Dios tigre

Me soñé en un aula de secundaria. Estaban todos mis antiguos compañeros. Uno no dejaba de verme y me acerqué a saludarlo. Tenía un puñal en la mano, y con menos distancia entre él y yo, me di cuenta de que me miraba asechante, como un cazador, no como alguien que está deseoso de estar en compañía.

Se levantó de su mesabanco lo más amenazador que pudo. Por debajo, me puso próximo el filo. Salté hacia atrás desprotegido, y esquivando las arremetidas. Pronto comenzamos a forcejear, a enredar nuestros brazos y manos. El forcejeo se convirtió en un no-escape: me asestó dos cuchillazos, uno en las costillas y el otro en el abdomen.

El dolor produjo un cambio: primero, no atiné a mover un sólo músculo después de la agresión, lo que me hizo, segundo, salir de mí y ver la escena desde fuera y, tercero, paralizar las acciones sólo para observar una cosa que no esperaba:

Detrás de mi atacante-compañero de secundaria, paulatinamente apareció un humo amarillo que fue fraguando en un ser de figura humana pero con cabeza de un tigre. Este ser, que parecía congelar cualquier acción, sacó un hermoso puñal de una vaina.

Jraaann.

Y lo enterró en la espalda de mi posible asesino.

La herida fue profunda, letal. El condenado a muerte, por el influjo divino seguía sin lograr moverse, sin embargo vi perfectamente cómo fue inclinándose hacia un lado y, como en una mala película, cayó muerto. El dios tigre se esfumó entre humo de color azufre.

No supe más del salón o del agresor-compañero por la imagen avasallante de cinco esculturas de roca, adornadas con oro y piedras preciosas. Una era de un hombre, las otras de un mono, un elefante con sus colmillos también arreglados con metales como la plata, y un tigre que ya conocía; éstas últimas con cuerpo de humano. La quinta no puedo recordar qué apariencia tenía.

Las estatuas eran de dioses. Una de ellas se materializó frente a mí.

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