En un bar
18 Noviembre, 2008
He soñado que voy a la tienda a comprar chocolates, o que conozco a rockstars: en conclusión, nada que valga tomarse la pena de leer. Entonces he recurrido a la libreta cercana a la almohada, y revisé algunos sueños viejos. Di con uno (2 de abril del 2006) que me llamó la atención por su atmósfera. Creo que no sucede nada espectacular o singular, sin embargo el ambiente y la tranquilidad de él me impulsan a transcribirlo.
Ahí va.
El bar estaba solo y en penumbra. El barman, ella y yo éramos los únicos en el lugar. La fuente de luz para todo el sitio era la barra luminosa semicircular; detrás de ella esperaba silencioso el hombre nuestras órdenes de bebidas.
Esa vez fue la primera que la vi vestida así. Llevaba un sombrero color crema, que reflejaba apaciblemente la luz en su cara; portaba un saco sastre del mismo color, y en un ojal, distintivas, unas pequeñas uvas artificiales.
Cuando mi vista alcanzó sus ojos, vi la luz blanca de la barra formando unos aros luminosos al rededor de sus retinas. Cuando los vi paladeé concentradamente un sentimiento: calma segura que su mirada conjuraba en lo que veía; estaba dispuesto a no depender nunca de garantías, certezas o sellos.
El círculo de luz en sus ojos era la entrada a donde no había pasión, sólo el reposo del aplomo. Es cierto que estaba en medio de un viaje contemplativo, pero los movimientos del barman, tan violentos, me sacaron del trance. Para cuando pude reaccionar, él ya tenía una escopeta en sus manos. Se escuchaba el siseo de los cartuchos al entrar en la recámara del arma.
El hombre nos miraba amenzante.
Corrimos lejos de la barra, por largos pasillos de oscuridad. Llegamos a unos baños en penumbras, donde no encontrarían a mi acompañante. La dejé oculta ahí. Llegúe a un exterior, en donde había coches. Probé, con la mayor rapidez, las puertas de los coches: quería ir por ayuda. Encontré uno, el mío, que tenía los seguros botados. Me subí y vi que el hombre se acercaba con la escopeta. El coche no encendía. La angustia creció y desperté.
La arañagrillo
12 Noviembre, 2008
A la orilla de una carretera estuve en una palapa donde se comía una barbacoa. El ambiente familiar, de comunión defectuosa, me fastidió. Me levanté y caminé hacia la carretera con un vaso de cristal en la mano. Tenía sed, pero nada podía beber debajo de la palapa.
Sabía que al lado de carretera a menudo existen tambos con agua potable. Salí a buscarlos. Caminaba justo en el filo de la blanca barra interminable. Los grandes trailers pasaban a mi mano izquierda. Sentía sus poderosas fuerzas en mi espalda.
Con frecuencia me topaba con tambos, pero con agua estancada. Había un claro en donde había algunos jornaleros, que rodeaban a uno de ellos que estaba en el suelo, convalesciente. Escuché que el enfermo había sido picado por una gran araña en la faena. Si no llegaba una ambulancia pronto moriría.
Seguí caminando, y a mi lado apareció una maleza que invadía la carretera. Me enredé, sin querer, en ella. Mientras intentaba liberarme me di cuenta que en mi brazo, enmarañada, había una telaraña. El centro de ella conducía a la atemorizante visión de una araña con dos ojos, verdes, que me contemplaban. Con el vaso traté de apartar la telaraña de mi cuerpo, pero sólo logré mover todos los hilos y excitar a la araña. Comenzó a moverse hacia mí, con todo y su poderosa ponzoña.
Sus ocho patas eran como las del grillo: anchas y con púas. Y su color era emeralda. Cuando estaba casi sobre mi piel, logré aventarla con el vaso. Pero no se daba por vencida y volvió a trepar en los hilos, y cuando estaba lista para inyectar su veneno en mi brazo, desperté agitado.
Oscuro mar
8 Noviembre, 2008
Mis huellas son succionadas por una arena gris. El agua cadente por intervalos moja mis pies desnudos. La gran sábana de agua bruna se extiende insoportablemente lejana. Detrás, en la playa, mi casa silenciosa espera.
Camino un poco más sobre el cinturón de arena que el agua remoja. Me detengo: estoy más y más lejos de mi casa. Quiero regresar. A casa paso, mis pies se unden más en la devorante arena; la fuerza del agua arrecia contra mis piernas.
El mar quiere tragarme.
El mar quiere engullir mi casa.
Quiero subir las escaleras de mi casa para estar lejos del agua.
La playa desaparece lentamente, mientras los líquidos azabaches avanzan sin clemencia hacia los cimientos de la construcción. Mis pasos cada vez penetran más el suelo. El agua me jala con mayor furia.
