Las lámparas
21 Diciembre, 2007
Estoy acostado en una cama sin sábanas. Todo está a oscuras y hace un rato, el Patriarca y su pareja me dijeron que intentara dormir; sin embargo estoy probando la lámpara de caza que Alfonso me ha conseguido, y que hemos conectado a la corriente eléctrica. De los distintos tipos de luz que tiene, pruebo de vez en vez la que es más baja. La batería de la lámpara se carga poco a poco, y eso me alienta. Los demás fingen dormir.
El Patriarca se levanta y dice: “necesitamos una lámpara de halógeno a baterías, voy a comprarla”. Lo acompaña Christopher con todo y su metro noventa. Me quedo más inquieto que nunca. Verifico que se cargue mi lámpara: sí, sigue en aumento.
La espera es agónica. Esta cama está asquerosa, pero no puedo moverme de tanto miedo. El cuarto está repleto de cacharros sucios, como si fuera un basurero. A mi izquierda hay una entrada sin puerta, que deja ver una puerta con una ventana que me eriza los vellos del cuello. El Patriarca y Christopher llegan: compraron dos diminutas. Las encienden pero no alumbran tanto como yo quisiera.
A la derecha, como a dos metros, está la salida del cuarto donde estamos todos. Es pequeña y de lámina. Alfonoso me pregunta cómo va la carga, le respondo que hay va. Con esta lámpara cargada, con sus ocho millones de candelas, se puede deslumbrar al mismo diablo. La corriente eléctrica: no debe perderse la conexión.
Pasan minutos en donde nadie finge dormir, ahora estamos espectantes pero no sabemos qué es lo que vendrá. Más minutos, parecen horas. Me impaciento y pido que prendan una a baterías. Estrella me responde que la está buscando, que no la encuentra, que debe estar por aquí. La desesperación me congela la médula. Me doy cuenta que mi lámpara ya no está conectada. Estrella nos alarma de que ninguna de ellas enciende. La Matriarca grita “¡ahí, fínjense, una mancha blanca en la ventana!” Yo intento voltear a mi izquierda pero estoy cegado por el miedo.
A gritos, todos comienzan a salir. La Matriarca vuelve a gritar: “cuiden a Ángela y sus hijos. Ellos primero”. Yo empujo a los demás para que se apresuren; y el miedo me hace sentir en la espalda una serpiente de hielo. Una vez todos fuera, en una escalera Ángela está anegada en miedo y llanto. La jalo de los brazos, le digo que hay que irnos ya. Pero ella llora y grita.
Volteo y a lado de mi cama se acerca con furia una mancha blanca que no distingo qué es.
Pinche noche
12 Mayo, 2007
El alumbrado público de esta ciudad que se me presenta gigantesca, está apagado. Apenas los faros de los coches iluminan el pavimento negro.
Pinche noche.
Estoy esperando en un semáforo y unas filas interminables de autos me rodean. Verde. Se escucha motores muy revolucionados, rechinidos de llantas y yo siento, en el volante y en los pedales, la fuerza de mi máquina. Salgo disparado. La calle más bien parece una pista que la avenida de una cuidad.
La negrura se cierra más, pocos coches me acompañan ya. Uno que sé trasero, por el sonido de su motor, se me acerca, me rebasa por mi izquierda y después toma mi carril. Levanta una cortina de polvo. Pinche polvo. Pinche noche. No veo ni madres, los pocos faros que podía localizar desaparecen detrás de la bruma. Siento mi carro perder estabilidad; que choca con objetos invisibles. Se levanta en dos llantas y escucho el crujir de cristales y metal. “Solo”, inmerso en el solvente negro (¿de la noche, del pavimento?), es lo único que puedo pensar mientras el coche se detiene por la fricción de las láminas con el camino.
Pinche noche, pinche sangre que me chorrea por todo el cuerpo.
