Camioneta blanca

Manejaba en la vía de salida de una ciudad enterrada en mi inconsciente, en lo más profundo. Era una camioneta blanca, recién sacada de la agencia, brillante como un chorro de agua iluminado por el sol.

La conducía desnudo.

La carretera devenía en unas curvas pronunciadas casi intransitables. A un lado y a otro aparecían algodonosos árboles, de un verde oscuro que adornaban el camino. Algunas curvas me sacaban de la cinta asfáltica, esperaba cada vez que algún auto se estrellara de frente contra mí. Al arribar a la sinuosidad más abigarrada, tomé una pendiente que me condujo hacia un desfiladero por donde descendía la carretera hacia el vacío. De curvas pronunciadas, el camino se convirtió en un rizo totalmente vertical.

De pronto, descubrí la habilidad para poder flotar a un lado de la camioneta, mientras ella caía irremediablemente. Encontré en mis manos un hilo grueso, de color naranja luminoso que debía señalar el camino por el que la camioneta debería descender sin riesgo de estrellarse contra el suelo. Volé por dentro de los rizos que era la carretera y conduje, por medio del hilo, hasta la seguridad.

Seguía desnudo pero ya no en el camino ni en la camioneta, sino en mi cama y a oscuras. Escuché que tocaban la puerta, y dije “no pases porque estoy desnudo”. Volvieron a llamar con los nudillos. Era mi padre el que quería entrar. Volví a decir lo mismo, pero él no pareció escuchar e irrumpió. No le importó que estuviera en cueros y se acercó hasta mí, tocó mi pelo y me dijo “ya despierta, ya es hora”. Y desperté.

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