Las lámparas

Estoy acostado en una cama sin sábanas. Todo está a oscuras y hace un rato, el Patriarca y su pareja me dijeron que intentara dormir; sin embargo estoy probando la lámpara de caza que Alfonso me ha conseguido, y que hemos conectado a la corriente eléctrica. De los distintos tipos de luz que tiene, pruebo de vez en vez la que es más baja. La batería de la lámpara se carga poco a poco, y eso me alienta. Los demás fingen dormir.

El Patriarca se levanta y dice: “necesitamos una lámpara de halógeno a baterías, voy a comprarla”. Lo acompaña Christopher con todo y su metro noventa. Me quedo más inquieto que nunca. Verifico que se cargue mi lámpara: sí, sigue en aumento.

La espera es agónica. Esta cama está asquerosa, pero no puedo moverme de tanto miedo. El cuarto está repleto de cacharros sucios, como si fuera un basurero. A mi izquierda hay una entrada sin puerta, que deja ver una puerta con una ventana que me eriza los vellos del cuello. El Patriarca y Christopher llegan: compraron dos diminutas. Las encienden pero no alumbran tanto como yo quisiera.

A la derecha, como a dos metros, está la salida del cuarto donde estamos todos. Es pequeña y de lámina. Alfonso me pregunta cómo va la carga, le respondo que ahi va. Con esta lámpara cargada, con sus ocho millones de candelas, se puede deslumbrar al mismo diablo. La corriente eléctrica: no debe perderse la conexión.

Pasan minutos en donde nadie finge dormir, ahora estamos espectantes pero no sabemos qué es lo que vendrá. Más minutos, parecen horas. Me impaciento y pido que prendan una a baterías. Estrella me responde que la está buscando, que no la encuentra, que debe estar por aquí. La desesperación me congela la médula. Me doy cuenta que mi lámpara ya no está conectada. Estrella nos alarma de que ninguna de ellas enciende. La Matriarca grita “¡ahí, fíjense, una mancha blanca en la ventana!” Yo intento voltear a mi izquierda pero estoy cegado por el miedo.

A gritos, todos comienzan a salir. La Matriarca vuelve a gritar: “cuiden a Ángela y sus hijos. Ellos primero”. Yo empujo a los demás para que se apresuren; y el miedo me hace sentir en la espalda una serpiente de hielo. Una vez todos fuera, en una escalera Ángela está anegada en miedo y llanto. La jalo de los brazos, le digo que hay que irnos ya. Pero ella llora y grita.

Volteo y a lado de mi cama se acerca con furia una mancha blanca que no distingo qué es.

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Las lámparas