El juego

8 marzo, 2011

Recuerdo una mesa iluminada tímidamente por un lámpara cónica. Era una mesa de juego sobre la que había unas piezas verdes, amarillas y blancas que nunca había visto; la primera impresión que tuve de ellas fue que eran chicles de cuatro pastillas en un empaque de celofán. Una mano femenina llegó hasta el centro y tomó las verdes con un actitud de hastío, como si tuviera que jugar sólo para demostrar que no había nadie ahí que pudiera derrotarla. En ese momento supe que era un duelo de apuestas y que yo era el bien que se disputaba. La chica de las fichas verdes se recargó en el respaldo de su silla y casi se la tragó la oscuridad. Lo único visible era la mesa y una circunferencia muy limitada. El resto no sé si era un cuarto, una explanada, un desierto.

Había otras jugadoras, pero ni siquiera me fue posible verlas o percibirlas de otra forma más que reconociendo apenas su existencia. La victoria vino como se esperaba: súbita e incontrovertible. Después había un coche que tal vez me llevaba. Mucho movimiento.

Mano de cabra

22 mayo, 2010

Mis-ojos-verdes y yo entrábamos a un bar por la noche. Llovía y las extensas avenidas recibían indiferentes el agua. El sitio al que llegamos era una casa común y corriente; no nos importó y entramos. Una vez instalados me apeteció ir a mi casa y visitar a mi familia. Mi acompañante tendría que aguardarme en el bar.

Me expuse al escalofrío de la lluvia; recorrí una larga calle y llegué a otra casa. No la conocía pero sabía que dentro de ella estaba la gente que ansiaba ver. Así fue: levanté la mano y sonreí a manera de saludo. Todos me respondieron de la misma forma. Satisfecho, salí. La noche aún silenciosa y marina me devoró. Desplegué una sombrilla púrpura que me arropó; una señora desprotegida se puso a mi lado, a resguardo. Caminamos por una anchurosa banqueta, a un lado, una cuneta contenía tanta agua de lluvia que era como una alberca. Las gotas al unirse al manto acuífero, producían el sonido eterno y ciego de las aguas oscuras.

Una entrada pequeña me esperaba. Al estar completamente adentro noté que había una algarabía, todos caminaban de un lado a otro apresurados. En ese momento supe que un programa de televisión estaba a punto de ser grabado ahí mismo. La temática era simple: tres personas invitadas tenían que desarrollar un personaje frente a las cámaras, quien actuara mejor su papel ganaba. El primero, y el único que pudo verse, era un hombre que muy silencioso se puso en medio del set y comenzó una rutina de un viejo que trataba de encender un cigarro. Era un personaje malhumorado y lento para moverse. Su encendedor no servía.

De pronto, el performance siguió rápidamente su curso: se convirtió lentamente en una especie de musical, en donde el personaje central era el malhumorado. Muchos individuos bailaban y cantaban junto a él, incluso había animales que también actuaban. Al final varios changos se quedaron inmóviles, en sus posturas de baile y canto, sobre una gran roca. Poco a poco su aspecto se fue transformando hasta que cada uno de ellos era una cabra. Tenían un pelaje marrón oscuro, del mismo color que antes lo habían tenido sus cuerpos de simios.

Todos los animales se levantaron de la roca, excepto uno: el del centro. La cabra estaba recostada sobre su espalda con las patas al aire. Una vez que estuvo sola, y que mi atención se enfocó totalmente hacia ella, movió las cuatro patas de una manera cadenciosa, como si fuera un baile hipnótico.

Se puso de pie sin dejar de moverse cadenciosamente y trepó hasta la cima de una pequeño acantilado. Tuve que levantar mi cabeza y mi vista para seguir su espectáculo.

Alguien puso su mano en mi hombro y dijo:

-Es el Dios Cabra.

