Una borrasca nublaba el cielo y agitaba el agua de la playa. Una voz off narraba, con un estilo de locutor de radio, lo que sucedía con el clima y el oleaje alborotados por el mal tiempo. Yo caminaba del malecón hasta donde llegaba el agua de mar.

Avancé cien metros y me encontré unos rompeolas ocupados por algunas personas que disfrutaban de la violencia de las olas. Algunos estaban practicamente dentro del agua. Había una pareja que estaba sobre las rocas y estaba empapada, y las voz radial anunciaba que, ultimamente, habían ocurrido varios decesos precisamente en los rompeolas. De pronto salió de las aguas un tiburón pálido, y de un mordisco, devoró a la mujer, dejando a medias la pareja.

La voz anunció que una puerta de agua estaba por llegar a la costa. Volteé a las escaleras que conducían al malecón y me asombró ver una montaña de agua se movía lentamente a ellas. Las clausuraría, y de paso, nos ahogaría a todos los que estábamos en la playa. La voz seguía con su sonsonete, pero el pánico de morir bajo la furia del mar, no me permitió escuchar lo que seguía diciendo.

La arañagrillo

12 Noviembre, 2008

A la orilla de una carretera estuve en una palapa donde se comía una barbacoa. El ambiente familiar, de comunión defectuosa, me fastidió. Me levanté y caminé hacia la carretera con un vaso de cristal en la mano. Tenía sed, pero nada podía beber debajo de la palapa.

Sabía que al lado de carretera a menudo existen tambos con agua potable. Salí a buscarlos. Caminaba justo en el filo de la blanca barra interminable. Los grandes trailers pasaban a mi mano izquierda. Sentía sus poderosas fuerzas en mi espalda.

Con frecuencia me topaba con tambos, pero con agua estancada. Había un claro en donde había algunos jornaleros, que rodeaban a uno de ellos que estaba en el suelo, convalesciente. Escuché que el enfermo había sido picado por una gran araña en la faena. Si no llegaba una ambulancia pronto moriría.

Seguí caminando, y a mi lado apareció una maleza que invadía la carretera. Me enredé, sin querer, en ella. Mientras intentaba liberarme me di cuenta que en mi brazo, enmarañada, había una telaraña. El centro de ella conducía a la atemorizante visión de una araña con dos ojos, verdes, que me contemplaban. Con el vaso traté de apartar la telaraña de mi cuerpo, pero sólo logré mover todos los hilos y excitar a la araña. Comenzó a moverse hacia mí, con todo y su poderosa ponzoña.

Sus ocho patas eran como las del grillo: anchas y con púas. Y su color era emeralda. Cuando estaba casi sobre mi piel, logré aventarla con el vaso. Pero no se daba por vencida y volvió a trepar en los hilos, y cuando estaba lista para inyectar su veneno en mi brazo, desperté agitado.

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Oscuro mar

8 Noviembre, 2008

Mis huellas son succionadas por una arena gris. El agua cadente por intervalos moja mis pies desnudos. La gran sábana de agua bruna se extiende insoportablemente lejana. Detrás, en la playa, mi casa silenciosa espera.

Camino un poco más sobre el cinturón de arena que el agua remoja. Me detengo: estoy más y más lejos de mi casa. Quiero regresar. A casa paso, mis pies se unden más en la devorante arena; la fuerza del agua arrecia contra mis piernas.

El mar quiere tragarme.

El mar quiere engullir mi casa.

Quiero subir las escaleras de mi casa para estar lejos del agua.

La playa desaparece lentamente, mientras los líquidos azabaches avanzan sin clemencia hacia los cimientos de la construcción. Mis pasos cada vez penetran más el suelo. El agua me jala con mayor furia.

La noche sin luna, es oscura.

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Las lámparas

21 Diciembre, 2007

Estoy acostado en una cama sin sábanas. Todo está a oscuras y hace un rato, el Patriarca y su pareja me dijeron que intentara dormir; sin embargo estoy probando la lámpara de caza que Alfonso me ha conseguido, y que hemos conectado a la corriente eléctrica. De los distintos tipos de luz que tiene, pruebo de vez en vez la que es más baja. La batería de la lámpara se carga poco a poco, y eso me alienta. Los demás fingen dormir.

