Escuela a rastras

Estuve en unas oficinas administrativas de mi universidad. Eran de un blanco limpio y luminosas; ahí estaban archivados los trabajos de muchas personas que habían tenido algo que ver con la carrera que yo, en ese momento, cursaba. Por supuesto encontré, ya inmiscuido en la búsqueda o reordenamiento del archivo general en que todo el personal estaba enfrascado, algunas pinturas y dibujos míos protegidos por hojas de acetato transparente. Los revisé y me hice consciente del estadio escandalosamente infantil que había en esas páginas.

Puse en un escritorio mi hallazgo sobre lo que hice. Salí del edificio y me topé con el cielo nocturno conteniendo un fulgor de las estrellas extraño por ser tanto. Caminé y poco a poco los integrantes de la que fue mi clase se unieron a mi caminata; para terminar con la configuración de la procesión, un maestro anciano de voz parsimoniosa se infiltró al centro. Éste comenzó a dar una clase mientras caminábamos y a ratos nos distraíamos con los focos nocturnos. De un portafolio sacó varios materiales que iban desde hojas de largos párrafos, maquetas y a pequeñas esculturas: nos las fue repartiendo aleatoriamente. A mí me tocó obtener dos trozos plegados y unidos de una tela azul marino, que tenían distribuidos espejitos circulares rodeados de un bordado amarillo en forma de triángulos, que asemejaban los rayos de pequeños soles.

Eligió el maestro a una alumna para que leyera en voz alta un material que él le había dado. Comienza y va trastabillando con la sintaxis y con algunos baches en su caminar nocturno. El anciano se molesta, y por única vez alza la voz, le grita por su nombre y le dice: —¡Es que estás cambiando todo el texto! ¡Deja de leer!

Siguieron las exposiciones de otros trabajos. Mi turno no dilató en llegar. Pregunté que qué haría con esos pedazos de tela, y me respondió amablemente el maestro que era una maqueta plegada, que había que armarla. Cuando comencé a desplegar el acordeón azul marino pregunté: —¿Qué figura tomará la maqueta?

—Un zeppelin, y tienes que elevarlo como un papalote.

Emocionado pregunté a quienes me rodeaban que si era cierto lo del zeppelin, y todos asintieron con la cabeza.

—Carajo, voy a armar un zeppelin.— Atiné a decir excitado.

Captada por Electrolito

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