El Golem

29 de Noviembre de 2007

Estoy acostado en mi cama alrededor de las tres de la mañana. Después de una noche de tragos con algunos buenos amigos y mi esposa, me despierta la sensación de que algo camina por mi oreja derecha. Instintivamente me llevo el dedo hasta el lugar, y con él aplasto a un insecto. Los restos en mi dedo me fueron difíciles de distinguir.

Me recuesto y me duermo nuevamente: De repente me encuentro parado con mi esposa al lado de una autopista; los dos vemos que a lo lejos, en dirección noreste, se eleva un dirigible y se aleja, no sin antes pasar por encima de nuestras cabezas. Le comento a mi compañera “me parece que para que podamos incorporarnos a la pista, ésta debe de estar construida de otra manera”. Ya que de noche, como era el caso, uno podía tener un accidente. Durante la conversación caminábamos a un costado de la pista, esperando el momento más oportuno para ingresar a ella sin tener incidente alguno. La pista no era para autos, sino para personas, pero por alguna extraña razón se podía alcanzar velocidades tales como las que se logran en un automóvil. Mientras caminábamos a un costado de la pista, por detrás se aproximó un individuo, el cual quiso arrancar el bolso de mi acompañante. Ella se resistió instintivamente al atraco. En el forcejeo, el ladrón dijo “ya démelo, señorita”. Como queriendo convencerla de que se resignara, que era algo natural ser atracado en un día cualquiera, como éste. Ella se resistió con más intensidad, y al ver esta escena entré en acción.

Cuando le dí un fuerte golpe al tipo en la cara, algunas de las pertenencias de mi acompañante cayeron al suelo. El ladrón emitió un silbido y mi cuerpo se invadió de terror. Pensé por un momento que saldría de la nada un jauría de ladrones y que el fin se aproximaría. Sin embargo apareció en su lugar un auto viejo, en muy malas condiciones, con el secuas del atracador como conductor. El sujeto subió al auto y se alejaron torpe y lentamente por la pista; en ese momento tome un esmalte de uñas que había caído al suelo momentos antes y lo arroje hacía el auto, golpeando uno de los cristales. Después del incidente yo quede con la impresión de estar inseguro, y a cada momento ésta se incrementaba. Para aliviar un poco esta amarga sensación, invité a mi acompañante a cruzar la pista y entrar en una tienda que se encontraba al otro lado. Una vez adentro, me percaté de que había un tendero detrás de una barra y aproximadamente diez clientes, casi todos hombres. Las personas que se encontraban ahí nos miraban de una manera muy peculiar, como si cada una de ellas quisiera arrebatarnos nuestras pertenencias. El tendero, los clientes, incluso el niño que iba de la mano de su madre lo hacían; esta sensación sólo hizo que mi sensación de inseguridad se reforzara: todo mi ser se estremeció. Tomé la mano de esposa, quien notó lo mismo que yo, y salimos del lugar con dirección a la ciudad,

De un momento a otro ya estábamos en nuestra ciudad, pero con algunas modificaciones, como que las calles eran más angostas, empedradas y en todo momento llovía. Notamos que ahí la gente nos miraba de la misma manera que en la tienda, como si las ganas de aprovecharse del prójimo fueran de lo más natural en las calles. Caminamos rápidamente por algunas de las calles empedradas; pasos a nuestras espaldas nos seguían con sigilo y con una distancia prudente. La oscuridad de la noche y la lluvia no me permitían ver la cara de la persona que nos seguía, sólo alcanzaba a ver que de su ojo derecho surgía una luz rojiza. Disminuimos el paso para que pudiera darnos alcance el acechante, y así poder observarlo más detenidamente. Noté, en cuanto la distancia se redujo, que aquel resplandor era proveniente de una cámara de video y que nos filmaba a cada movimiento. Esto me incomodó de sobremanera por lo que aceleré el paso; entre las calles lo perdimos y pensamos que sería mejor estar en algún sitio público.

