómo fue inclinándose hacia un lado y, como en una mala película, cayó muerto. El dios tigre se esfumó entre humo de color azufre.
No supe más del salón o del agresor-compañero por la imagen avasallante de cinco esculturas de roca, adornadas con oro y piedras preciosas. Una era de un hombre, las otras de un mono, un elefante con sus colmillos también arreglados con metales como la plata, y un tigre que ya conocía; éstas últimas con cuerpo de humano. La quinta no puedo recordar qué apariencia tenía.
Las estatuas eran de dioses. Una de ellas se materializó frente a mí.
El pedazo de ámbar
13 Abril, 2007
La noche desde hacía horas que estaba cerrada. Entré en una casa en medio de un campo o bosque; desde la puerta principal pude ver una chimenea a mi mano izquierda, a la diestra descansaban unos sillones rojos de estilo antiguo. Dentro del edificio casi en penumbras se celebraba una fiesta, una de un género que no me había tocado conocer.
Atravesé el portal y vi a un sujeto vestido sólo con taparrabos levitar, frente a él otra persona con una túnica negra que no enseñaba otra cosa de su cuerpo más que algunas de sus figuras en los bordes de la tela. Levanté la mirada hacia adentro de la casa para ver cómo era, sin embargo una neblina negra me impidió profundizar en mi escaneo, y lo único que pudo encontrar mi vista fue a una mujer con el pecho descubierto de alguna ropa pero tapizado de collares, la mayor parte de ellos construidos con piedritas cristalinas de colores morados, púrpuras, amarillos y rojos. Caminé hasta donde estaba ella, quedamos frente a frente y me señaló la chimenea que ya estaba a mi lado. Lo que me mostró con su dedo me engendró un temor como el que provoca la proximidad de león o un tigre enjaulado en el zoológico. Un monstruo de aspecto voluminoso yacía como un perro echado, unos grilletes de una materia negra aseguraban sus muñecas y tobillos, dejando a su portador una movilidad limitada al interior de la chimenea.
Supe en ese momento de la seguridad que disfrutábamos los integrantes de la reunión, que a mis ojos parecía falta de precedentes. Eché una ojeada final a los personajes y después me di cuenta de que el monstruo me observaba receloso desde el piso; se levantó y rompió un grillete de su muñeca: se produjo el silencio de todos. Asesinó la tranquilidad de la fiesta el siguiente grillete roto de la mole. Sus brazos quedaron libres, y quería que sus piernas también estuvieran exentas de ataduras. Al instante me supe solo en la casa y embobado por la fuerza del ser que emergía de la chimenea.
Estaba frente al peligro, pero esa presencia me sumergía en le piso, no atinaba a hacer algo hasta que las piernas de la mole estuvieron aptas para caminar, o aún peor, correr. Es entonces cuando también me apresuré a salir de la casa, sabiendo que si volteaba me encontraría con la imagen del monstruo (que parecía estar hecho de una materia parecida al ámbar) corriendo tras de mí y alcanzarme para lastimarme de alguna forma que mi imaginación no alcanzaba a prever.
Penetramos corriendo en el bosque, hasta que nos topamos con una rivera pequeña en donde sé que derroté al monstruo de ámbar, y aunque he estado absorto en algunos ejercicios mnemotécnicos que no arrojan alguna luz sobre este episodio del sueño, estoy seguro que la solución que encontré para matar a la mole era sencilla.
La derrota está aún en penumbra, pero tengo muy claro que el sueño termina cuando yo estoy frente a la rivera, cansado por el susto y el enfrentamiento, y estoy sumido en una actitud contemplativa: veo el cuerpo sin vida de la mole y después miro largamente un pedazo de ámbar que está en mi mano, parece brillar por sí mismo porque logro verlo a pesar de la oscuridad reinante del entorno campestre; tiene la forma de una estaca de unos diez centímetros de largo y unos cinco de ancho. Cierro la mano y despierto.