Tuve ahora la clara sensación de ver los pasos sagrados de la divinidad. La cabra bajó del acantilado y no se detenía en la danza hasta que me encaró y me dijo:

-Soy San Luis Potosí o Tláloc. Somos el mismo.

Supe que la lluvia estaba en él.

Desde hacía tiempo sin darme cuenta estaba en una profunda hipnosis. Sólo podía contemplar. Ver con los ojos tan abiertos como platos. El Dios Cabra se acercó y me tiró al suelo. Mis palmas estaban sobre la tierra seca y mi cara dirigida hacia la mirada penetrante de la Cabra.

Repentinamente la pezuña tomó la forma de una mano de hombre. Quisiera decir que la blandió frente a mí, pero eso no puede decirse al respecto de una mano. Acercó su pulgar a mi entrecejo y lo puso gentilmente ahí.

Sentí como si ese dedo hubiera penetrado mi piel, cráneo y llegado hasta mi cerebro; después sentí como si con ese solo pulgar hubiera llegado a tocar mi cuerpo entero: era la fuerza del tacto de un Dios. Un grito grave y genuino fue mi respuesta.

Cuando enfoqué mi mirada de nuevo hacia lo que estaba pasando afuera, noté que el Dios Cabra seguía tocando gentilmente la piel de mi frente. Imaginé o vi un haz de luz blanca emitiéndose de ese contacto tan profundo.

El Dios Cabra me dijo sin ocupar su habla:

-La Gran Obra está dentro de tu cabeza.

La sensación de su tacto era muy poderosa. Vi a mi alrededor y el exterior había cambiado para mí. Donde había líneas o donde había objetos que se entrecruzaban, coincidían o se tocaban, emergían pequeños triángulos. Me recordó a algunas imágenes de artistas que trataban de reproducir la psicodelia que vivieron al drogarse con LSD.

La visión era necia, como el mezcal.

No aguanté mucho tiempo antes de ver todo en colores sepia y experimentar una clara sensación de encogimiento en mi cuerpo. Pedí ayuda a gritos.

Mi visión volvió a la normalidad y las sensaciones perturbadoras se desvanecieron para dar paso al sonido de mi cuerpo al ser arrastrado sobre la tierra. Mis manos estaban atadas con un mecate y de éste alguien me jalaba. Llegamos una vez más al sitio donde se había llevado a cabo el programa de TV.

Alguien, mientras yo conocía al Dios Cabra, me había capturado y me tenía inmovilizado en una habitación oscura en construcción.

Rápido me deshice de mis amarras. Me levanté furioso del piso. Caminé a lo largo de la casa para que todos me vieran y supieran que estaba liberado y que el enojo me tenía fuera de mí. Reconocí a mi captor sentado en una silla de metal, tomé una idéntica, la levanté y la rompí contra él. Al escuchar el estruendo supe que el sentimiento de venganza que me dominaba se había consumido.

Afuera seguía lloviendo.

En un bar

18 noviembre, 2008

He soñado que voy a la tienda a comprar chocolates, o que conozco a rockstars: en conclusión, nada que valga tomarse la pena de leer. Entonces he recurrido a la libreta cercana a la almohada, y revisé algunos sueños viejos. Di con uno (2 de abril del 2006) que me llamó la atención por su atmósfera. Creo que no sucede nada espectacular o singular, sin embargo el ambiente y la tranquilidad de él me impulsan a transcribirlo.

Ahí va.

El bar estaba solo y en penumbra. El barman, ella y yo éramos los únicos en el lugar. La fuente de luz para todo el sitio era la barra luminosa semicircular; detrás de ella esperaba silencioso el hombre nuestras órdenes de bebidas.

Esa vez fue la primera que la vi vestida así. Llevaba un sombrero color crema, que reflejaba apaciblemente la luz en su cara; portaba un saco sastre del mismo color, y en un ojal, distintivas, unas pequeñas uvas artificiales.

