Caminata
30 Mayo, 2009
Íbamos varias personas por una senda polvosa. A cada lado se dibujaban las siluetas de magueyes incoloros. Nuestros pasos animaban pequeñas nubes de polvo. El sol de mediodía iluminaba todo.
De pronto en el camino aparecían charcos con aguas pútridas, de contornos oscuros como de algas muertas. A veces, lejos de nosotros, había tanta agua de la misma clase que podía nadarse en ella. Seguimos avanzando y la sombra de un hombre alto se me acercó. Sentí empatía con él, pero no lograba ver siquiera el color de su piel. El sol reinaba por doquier. A pesar de que la luz nos anegaba, mi acompañante permanecía sumergido en una oscuridad.
Inmediatamente después, a un lado de mis pies encontré dos fascos. Uno pequeño, traslúcido y vacío; el otro era ancho de un color azul profundo con unas gruesas vetas bermejas y geométricas. Me despertó una curiosidad mórbida. Antes de levantarlo del suelo me enteraba telepáticamente que una bruja había maldecido ambos objetos: decidía correr el riesgo y levanté el recipiente azul. Lo miré a contraluz, las vetas brillaban como ojos luminosos. Adentro había útiles escolares antiguos: unas tijeras oxidadas retorcidas que recordaban a los zapatos de los duendes, y lápices de maderas corroídas. Me lo quedé: me encantaba. Después, con mucha calma, examinaría su contenido.
No dejamos de caminar hasta que nos encontramos con un gran charco. Algunos de los peregrinos comenzaron a adentrarse en esa agua repugnante, y poco después daban señales de ahogarse. De las manchas negras del contorno se desprendieron cocodrilos del mismo color. Iban a devorarlos.
Todos corrimos hasta el agua y los ayudamos a salir. Los cocodrilos tomaron otra vez su lugar y desaparecieron. Dimos marcha atrás en la senda polvosa.
Camioneta blanca
12 Mayo, 2009
Manejaba en la vía de salida de una ciudad enterrada en mi inconsciente, en lo más profundo. Era una camioneta blanca, recién sacada de la agencia, brillante como un chorro de agua iluminado por el sol.
La conducía desnudo.
La carretera devenía en unas curvas pronunciadas casi intransitables. A un lado y a otro aparecían algodonosos árboles, de un verde oscuro que adornaban el camino. Algunas curvas me sacaban de la cinta asfáltica, esperaba cada vez que algún auto se estrellara de frente contra mí. Al arribar a la sinuosidad más abigarrada, tomé una pendiente que me condujo hacia un desfiladero por donde descendía la carretera hacia el vacío. De curvas pronunciadas, el camino se convirtió en un rizo totalmente vertical.
De pronto, descubrí la habilidad para poder flotar a un lado de la camioneta, mientras ella caía irremediablemente. Encontré en mis manos un hilo grueso, de color naranja luminoso que debía señalar el camino por el que la camioneta debería descender sin riesgo de estrellarse contra el suelo. Volé por dentro de los rizos que era la carretera y conduje, por medio del hilo, hasta la seguridad.
Seguía desnudo pero ya no en el camino ni en la camioneta, sino en mi cama y a oscuras. Escuché que tocaban la puerta, y dije “no pases porque estoy desnudo”. Volvieron a llamar con los nudillos. Era mi padre el que quería entrar. Volví a decir lo mismo, pero él no pareció escuchar e irrumpió. No le importó que estuviera en cueros y se acercó hasta mí, tocó mi pelo y me dijo “ya despierta, ya es hora”. Y desperté.
La selva
24 Enero, 2009
Por teléfono me enteré de que alguien de mi familia había caído enfermo. Tomé algunas cosas indispensables y me subí a una camioneta, que francamente, nunca había visto. Conocía que el camino era laberíntico y desconocido para mí. No me importó. Encendí el auto y comencé el viaje.
Pronto despareció el pavimento para dar paso al camino de terracería. Ésta fue devorada por una vegetación espesa verde limón, luminosa. Un viento húmedo se colaba por la ventanilla. Me engañó una sensación de bienaventuranza y seguridad. Me seguí internando en el camino desierto.