La noche sin luna, es oscura.
Botellas en el coche
8 Agosto, 2008
Vestía una gabardina negra al puro estilo Neo, una camisa blanca y una corbata. Llevaba en mis manos una tabla para sujetar y apoyar hojas. Palomeaba con lápiz algunas casillas mientras observaba la maquinaria de una fábrica: algunos engranes gigantes, rodillos de metal cromado, mucha gente ocupada. El encargado del edificio me seguía de cerca, preocupado por mi juicio sobre las entrañas ruidosas.
Fabricaban alguna pasta que era comestible, que serviría para preparar algún alimento chatarra o para agregarla a una tonelada de grasa para autos. Para algo servía la pasta. Terminé mi tarea justo a la hora de cambio de los trabajadores. Cuando salí de la fábrica había un cieo crepuscular. Las torres, alambres, postes, bodegas y demás construcciones dejaban ver el horizonte. Parecía que no hubiera otro rastro humano en la tierra; como si fuera la única obra hecha por las manos del hombre en el mundo.
Mientras veía el horizonte todos los obreros me sacaron ventaja y me quedé solo en las calles del complejo fabricador de una pasta de futuro incierto. Caminé entre el viento helado: mi gabardina me protegía de las ráfagas frías. Uno que otro trabajador me rebasaba y me iba quedando poco a poco más solo. La mancha gris que era mi coche se me acercaba. El viento seguía.
Llegué a la puerta del coche y la abrí. A lo lejos un hombre se acercaba serpenteante en vicicleta. De los asientos anegados en envaces tamaño familiar de cerveza se escurrieron tres que cristaleron en el pavimento; aún tenían restos de líquido ambar. En ese momento pensé en derramarlos en la calle, y que sería peligroso estar en una calle solitaria justo en el crepúsculo. Vi con el rabillo del ojo al hombre en bicicleta que se acercaba amenazante; me apuré lo más que pude en meter los envaces y derramar el líquido, pero cuando estaba a punto de subir al coche, él ya tenía un puñal desenvainado próximo a mi abdomen.
Las lámparas
21 Diciembre, 2007
Estoy acostado en una cama sin sábanas. Todo está a oscuras y hace un rato, el Patriarca y su pareja me dijeron que intentara dormir; sin embargo estoy probando la lámpara de caza que Alfonso me ha conseguido, y que hemos conectado a la corriente eléctrica. De los distintos tipos de luz que tiene, pruebo de vez en vez la que es más baja. La batería de la lámpara se carga poco a poco, y eso me alienta. Los demás fingen dormir.
El Patriarca se levanta y dice: “necesitamos una lámpara de halógeno a baterías, voy a comprarla”. Lo acompaña Christopher con todo y su metro noventa. Me quedo más inquieto que nunca. Verifico que se cargue mi lámpara: sí, sigue en aumento.
La espera es agónica. Esta cama está asquerosa, pero no puedo moverme de tanto miedo. El cuarto está repleto de cacharros sucios, como si fuera un basurero. A mi izquierda hay una entrada sin puerta, que deja ver una puerta con una ventana que me eriza los vellos del cuello. El Patriarca y Christopher llegan: compraron dos diminutas. Las encienden pero no alumbran tanto como yo quisiera.
A la derecha, como a dos metros, está la salida del cuarto donde estamos todos. Es pequeña y de lámina. Alfonoso me pregunta cómo va la carga, le respondo que hay va. Con esta lámpara cargada, con sus ocho millones de candelas, se puede deslumbrar al mismo diablo. La corriente eléctrica: no debe perderse la conexión.
Pasan minutos en donde nadie finge dormir, ahora estamos espectantes pero no sabemos qué es lo que vendrá. Más minutos, parecen horas. Me impaciento y pido que prendan una a baterías. Estrella me responde que la está buscando, que no la encuentra, que debe estar por aquí. La desesperación me congela la médula. Me doy cuenta que mi lámpara ya no está conectada. Estrella nos alarma de que ninguna de ellas enciende. La Matriarca grita “¡ahí, fínjense, una mancha blanca en la ventana!” Yo intento voltear a mi izquierda pero estoy cegado por el miedo.
A gritos, todos comienzan a salir. La Matriarca vuelve a gritar: “cuiden a Ángela y sus hijos. Ellos primero”. Yo empujo a los demás para que se apresuren; y el miedo me hace sentir en la espalda una serpiente de hielo. Una vez todos fuera, en una escalera Ángela está anegada en miedo y llanto. La jalo de los brazos, le digo que hay que irnos ya. Pero ella llora y grita.
Volteo y a lado de mi cama se acerca con furia una mancha blanca que no distingo qué es.