Cuando mi vista alcanzó sus ojos, vi la luz blanca de la barra formando unos aros luminosos al rededor de sus retinas. Cuando los vi paladeé concentradamente un sentimiento: calma segura que su mirada conjuraba en lo que veía; estaba dispuesto a no depender nunca de garantías, certezas o sellos.

El círculo de luz en sus ojos era la entrada a donde no había pasión, sólo el reposo del aplomo. Es cierto que estaba en medio de un viaje contemplativo, pero los movimientos del barman, tan violentos, me sacaron del trance. Para cuando pude reaccionar, él ya tenía una escopeta en sus manos. Se escuchaba el siseo de los cartuchos al entrar en la recámara del arma.

El hombre nos miraba amenzante.

Corrimos lejos de la barra por largos pasillos de oscuridad. Llegamos a unos baños en penumbras, donde no encontrarían a mi acompañante. La dejé oculta ahí. Llegué a un exterior en donde había coches. Probé, con la mayor rapidez, las puertas de los coches: quería ir por ayuda. Encontré uno, el mío, que tenía los seguros botados. Me subí y vi que el hombre se acercaba con la escopeta. El coche no encendía. La angustia creció y desperté.

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Llaves de tuercas

14 diciembre, 2007

Penetramos, mi acompañante y yo, en un campo de futbol abandonado. A nuestra izquierda corría un pequeño canal de agua limpia, que estaba encausado por una construcción de piedra por donde el agua pasaba. Cerca de nosotros estaba una portería, y casi al lado de uno de los barrotes había una llave de tuercas. Me acerqué y la tomé. Vi que mis pies estaban descalzos.

Cuidé más donde pisaba. A lo largo del campo vi muchas eses; algunas pisadas, otras resecas y unas tantas intactas. Puse al tanto a mi compañero sobre mi condición, y al ver sus pies, me di cuenta de que el también estaba descalzo. Revisamos el terreno y vimos a lo lejos a un viejo que se nos acercaba. Traía en la mano algo, no sé qué era. Cuando estuvo a una distancia prudente nos lo lanzó. Nos cubrimos del golpe y después yo blandí mi llave. Mi compañero encontró otra herramienta como la mía, pero más grande.

Amenazamos al viejo y comenzamos a avanzar. Yo no podía caminar, así que tuve que ser cargado. Corrimos al lado del canal y encontramos un pequeño puente. Lo subimos y desde ahí nos lavamos los pies, como para asegurarnos de que no hubiéramos pisado eses.

El viejo por detrás nos invitó a pasar a su casa. Alzamos la vista y, a lo lejos, estaba su casa.

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Dios tigre

23 septiembre, 2007

Me soñé en un aula de secundaria. Estaban todos mis antiguos compañeros. Uno no dejaba de verme y me acerqué a saludarlo. Tenía un puñal en la mano, y con menos distancia entre él y yo, me di cuenta de que me miraba asechante, como un cazador, no como alguien que está deseoso de estar en compañía.

Se levantó de su mesabanco lo más amenazador que pudo. Por debajo, me puso próximo el filo. Salté hacia atrás desprotegido, y esquivando las arremetidas. Pronto comenzamos a forcejear, a enredar nuestros brazos y manos. El forcejeo se convirtió en un no-escape: me asestó dos cuchillazos, uno en las costillas y el otro en el abdomen.

El dolor produjo un cambio: primero, no atiné a mover un sólo músculo después de la agresión, lo que me hizo, segundo, salir de mí y ver la escena desde fuera y, tercero, paralizar las acciones sólo para observar una cosa que no esperaba:

Detrás de mi atacante-compañero de secundaria, paulatinamente apareció un humo amarillo que fue fraguando en un ser de figura humana pero con cabeza de un tigre. Este ser, que parecía congelar cualquier acción, sacó un hermoso puñal de una vaina.

Jraaann.

Y lo enterró en la espalda de mi posible asesino.

