Un funeral católico

El pequeño fragmento que puedo recordar trata sobre una ceremonia católica con el cuerpo presente de un niño. Había sido aniquilado a manos de unos criminales ametrallantes, que en uno de sus enfrentamientos tuvieron por daño colateral al ahora muerto.

Sus familiares lloraban de rabia y lloraban también por ellos, porque se quedaban con los asesinos, compartiendo la misma tierra. Recuerdo haber llorado también entre unas paredes muy altas de piedra gris (donde el rito estaba ocurriendo); enmedio, con mucha gala, unas rosas y lienzos de seda adornaban el ataúd del difunto. Toda la gente vestía telas azabaches que brillaban con la luz solar.

El padre, a punto de clausurar la ceremonia fúnebre, pidió que se aplaudiera al muerto, al niño muerto, a manera de festejo por la vida y al mismo tiempo se haría un homenaje al caído. La mayoría dudó hacerlo: temían que los ciminales, al verse derrotados por el simbolismo del ritual, llegaran a defenderse con armas y mataran a la concurrencia. Yo dudé la primera vez y aplaudí tarde. El padre pidió un segundo aplauso al que me uní con fervor.

Temí que los criminales también vinieran por mí porque estaba destruyendo su trabajo.

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