El ave y la liebre

Tres personas, dos hombres y una mujer, recorrían un sendero pardo en medio de un campo café. Uno de los hombres montaba una motocicleta y las otras dos personas iban a pie. La mujer buscaba algo en la espesura de hierbas secas; los hombres platicaban entre sí, y de pronto también le dedicaban un comentario a la buscadora. Uno dijo: “eh, tú, ¡pero qué tanto buscas!” La mujer les respondió: “pero si ya encontramos uno atrás, ¿porque no habría otro por aquí?” El de la motocicleta refunfuñó e hizo el ademán de adelantarse en ella y dejar a sus compañeros a pie. Los dos lo notaron, pero ella le gritó cuando estaba alejándose: ” ja ja, sí. Quieres quitarnos la tecnología, ¿no? Llévatela: ¿cuándo la he necesitado?”

Entonces el horizonte se tragó al hombre en motocicleta.

En su mano delicada, la mujer sobaba una obsidiana en forma de pepita. Para deshacer la tensión del largo viaje a pie, ella comenzó a platicar con el hombre ahora silencioso. Le comentaba algo acerca del tipo de tierra, o sobre el hábitat de algún animal; sin embargo lo que recuerdo con precisión fue: “lo que más me interesa a mí es buscar historias en este lugar”. “¿Historias aquí?” respondió el hombre, tal vez tan asombrado como yo de lo cursi del comentario de su interlocutora. “Seguro; siempre las encuentras” dijo ella: “¡mira!, por aquí”. Y señaló unas varas carbonizadas arriba de un montículo de tierra marrón. “¿Qué, una fogata encendida por alguna persona?” Le respondió un poco aburrido. “No, fíjate bien. Seguro aquí…” Señalaba ella con el dedo índice, mientras seguía un camino muy claro para ella, pero invisible para el hombre. Cuando llegó al final del camino y pronunció su última palabra, o sea “aquí”, salió una cabeza de una liebre gris de entre las ramas negras. A los dos los sorprendió. El animal salió corriendo montículo abajo y se escabulló entre algunas hierbas muertas.

Ellos la siguieron hasta su escondite pero se cuidaron mucho de no acercarse demasiado. Esperaron un poco y escuché un aleteo de un ave grande y negra. Volteé y la vi descender hasta las hierbas de la liebre; se metió cuidadosamente, tomó algo con sus garras y empredió un vuelo pesado. Cuando sus patas se descubrieron de las ramas se dejó ver una liebre ahora negra, apresada y temerosa. El ave fuerte como un águila se la llevó lentamente. Incluso el cielo parecía pardo, pero el ave cazadora y la liebre negra contrastaban con todo.

La obsidiana era más y más sobada por la ansiedad de su propietaria. Ahora la piedra era de una forma triangular o trapesoide. El hombre y la mujer no tuvieron más remedio que seguir caminando.

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