Eclipse
7 Marzo, 2007
Les cuento:
Tuve conciencia de permanecer dentro de una jaula, mientras el eclipse de sol ocurría. La apariencia de esta prisión era anormal, dentro de ella se podía ver asientos en dos filas que se extendían a lo largo, en medio un pasillo y justo frente un gran parabrisas. Caí en cuenta de que estaba cautivo dentro de un autobús.
El eclipse estaría sucediendo en un repentino par de minutos, y yo estaba encerrado. Como pude, buscando debajo de los asientos, encontré un túnel que conectaba con el exterior. Salí del camión sin poder encontrar, aunque fuera, visualmente la entrada por la que había huído. El lugar en el que después me encontré era una calle como la de cualquier cuidad, había edificios a los dos lados de la acera, la tímida basura se dejaba ver en las alcantarillas; era después de mediodía.
A mis espaldas erguido estaba un edificio en el que yo debía llevar a cabo un rito a propósito del eclipse. Corrí hacia la entrada y trepé las escaleras de emergencia, a mitad de mi recorrido hacia el último piso me encontré con cierta persona que me dotaba de los instrumentos necesarios para ejecutar el evento: un plato de barro con una extensión aproximada de una mano abierta, en el traste había abundante sal; aparte recibí algunas piedras, una de ellas era una daga de obsidiana café, otra era un disco de diez centímetros de diámetro y cuatro o cinco de espesor, la mitad del medallón estaba hecho de una piedra morada que recordaba a la amatista y la otra parte era translúcida, parecida al cuarzo blanco, en el que se veía otras pequeñas piedras incrustadas en esa masa transparente, una de ellas estaba colocada justo en el centro, era negra y aparte sabía yo que representaba el centro de ese cilindro de cuarzo, el centro del plato y el centro del rito.
Tomé esos objetos y seguí subiendo junto con quien me los había dado, él era acompañado por personas desconocidas para mí. En algún punto del ascenso algo o alguien los detuvo a todos, menos a mí. Era necesario apurarse ya que el eclipse en algunos segundos estaría empezando. Llegué hasta el último piso y me encontré con un paisaje desértico y de arena gris que se extendía hasta el horizonte; pilares del mismo color posicionados caoticamente se alargaban hacia el cielo. El viento movía el cabello.
Salí al páramo con la cabeza girada hacia el cielo, buscando el sol. Cuando lo encontré una imagen sin precedentes me asaltó: la gran estrella estaba brillando al lado de una más pequeña, o sea que había dos soles en ese momento. Justo después de darme cuenta de la presencia del segundo lucero, del horizonte salió una piedra gris, de forma perfectamente circular que, de alguna manera, me pareció una piedra de sol azteca; entonces el monolito con una velocidad apabullante atajó la luz diurna otorgando el paso a una noche artificial. Yo me senté en la arena, puse el plato sobre el suelo y estuve dispuesto a empezar el ritual.
Un perro apareció súbitamente y comenzó a lamer la sal del traste de barro, me limitaba a darle golpes con la daga, no con la parte filosa, sino con la plana; el animal se alegaba un poco pero regresaba sistemáticamente hasta que la comió toda. El rito no finalizado, aparentemente, no ocasionaba mayor problema.
La percepción que tenía hasta entonces comenzó a cambiar de una limitada primera persona a una poderosa visión que otorga la tercera persona, es decir que mi yo se disolvía y me unía con la situación pudiendo ver todo lo que pasaba al rededor mío, de los pilares y del desierto. Pude ver que la arena en cantidades grandes se removía, entonces de doce lugares salían un número igual de personajes gigantes que representaban a las doce casas del zodiaco; todas ellas eran por dentro de fuego y en la parte externa mostraban una coraza muy delgada de piedra gris. Logré captar la ascensión de tauro a quien casi le logré sentir el fuego desbordándosele; después salió leo que mecía una melena fogosa, una garras de flamas y un cuerpo de piedra. Los demás signos estaban ya sobre tierra, y comenzaron a pelear entre ellos. El resultado era piedras esparcidas por todo el terreno y fuego consumido.