Llegué a algunas bifucaciones que se parecían a los cuernos del venado. Tomé siempre las desviaciones que estaban marcadas por flechas. Parecía que si seguía ese camino podía llegar a alguna población. Y así fue.
Las plantas indefectiblemente mojadas, dejaban que gotas translúcidas cayeran al suelo poblado de hongos. El rojo brillante de la camioneta, su carrocería inexplicablemente impecable y sus toscas llantas cubiertas de lodo, penetraban cada vez más en el santuario alienado. Seguía manejando, seguro de llegar a algún sitio.
Arribé a un pueblecillo en el mismo corazón de la selva de la que ya no me sentía capaz de salir. Justo en su centro me encontré con un lago o río límpido, azul grisáceo. La música del correr del agua me sedujo tranquilizándome, mientras estaba en el hocico del lobo.
El líquido fluía fresco.
Llegué a una callejuela en donde había muchas personas sentadas en la acera, algunas en bancos, y niños jugando en medio del paso de los vehículos. Me detuve y descendí de la camioneta. Saludé y comencé a hablar con un señor panzón que comenzó a orientarme. Le dije que estaba perdido, que necesitaba llegar con urgencia a un lugar.
Una sinfonía de gotas sonó: llovía.
El panzón me dijo que iba a ser imposible que yo me fuera de ahí en camioneta porque se atascaría. Asentí y le pedí que me siguiera diciendo cómo ir a mi destino. Terminó de enseñarme y comencé mi viaje a pie. En la salida del pueblo, como si éste estuviera en un segundo piso, hallé unas escaleras de caracol, hechas de piedra por donde tendría que descender para llegar, una vez más, a la selva.
En el umbral de las escaleras me encontré con una selva todavía más mojada y más salvaje. Un riachuelo corría a mi izquierda y mostraba unas pirañas exageradas. Un grupo de gatos monteces cazaban frente a mí. El lodo que era el camino era tan espeso como el merengue.
Seguir a pie me aseguraba morir en el corazón de la hermosa selva.

La arañagrillo
12 Noviembre, 2008
A la orilla de una carretera estuve en una palapa donde se comía una barbacoa. El ambiente familiar, de comunión defectuosa, me fastidió. Me levanté y caminé hacia la carretera con un vaso de cristal en la mano. Tenía sed, pero nada podía beber debajo de la palapa.
Sabía que al lado de carretera a menudo existen tambos con agua potable. Salí a buscarlos. Caminaba justo en el filo de la blanca barra interminable. Los grandes trailers pasaban a mi mano izquierda. Sentía sus poderosas fuerzas en mi espalda.
Con frecuencia me topaba con tambos, pero con agua estancada. Había un claro en donde había algunos jornaleros, que rodeaban a uno de ellos que estaba en el suelo, convalesciente. Escuché que el enfermo había sido picado por una gran araña en la faena. Si no llegaba una ambulancia pronto moriría.
Seguí caminando, y a mi lado apareció una maleza que invadía la carretera. Me enredé, sin querer, en ella. Mientras intentaba liberarme me di cuenta que en mi brazo, enmarañada, había una telaraña. El centro de ella conducía a la atemorizante visión de una araña con dos ojos, verdes, que me contemplaban. Con el vaso traté de apartar la telaraña de mi cuerpo, pero sólo logré mover todos los hilos y excitar a la araña. Comenzó a moverse hacia mí, con todo y su poderosa ponzoña.
Sus ocho patas eran como las del grillo: anchas y con púas. Y su color era emeralda. Cuando estaba casi sobre mi piel, logré aventarla con el vaso. Pero no se daba por vencida y volvió a trepar en los hilos, y cuando estaba lista para inyectar su veneno en mi brazo, desperté agitado.
El ave y la liebre
10 Agosto, 2008
Tres personas, dos hombres y una mujer, recorrían un sendero pardo en medio de un campo café. Uno de los hombres montaba una motocicleta y las otras dos personas iban a pie. La mujer buscaba algo en la espesura de hierbas secas; los hombres platicaban entre sí, y de pronto también le dedicaban un comentario a la buscadora. Uno dijo: “eh, tú, ¡pero qué tanto buscas!” La mujer les respondió: “pero si ya encontramos uno atrás, ¿porque no habría otro por aquí?” El de la motocicleta refunfuñó e hizo el ademán de adelantarse en ella y dejar a sus compañeros a pie. Los dos lo notaron, pero ella le gritó cuando estaba alejándose: ” ja ja, sí. Quieres quitarnos la tecnología, ¿no? Llévatela: ¿cuándo la he necesitado?”
