Colgante en un sombrero negro

Dos viejos amigos caminaban a mis costados. Era el crepúsculo y el pavimento estaba húmedo. Había un gris circundante. Yo sentía un malestar general que por momentos podía clasificar como físico y otras como emocional; sin embargo la sensación vagaba en mí.

Llego un momento en la caminata en la que nos encontramos con una alcantarilla abierta, y debido a mi condición de debilidad, no pude esquivarla y caí dentro de ella. Me sumergí en una sustancia casi incorpórea totalmente bruna que me aisló por completo de la calle, de mis amigos y de mi cansancio-malestar. No supe si salí por mis propios medios o si mis compañeros me sacaron. Recuerdo estar tumbado en la acera. Mis acompañantes se alarmaron de mi condición y llamaron a una ambulancia, que llegó muy pronto. Bajó de ella un hombre vestido de blanco, abrió las puertas traseras del vehículo y sacó una camilla e instaló una barra en forma de L.

Ese hombre se aproximó a nosotros y se informó de lo que había ocurrido. Me tendió la mano y con muchos esfuerzos me puse de pie. El malestar que sentí al principio había hecho muchos estragos físicos en mí, pero en ese momento de reposición se había movido a mi alma, hacia algo profundo. El camillero me preguntó si quería recostarme o prefería sentarme frente a la barra y beber un trago. Repuesto mi cuerpo, mi espíritu es el que necesitaba cuidados: me decidí por la segunda.

Me sirvieron en un vasito de cristal un líquido ámbar muy embriagante. Entonces, mientras trataba de recuperarme, cerré los ojos y vi la cara de un hombre que usaba un sombrero negro; del ala de éste, justo en medio del rostro, colgaba un adorno que se veía muy pesado. Era de oro y le llegaba hasta la barbilla. En el extremo próximo al ala había unos pequeños círculos dorados que recordaban unas arras, pero poco a poco las arras se iban haciendo más grandes hasta llegar a la última que era del tamaño de una palma humana.

Ese hombre, con ese sombrero, estaba loco.

Cuando abrí los ojos me di cuenta que estaba infectado, de alguna forma, de la locura de mi visión y temí por mi integridad, por mí mismo.

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