Caminata

Íbamos varias personas por una senda polvosa. A cada lado se dibujaban las siluetas de magueyes incoloros. Nuestros pasos animaban pequeñas nubes de polvo. El sol de mediodía iluminaba todo.

De pronto en el camino aparecían charcos con aguas pútridas, de contornos oscuros como de algas muertas. A veces, lejos de nosotros, había tanta agua de la misma clase que podía nadarse en ella. Seguimos avanzando y la sombra de un hombre alto se me acercó. Sentí empatía con él, pero no lograba ver siquiera el color de su piel. El sol seguía reinando. A pesar de que la luz nos anegaba, mi acompañante permanecía sumergido en una oscuridad.

Inmediatamente después, a un lado de mis pies encontré dos fascos. Uno pequeño, traslúcido y vacío; el otro era ancho de un color azul profundo con unas gruesas vetas bermejas y geométricas. Me despertó una curiosidad mórbida. Antes de levantarlo del suelo me enteraba telepáticamente que una bruja había maldecido ambos objetos: decidía correr el riesgo y levanté el recipiente azul. Lo miré a contraluz, las vetas brillaban como ojos luminosos. Adentro había útiles escolares antiguos: unas tijeras oxidadas retorcidas que recordaban a los zapatos de los duendes, y lápices de maderas corroídas. Me lo quedé: me encantaba. Después, con mucha calma, examinaría su contenido.

No dejamos de caminar hasta que nos encontramos con un gran charco. Algunos de los peregrinos comenzaron a adentrarse en esa agua repugnante, y poco después daban señales de ahogarse. De las manchas negras del contorno se desprendieron cocodrilos del mismo color. Iban a devorarlos.

Todos corrimos hasta el agua y los ayudamos a salir. Los cocodrilos tomaron otra vez su lugar y desaparecieron. Dimos marcha atrás en la senda polvosa.

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