Pronto ante nuestros ojos se encontraba una gran concurrencia, nos acercamos y notamos que se trataba de un velorio. No nos importó, y nos mezclamos entre la gente. Por momentos, entre la multitud y los rezos, me sentí en paz; pero no duró mucho, porque al levantar la vista noté que entre la gente un cámara más nos seguía con insistencia. Decidí que sería momento de salir de las calles y llegar a nuestra casa; por lo que tomé a mi compañera de la mano y nos dirigimos a buscar nuestro auto en algún estacionamiento de la ciudad.

Al llegar encontré a alguien conocido atendiendo el lugar. Lo saludé, y el a mí, con la misma efusividad con que ordinariamente lo hacemos al vernos. Noté que dentro de su gran estacionamiento, se encontraban muchos hombres y mujeres de aspecto extraño. La mayoría de los hombres tenían cuerpos muy trabajados por ejercicio pesado; noté también que en el fondo del lugar se desarrollaban carreras y arrancones de autos. Contemplé el sitio y por un momento sentí que era seguro, cuando volví mi mirada me encontré con que todos los hombres comenzaban a besarse y a mirarnos con un morbo insano a mí y a mi pareja, como si mirar a la gente de esa manera fuera de lo más natural en un lugar de esa naturaleza. Le pedí a mi esposa que esperara en ese lugar, en lo que yo me iba a otro estacionamiento a buscar el carro, porque ahí no estaba. Al mismo tiempo que decía esto, el dueño del lugar empezó a hablar por una especie de altavoz, anunciando una nueva carrera, en ese momento mi pareja le arrebata el micrófono, y a todo pulmón dice:

—¿Conocen al golem? — Con una voz un tanto maliciosa. Con el mismo tono, y apuntándome con su dedo, volvió a decir:

— ¡Pues él lo controla, él controla al golem! — Levanté la mirada y pude notar que toda la gente tenía unas facies de pánico y asombro: Todos me veían, asi que eché a correr en dirección al siguiente estacionamiento, donde suponía que estaba mi coche. Por las calles vi gente horrorizada, algunos gritaban “ahí va, ése es el golem”, pero noté que no me señalaban a mí, sino que el pánico estaba afectando a la masa, les hacía ver algo que no existía. El caos reinaba y toda la gente se preocupaba sólo de sí misma.

Seguí corriendo, chocando con gente, mojándome, y ya casi sin aliento, después de un momento, llegué al otro estacionamiento. Para mi asombro el encargado del lugar era el mismo que en el otro estacionamiento. Lo salude con asombro, pero el parecía no entender por qué me encontraba con esa cara de idiota. Justo cuando le pensaba pedir mi auto él dijo:

— Qué pánico con eso del golem, ¿no? — Con una voz completamente despreocupada, como quien dice cualquier cosa. Yo sonreí, me volví para ver el horror que inundaba las calles, y en ese instante me di cuenta de que sólo por ese momento yo podía tener ese control que me hubiera gustado tener durante todo este extraño día, en que intentaron robarme y me sentí agredido, inseguro. Así que olvidé lo de mi auto y tomé un pedazo de tela que estaba tirada a un lado de mi, y me cubrí con ella a manera de capucha, sin dejar ver mi rostro. Decidí por esta vez ser yo quien tuviera el control de todo, y regresarle a la manzana podrida lo que me dio a lo largo del día: Inicié mi camino y me perdí en la noche y la lluvia, sembrando terror.

img_15601


Anuncios
El Golem

4 comentarios en “El Golem

  1. Bartoli dijo:

    No habia querido decirles esto pero, la verdad es que hace muchos años hice un monito de barro y me quedo tan cagado que dije “esta madre deberia ser mi ciberbufon”, asi que lo doté de vida, lo enseñé a bloguear, y lo llame Afonsina… el resto es historia.

Los comentarios están cerrados.