La galera

Dos hombres se miran con detenimiento, tal vez como pocas veces lo han hecho, y pueden notar que aunque son distintos tienen muchas cosas en común. Sólo hace falta ser un poco más a agudo en las observaciones para encontrar un nuevo detalle. Reconocen que tienen su estilo propio y que de cierta manera se aceptan mutuamente por lo que son. El mayor le dice al otro –vamos, hermano, te invito un trago-. Da vuelta en 180° para salir de esa espantosa galera que a los dos les repugna.

El sitio es lúgubre y sólo se pueden apreciar algunas ventanas rotas, una que otra roca en el interior lanzada seguramente por algún niño travieso para romper los cristales del viejo lugar abandonado, los que yacen rotos en el suelo. El lugar es de proporciones exageradas y por momentos da la sensación de que estuviera vivo.

El mayor, con el atardecer a su izquierda y viendo cómo poco a poco se oscurece, no percibe que la amplitud de sus pasos lo ha llevado muy lejos y que adentro de la galera aún está su hermano menor. Voltea y desde la enorme distancia que ahora los separa puede ver los ojos de angustia y escucha el grito de terror mientras lentamente las puertas de la galera se cierran. Corre con toda la fuerza que sus músculos le permiten, tan pronto llega a la puerta empuja con la misma intensidad, potenciada por la suma de emociones, coraje y miedo que la escena le ha ofrecido. El hermano por dentro trata de abrir con desesperación. ¿Qué hay dentro?, no lo sabe, pero sí sabe que debe sacarlo de ahí pronto. La angustia llega al punto que el hermano mayor empuja hasta con la cabeza y poco a poco empiezan a ceder las dos hojas viejas de la puerta. Puede ver al prisionero del otro lado y en algún momento al fin la galera lo escupe, pero engullendo al mayor.

Una vez dentro nota qué tanto ha oscurecido. En los muros lo único que puede apreciar son múltiples sombras rondándolo. Algunas son pequeñas como un hombre promedio, pero otras son tan grandes que no pueden apreciarse completas. Pronto comienzan a girar en torno a él, corre por toda la galera en busca de otra salida pero es en vano, no hay escapatoria. Sólo tiene una opción y la toma: recoge del suelo una piedra y la lanza con todas sus fuerzas para golpear a alguna de las sombras que cada vez más lo sumergen en la oscuridad. De pronto emerge el ruido de un vidrio rompiéndose y una luz a lo lejos. -Es la luna- pensó. Del otro lado de los vidrios, afuera de la galera el hermano menor también rompe cristales y la luz de la luna se filtra cada vez más hacia dentro. Los dos de manera simultánea arrojan las piedras en direcciones distintas y con la misma finalidad: cada vidrio roto es un festejo. Se gritan palabras de apoyo y se incitan el uno al otro a continuar lanzando piedras. No saben si esto va a servir de algo, pero al menos hay más luz en la galera.

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