Entonces el horizonte se tragó al hombre en motocicleta.
En su mano delicada, la mujer sobaba una obsidiana en forma de pepita. Para deshacer la tensión del largo viaje a pie, ella comenzó a platicar con el hombre ahora silencioso. Le comentaba algo acerca del tipo de tierra, o sobre el hábitat de algún animal; sin embargo lo que recuerdo con precisión fue: “lo que más me interesa a mí es buscar historias en este lugar”. “¿Historias aquí?” respondió el hombre, tal vez tan asombrado como yo de lo cursi del comentario de su interlocutora. “Seguro; siempre las encuentras” dijo ella: “¡mira!, por aquí”. Y señaló unas varas carbonizadas arriba de un montículo de tierra marrón. “¿Qué, una fogata encendida por alguna persona?” Le respondió un poco aburrido. “No, fíjate bien. Seguro aquí…” Señalaba ella con el dedo índice, mientras seguía un camino muy claro para ella, pero invisible para el hombre. Cuando llegó al final del camino y pronunció su última palabra, o sea “aquí”, salió una cabeza de una liebre gris de entre las ramas negras. A los dos los sorprendió. El animal salió corriendo montículo abajo y se escabulló entre algunas hierbas muertas.
Ellos la siguieron hasta su escondite pero se cuidaron mucho de no acercarse demasiado. Esperaron un poco y escuché un aleteo de un ave grande y negra. Volteé y la vi descender hasta las hierbas de la liebre; se metió cuidadosamente, tomó algo con sus garras y empredió un vuelo pesado. Cuando sus patas se descubrieron de las ramas se dejó ver una liebre ahora negra, apresada y temerosa. El ave fuerte como un águila se la llevó lentamente. Incluso el cielo parecía pardo, pero el ave cazadora y la liebre negra contrastaban con todo.
La obsidiana era más y más sobada por la ansiedad de su propietaria. Ahora la piedra era de una forma triangular o trapesoide. El hombre y la mujer no tuvieron más remedio que seguir caminando.
Pescador barbudo
16 Julio, 2007
Iluminadas las palmeras, danzaban con el viento de la playa. A un pequeño puerto llegaron dos pescadores en una lancha blanca, tapizada de despostilladuras en la pintura, a descargar su captura del día.
—¿Quién es ese barbón?— preguntó alguien que parado en la arena, observaba como emergían redes de la pequeña embarcación.
—¿Qué no sabes que es un gran pescador, que se jacta, incluso, de haber capturado los famosos insectos de mar?— respondió regañona una mulata, vestida de rojo y lunares blancos. Su pañoleta colorada también bailaba con el aire.
—¡Señor, señor!— le gritó la mujer al pescador viejo y barbudo —pase por acá, que lo voy a llevar a mi casa para que coma y descanse. Si quiere traiga a su acompañante.
La familia de la señora se arremolinó al rededor de ella y del pescador, su ayudante los seguía. Avanzaron silenciosamente por un pequeño malecón que pertenecía a la mulata. El mar cercano contenía, a ras de la arena, unas jaulas circulares donde vivían algunas especies de animales pertenecientes a esta familia. Al final, unos cocodrilos bebés reptaban en círculos dentro de su prisión. Todos contemplaban taciturnos a las bestias.
Al aproximarse a la jaula de los lagartos, uno pequeño pero imponente, comenzó a caminar desde la arena hasta el malecón. Se plantó en el paseo encarpetado de cemento, y dejó relucir su piel, que era de una piedra parecida al jade tallado, unos surcos chatos dibujaban sus rasgos.
Detrás del grupo espectante, corrió una cría de venado hacia las fauces que se abrían del lagarto. Al primer contacto de la piel afelpada con los colmillos, intentó cambiar de rumbo la potencial víctima pero calló. Se incorporó el venado, y horrorizado se disparó por donde llegó. Escapó. Todo estuvo en orden. Siguieron caminando.