El Patriarca se levanta y dice: “necesitamos una lámpara de halógeno a baterías, voy a comprarla”. Lo acompaña Christopher con todo y su metro noventa. Me quedo más inquieto que nunca. Verifico que se cargue mi lámpara: sí, sigue en aumento.

La espera es agónica. Esta cama está asquerosa, pero no puedo moverme de tanto miedo. El cuarto está repleto de cacharros sucios, como si fuera un basurero. A mi izquierda hay una entrada sin puerta, que deja ver una puerta con una ventana que me eriza los vellos del cuello. El Patriarca y Christopher llegan: compraron dos diminutas. Las encienden pero no alumbran tanto como yo quisiera.

A la derecha, como a dos metros, está la salida del cuarto donde estamos todos. Es pequeña y de lámina. Alfonoso me pregunta cómo va la carga, le respondo que hay va. Con esta lámpara cargada, con sus ocho millones de candelas, se puede deslumbrar al mismo diablo. La corriente eléctrica: no debe perderse la conexión.

Pasan minutos en donde nadie finge dormir, ahora estamos espectantes pero no sabemos qué es lo que vendrá. Más minutos, parecen horas. Me impaciento y pido que prendan una a baterías. Estrella me responde que la está buscando, que no la encuentra, que debe estar por aquí. La desesperación me congela la médula. Me doy cuenta que mi lámpara ya no está conectada. Estrella nos alarma de que ninguna de ellas enciende. La Matriarca grita “¡ahí, fínjense, una mancha blanca en la ventana!” Yo intento voltear a mi izquierda pero estoy cegado por el miedo.

A gritos, todos comienzan a salir. La Matriarca vuelve a gritar: “cuiden a Ángela y sus hijos. Ellos primero”. Yo empujo a los demás para que se apresuren; y el miedo me hace sentir en la espalda una serpiente de hielo. Una vez todos fuera, en una escalera Ángela está anegada en miedo y llanto. La jalo de los brazos, le digo que hay que irnos ya. Pero ella llora y grita.

Volteo y a lado de mi cama se acerca con furia una mancha blanca que no distingo qué es.

Son 3:39 am. Carajo, no puedo dormir. Desperté a las 2:40 am de un sueño, que más bien fue pesadilla. Últimamente mis en pesadillas aparecen elementos de películas de terror que, de alguna u otra forma, me hicieron mella. Por ejemplo, hace poco veía el rostro de una caricatura femenina, en realidad no existe esa animación, y mientras me entregaba a la contemplación de esa cara horrorosa, me sobresaltó un ruido chillante. Quien vio la versión gringa (no se si de la misma forma en la japonesa) del aro, recordará, espero, el sonido agudo y penetrante del video matador, perdón, asesino. Bueno pues ese insulto auditivo, me conmocionó tanto que desperté.

Hoy a las 2:40 soñaba con el teclado de una máquina de escribir negra. Estaba sobre un terrón, de tierra para ser más específicos, y mientras tenía esa escena frente a mí, distinguí una voz de quien no lograba ver alguna parte de su cuerpo, de o sus facciones. Entonces ésta relataba la historia, palmo a palmo, de la bruja de Blair: quiero justificarme y argüir, antes de que se me tache de miedoso, que la película no me horrorizó, ni mucho menos me traumatizó o asustó, sino que del cine, salí verdaderamente mareado. En fin, el caso es que soñaba la máquina de escribir cuando el relato finalizó, y con un tono bien alarmista me dijo: “esto ocurrió en terrenos baldíos que circundan X” o sea, donde vivo. En ese instante se apoderó de mí un terror grueso: aplasté la máquina contra el terrón, y ésta se desplomaba a quién sabe dónde. Acto seguido grité.

Como si hubiera una mano que me jalara por la espalda, como a los cachorros, me saqué del sueño profundo a la vigilia. 39 grados celsius me cargaba, además de un miedo que se me fue quitando con forme pasó el tiempo. Por cierto, en el momento en que regresé no pegué un grito como en las películas gringas.

Creo que está apunto de caerme una enfermedad chida, así es que mejor me guardo en algún rincosillo de mi cama e intenó dormir.

PS: Si se nota, por casualidad, un cambio en la ortografía española, o de estilo o un dedazo es porque a) estoy enfermo y no quiero volver a leer lo ya escrito, y b) porque aún me cargo mi temperatura alta.