El pedazo de ámbar

La noche desde hacía horas que estaba cerrada. Entré en una casa en medio de un campo o bosque; desde la puerta principal pude ver una chimenea a mi mano izquierda, a la diestra descansaban unos sillones rojos de estilo antiguo. Dentro del edificio casi en penumbras se celebraba una fiesta, una de un género que no me había tocado conocer.

Atravesé el portal y vi a un sujeto vestido sólo con taparrabos levitar, frente a él otra persona con una túnica negra que no enseñaba otra cosa de su cuerpo más que algunas de sus figuras en los bordes de la tela. Levanté la mirada hacia adentro de la casa para ver cómo era, sin embargo una neblina negra me impidió profundizar en mi escaneo, y lo único que pudo encontrar mi vista fue a una mujer con el pecho sin alguna ropa, pero tapizado de collares, la mayor parte de ellos construidos con piedritas cristalinas de colores morados, púrpuras, amarillos y rojos. Caminé hasta donde estaba ella, quedamos frente a frente y me señaló la chimenea que ya estaba a mi lado. Lo que me mostró con su dedo me engendró un temor como el que provoca la proximidad del león o un tigre enjaulado en el zoológico. Un monstruo de aspecto voluminoso yacía como un perro echado, unos grilletes de una materia negra aseguraban sus muñecas y tobillos, dejando a su portador una movilidad limitada al interior de la chimenea.

Supe en ese momento de la seguridad que disfrutábamos los integrantes de la reunión, que a mis ojos parecía falta de precedentes. Eché una ojeada final a los personajes y después me di cuenta de que el monstruo me observaba receloso desde el piso; se levantó y rompió un grillete de su muñeca: se produjo el silencio de todos. Asesinó la tranquilidad de la fiesta el siguiente grillete roto de la mole. Sus brazos quedaron libres, y quería que sus piernas también estuvieran exentas de ataduras. Al instante me supe solo en la casa y embobado por la fuerza del ser que emergía de la chimenea.

Estaba frente al peligro, pero esa presencia me sumergía en le piso, no atinaba a hacer algo hasta que las piernas de la mole estuvieron aptas para caminar, o aún peor, correr. Es entonces cuando también me apresuré a salir de la casa, sabiendo que si volteaba me encontraría con la imagen del monstruo (que parecía estar hecho de una materia parecida al ámbar) corriendo tras de mí y alcanzarme para lastimarme de alguna forma que mi imaginación no alcanzaba a prever.

Penetramos corriendo en el bosque, hasta que nos topamos con una rivera pequeña en donde sé que derroté al monstruo de ámbar, y aunque he estado absorto en algunos ejercicios mnemotécnicos que no arrojan alguna luz sobre este episodio del sueño, estoy seguro que la solución que encontré para matar a la mole era sencilla.

La derrota está aún en penumbra, pero tengo muy claro que el sueño termina cuando yo estoy frente a la rivera, cansado por el susto y el enfrentamiento, y estoy sumido en una actitud contemplativa: veo el cuerpo sin vida de la mole y después miro largamente un pedazo de ámbar que está en mi mano, parece brillar por sí mismo porque logro verlo a pesar de la oscuridad reinante del entorno campestre; tiene la forma de una estaca de unos diez centímetros de largo y unos cinco de ancho. Cierro la mano y despierto.

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El pedazo de ámbar

2 comentarios en “El pedazo de ámbar

  1. la más bonita que ninguna dijo:

    Lo llevé a mi terapia, dicen que el monstro no es otra cosa que tu ego y que al derrotarlo te convertiras en una cosa fea y prieta.

    tem

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