La herida fue profunda, letal. El condenado a muerte, por el influjo divino seguía sin lograr moverse, sin embargo vi perfectamente cómo fue inclinándose hacia un lado y, como en una mala película, cayó muerto. El dios tigre se esfumó entre humo de color azufre.

No supe más del salón o del agresor-compañero por la imagen avasallante de cinco esculturas de roca, adornadas con oro y piedras preciosas. Una era de un hombre, las otras de un mono, un elefante con sus colmillos también arreglados con metales como la plata, y un tigre que ya conocía; éstas últimas con cuerpo de humano. La quinta no puedo recordar qué apariencia tenía.

Las estatuas eran de dioses. Una de ellas se materializó frente a mí.

El pedazo de ámbar

13 abril, 2007

La noche desde hacía horas que estaba cerrada. Entré en una casa en medio de un campo o bosque; desde la puerta principal pude ver una chimenea a mi mano izquierda, a la diestra descansaban unos sillones rojos de estilo antiguo. Dentro del edificio casi en penumbras se celebraba una fiesta, una de un género que no me había tocado conocer.

Atravesé el portal y vi a un sujeto vestido sólo con taparrabos levitar, frente a él otra persona con una túnica negra que no enseñaba otra cosa de su cuerpo más que algunas de sus figuras en los bordes de la tela. Levanté la mirada hacia adentro de la casa para ver cómo era, sin embargo una neblina negra me impidió profundizar en mi escaneo, y lo único que pudo encontrar mi vista fue a una mujer con el pecho sin alguna ropa, pero tapizado de collares, la mayor parte de ellos construidos con piedritas cristalinas de colores morados, púrpuras, amarillos y rojos. Caminé hasta donde estaba ella, quedamos frente a frente y me señaló la chimenea que ya estaba a mi lado. Lo que me mostró con su dedo me engendró un temor como el que provoca la proximidad del león o un tigre enjaulado en el zoológico. Un monstruo de aspecto voluminoso yacía como un perro echado, unos grilletes de una materia negra aseguraban sus muñecas y tobillos, dejando a su portador una movilidad limitada al interior de la chimenea.

Supe en ese momento de la seguridad que disfrutábamos los integrantes de la reunión, que a mis ojos parecía falta de precedentes. Eché una ojeada final a los personajes y después me di cuenta de que el monstruo me observaba receloso desde el piso; se levantó y rompió un grillete de su muñeca: se produjo el silencio de todos. Asesinó la tranquilidad de la fiesta el siguiente grillete roto de la mole. Sus brazos quedaron libres, y quería que sus piernas también estuvieran exentas de ataduras. Al instante me supe solo en la casa y embobado por la fuerza del ser que emergía de la chimenea.

Estaba frente al peligro, pero esa presencia me sumergía en le piso, no atinaba a hacer algo hasta que las piernas de la mole estuvieron aptas para caminar, o aún peor, correr. Es entonces cuando también me apresuré a salir de la casa, sabiendo que si volteaba me encontraría con la imagen del monstruo (que parecía estar hecho de una materia parecida al ámbar) corriendo tras de mí y alcanzarme para lastimarme de alguna forma que mi imaginación no alcanzaba a prever.

Penetramos corriendo en el bosque, hasta que nos topamos con una rivera pequeña en donde sé que derroté al monstruo de ámbar, y aunque he estado absorto en algunos ejercicios mnemotécnicos que no arrojan alguna luz sobre este episodio del sueño, estoy seguro que la solución que encontré para matar a la mole era sencilla.

La derrota está aún en penumbra, pero tengo muy claro que el sueño termina cuando yo estoy frente a la rivera, cansado por el susto y el enfrentamiento, y estoy sumido en una actitud contemplativa: veo el cuerpo sin vida de la mole y después miro largamente un pedazo de ámbar que está en mi mano, parece brillar por sí mismo porque logro verlo a pesar de la oscuridad reinante del entorno campestre; tiene la forma de una estaca de unos diez centímetros de largo y unos cinco de ancho. Cierro la mano y despierto.

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