Llaves de tuercas
14 Diciembre, 2007
Penetramos, mi acompañante y yo, en un campo de futbol abandonado. A nuestra izquierda corría un pequeño canal de agua limpia, que estaba encausado por una construcción de piedra por donde el agua pasaba. Cerca de nosotros estaba una portería, y casi al lado de uno de los barrotes había una llave de tuercas. Me acerqué y la tomé. Vi que mis pies estaban descalzos.
Cuidé más donde pisaba. A lo largo del campo vi muchas eses; algunas pisadas, otras resecas y unas tantas intactas. Puse al tanto a mi compañero sobre mi condición, y al ver sus pies, me di cuenta de que el también estaba descalzo. Revisamos el terreno y vimos a lo lejos a un viejo que se nos acercaba. Traía en la mano algo, no sé qué era. Cuando estuvo a una distancia prudente nos lo lanzó. Nos cubrimos del golpe y después yo blandí mi llave. Mi compañero encontró otra herramienta como la mía, pero más grande.
Amenazamos al viejo y comenzamos a avanzar. Yo no podía caminar, así que tuve que ser cargado. Corrimos al lado del canal y encontramos un pequeño puente. Lo subimos y desde ahí nos lavamos los pies, como para asegurarnos de que no hubiéramos pisado eses.
El viejo por detrás nos invitó a pasar a su casa. Alzamos la vista y, a lo lejos, estaba su casa.
Milicia policíaca
23 Noviembre, 2007
Hubo golpe de estado. Hordas de militares vestidos de blanco penetraron y reconfiguraron una capital: lavaron la sangre salpicada en las paredes de los edificios, suburbios y avenidas; pintaron incluso el pavimento de blanco; se estableció una vigilancia permanente con rifles en mano de agentes parecidos a policías, pero de la milicia, y francotiradores ávidos de un disturbio mínimo para reventar cráneos civiles.
Fui un soldado del ejército opositor, disfrazado de civil. Camino en el centro de la capital reformada y me dirijo a un escondite donde atesoro planos, libros, documentos y un pedazo de tela parecido a una bandera. Estos objetos pertenecían a las fuerzas rebeldes.
Metí la mano en un recoveco y saqué las cosas con cuidado; seguramente ellas me ayudarían a recobrar fuerzas, y combatir a la milicia gobernante. Un sniper me descubrió en el momento; por radio las unidades policíacas terrestres se enteraron de mí y me capturaron.
No recuerdo el tipo de tortura que merecía un soldado opositor, porque no me acuerdo de la mía. Pero con certeza que después de casi destrozar mi cuerpo me dieron un tiro de gracia.
Pescador barbudo
16 Julio, 2007
Iluminadas las palmeras, danzaban con el viento de la playa. A un pequeño puerto llegaron dos pescadores en una lancha blanca, tapizada de despostilladuras en la pintura, a descargar su captura del día.
—¿Quién es ese barbón?— preguntó alguien que parado en la arena, observaba como emergían redes de la pequeña embarcación.
—¿Qué no sabes que es un gran pescador, que se jacta, incluso, de haber capturado los famosos insectos de mar?— respondió regañona una mulata, vestida de rojo y lunares blancos. Su pañoleta colorada también bailaba con el aire.
—¡Señor, señor!— le gritó la mujer al pescador viejo y barbudo —pase por acá, que lo voy a llevar a mi casa para que coma y descanse. Si quiere traiga a su acompañante.
La familia de la señora se arremolinó al rededor de ella y del pescador, su ayudante los seguía. Avanzaron silenciosamente por un pequeño malecón que pertenecía a la mulata. El mar cercano contenía, a ras de la arena, unas jaulas circulares donde vivían algunas especies de animales pertenecientes a esta familia. Al final, unos cocodrilos bebés reptaban en círculos dentro de su prisión. Todos contemplaban taciturnos a las bestias.
Al aproximarse a la jaula de los lagartos, uno pequeño pero imponente, comenzó a caminar desde la arena hasta el malecón. Se plantó en el paseo encarpetado de cemento, y dejó relucir su piel, que era de una piedra parecida al jade tallado, unos surcos chatos dibujaban sus rasgos.
Detrás del grupo espectante, corrió una cría de venado hacia las fauces que se abrían del lagarto. Al primer contacto de la piel afelpada con los colmillos, intentó cambiar de rumbo la potencial víctima pero calló. Se incorporó el venado, y horrorizado se disparó por donde llegó. Escapó. Todo estuvo en orden. Siguieron caminando.
El pedazo de ámbar
13 Abril, 2007
La noche desde hacía horas que estaba cerrada. Entré en una casa en medio de un campo o bosque; desde la puerta principal pude ver una chimenea a mi mano izquierda, a la diestra descansaban unos sillones rojos de estilo antiguo. Dentro del edificio casi en penumbras se celebraba una fiesta, una de un género que no me había tocado conocer.
Atravesé el portal y vi a un sujeto vestido sólo con taparrabos levitar, frente a él otra persona con una túnica negra que no enseñaba otra cosa de su cuerpo más que algunas de sus figuras en los bordes de la tela. Levanté la mirada hacia adentro de la casa para ver cómo era, sin embargo una neblina negra me impidió profundizar en mi escaneo, y lo único que pudo encontrar mi vista fue a una mujer con el pecho descubierto de alguna ropa pero tapizado de collares, la mayor parte de ellos construidos con piedritas cristalinas de colores morados, púrpuras, amarillos y rojos. Caminé hasta donde estaba ella, quedamos frente a frente y me señaló la chimenea que ya estaba a mi lado. Lo que me mostró con su dedo me engendró un temor como el que provoca la proximidad de león o un tigre enjaulado en el zoológico. Un monstruo de aspecto voluminoso yacía como un perro echado, unos grilletes de una materia negra aseguraban sus muñecas y tobillos, dejando a su portador una movilidad limitada al interior de la chimenea.
Supe en ese momento de la seguridad que disfrutábamos los integrantes de la reunión, que a mis ojos parecía falta de precedentes. Eché una ojeada final a los personajes y después me di cuenta de que el monstruo me observaba receloso desde el piso; se levantó y rompió un grillete de su muñeca: se produjo el silencio de todos. Asesinó la tranquilidad de la fiesta el siguiente grillete roto de la mole. Sus brazos quedaron libres, y quería que sus piernas también estuvieran exentas de ataduras. Al instante me supe solo en la casa y embobado por la fuerza del ser que emergía de la chimenea.
Estaba frente al peligro, pero esa presencia me sumergía en le piso, no atinaba a hacer algo hasta que las piernas de la mole estuvieron aptas para caminar, o aún peor, correr. Es entonces cuando también me apresuré a salir de la casa, sabiendo que si volteaba me encontraría con la imagen del monstruo (que parecía estar hecho de una materia parecida al ámbar) corriendo tras de mí y alcanzarme para lastimarme de alguna forma que mi imaginación no alcanzaba a prever.
Penetramos corriendo en el bosque, hasta que nos topamos con una rivera pequeña en donde sé que derroté al monstruo de ámbar, y aunque he estado absorto en algunos ejercicios mnemotécnicos que no arrojan alguna luz sobre este episodio del sueño, estoy seguro que la solución que encontré para matar a la mole era sencilla.
La derrota está aún en penumbra, pero tengo muy claro que el sueño termina cuando yo estoy frente a la rivera, cansado por el susto y el enfrentamiento, y estoy sumido en una actitud contemplativa: veo el cuerpo sin vida de la mole y después miro largamente un pedazo de ámbar que está en mi mano, parece brillar por sí mismo porque logro verlo a pesar de la oscuridad reinante del entorno campestre; tiene la forma de una estaca de unos diez centímetros de largo y unos cinco de ancho. Cierro la mano y despierto.
Sueño premiere
21 Febrero, 2007
Me soñé en una calle donde había muchas personas que era imposible identificar. El crepúsculo y el ruido ambiental proporcionaron la tonalidad de la escena. Pasé entre las personas y encontré un auto, el mío. Lo abrí, me subí y bajé la ventanilla. Llegaron dos niños de sexo irreconocible, eran indigentes y sus ropas eran negras y desgarradas. Querían venderme una flor y tal vez sacarme alguna otra cosa. En ese momento yo sentí que las intenciones del par ése no eran buenas.
Me negué a comprarles algo, entonces, a través de la ventanilla tomaron mi brazo y lo rompieron; después se fugaron. La fractura fue bastante singular: no fue audible el hueso al quebrarse, y tampoco fui sensible al dolor; simplemente seguí el movimiento de mi antebrazo al doblarse en un ángulo de noventa grados. Con el brazo así bajé del coche y caminé por la calle.
Después de unos pasos dados, me topé con una persona que es del todo familiar para mí, sin embargo había algo que no cuadraba en él. Lo saludé, nos dimos gusto de vernos, y justo después, los niños andrajosos llegaron ofreciendo flores otra vez. Él se negó y pronto estuvo en la misma situación que la mía: lastimaron rápidamente su brazo y se fueron. Detrás de nosotros sonaba la música de un restaurante en forma de galerón, se escuchaba el tintineo de los cubiertos y algunas pláticas ahogadas en la incipiente oscuridad.
Alarmados los dos comenzamos a prevenir a la gente que pululaba ahí.






