Lección de cómo se debe escribir un sueño

En su delicioso libro Dama de Porto Pim, Antonio Tabucchi ofrece al lector una experiencia del relato de un sueño. El subtítulo que lo acompaña es “Hespérides. Sueño en forma de carta”.

Está por demás decir que la foto de este post no es mía sino que debo la fuente a Italianos en América.

Los dejo con el texto:

Después de haber surcado las aguas durante muchos días y muchas noches, he comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle. Así es el mar ignoto que se extiende más allá de las Columnas, infinito e igual a sí mismo, del que emergen, como la pequeña espina dorsal de un coloso desaparecido, pequeñas crestas de islas, nudos de rocas perdidos en el azul.

La primera isla que se encuentra, vista desde el mar es una extensión de verdor en cuyo centro brillan frutas como piedras preciosas, y a veces extrañas aves de plumas purpúreas se confunden con ellas. Las costas son muy escarpadas, de negra roca habitada por halcones marinos que lloran cuando desciende el crepúsculo y que revolotean inquietos con aire de siniestra desdicha. Las lluvias son abundantes y el sol despiadado: y debido a este clima y a la tierra negra y rica los árboles son altísimos, los bosques exuberantes y las flores abundan: grandes flores azul y rosa, carnosas como frutas, que jamás he visto en ningún otro lugar. Las restantes islas son más rocosas, pero con igual abundancia de flores y frutas; y gran parte de su sustento los habitantes lo sacan de los bosques: y lo demás del mar, que tiene aguas templadas y ricas en peces.

Los hombres son de tez clara, con los ojos atónitos como si en ellos aletease el estupor de un espectáculo visto y olvidado, son silenciosos y solitarios, pero no tristes, y se ríen a menudo y de nada, igual que niños. Las mujeres son hermosas y altivas, de pómulos prominentes y frente despejada, caminan con cántaros sobre la cabeza y al bajar las empinadas escalinatas que conducen al agua no se mueve nada de su cuerpo, con lo que parecen estatuas a las que algún dios hubiese consedido caminar. Esta gente no tiene rey, y no conoce las castas. No existen los guerreros, porque no tienen necesidad de guerrear, al no tener vecinos; tienen sacerdotes, pero de una forma muy especial que más adelante explicaré, y todos pueden llegar a serlo, hasta el campesino más humilde y el mendigo. Su Panteón no está habitado por dioses como los nuestros que presiden el cielo, la tierra, el mar, los infiernos, los bosques, las cosechas, la guerra y la paz y los asuntos de los hombres. Son, en cambio, dioses del espíritu, del sentimiento y de las pasiones; los principales se cuentan en número de nueve, como las islas, y cada uno tiene su templo en una isla distinta.

El dios de la Añoranza y de la Nostalgia es un niño con cara de viejo. Su templo se levanta en la isla más lejana, en un valle defendido por montes inaccesibles, cerca de un lago, en una zona desolada y salvaje. El valle está siempre cubierto por una bruma tenue como un velo, hay altas hayas que el viento hace susurrar y es un lugar de una gran melancolía. Para llegar al templo hay que recorrer un sendero excavado en la roca que semeja el lecho de un torrente desaparecido: y por el camino se encuentran extraños esqueletos de enormes e ignotos animales, tal vez peces o quizás pájaros; y conchas; y piedras rosáceas como la madreperla. He llamado templo a una construcción que más bien debería llamar cabaña: porque el dios de la Añoranza y de la Nostalgia no puede vivir en un palacio ni en una casa ostentosa, sino en una morada pobre como un gemido que está entre las cosas de este mundo con la misma vergüenza con la que una pena secreta se aposenta en nuestro ánimo. Ya que este dios no concierne únicamente a la Añoranza y a la Nostalgia, sino que su deidad se extiende a una zona del espíritu que alberga el remordimiento, la pena por lo que fue y que ya no causa más pena sino tan sólo memoria de la pena, y la pena por lo que no fue y habría podido ser, que es la pena más lacerante. Los hombres van a visitarle vestidos con míseros sacos y las mujeres cubiertas con oscuros mantones; y todos permanecen en silencio y a veces se oye algún sollozo, en medio de la noche, cuando la luna derrama su luz de plata sobre el valle y los peregrinos echados sobre la hierba arrullan la añoranza de su vida.

El dios del Odio es un pequeño perro amarillo de aspecto macilento, y su templo se levanta en una minúscula isla que tiene forma de cono: y para llegar hasta ella son necesarios muchos días y muchas noches de viaje; y sólo el odio verdadero, el que hace hechir el corazón de forma intolerable y que incluye a la envidia y a los celos, puede inducir a los desdichados a una travesía tan fatigosa. Luego está el dios de la Locura y el de a Piedad, el dios de la Magnanimidad y el del Egoísmo: pero yo jamás los he visitado y de ellos sólo he oído vagos y fantasiosos relatos.

De su dios más importante, que me parece el padre de todos los dioses así como del cielo y de la tierra, me han contado cosas muy distintas y no he podido contemplar su templo ni acercarme a su isla; no porque no se acepte extanjeros, sino porque incluso los ciudadanos de esta república sólo pueden acceder a él tras haber alcanzado una disposición del espíritu que rara vez se consigue, y luego ya no vuelven. En su isla se levanta un templo que los habitantes de estos lugares denominan de una forma que podría ser traducida como las «Las Maravillosas Moradas» y consiste en una ciudad toda ella virtual en el sentido de que no existen los edificios sino tan sólo su planta trazada sobre el terreno. Dicha ciudad tiene la forma de un tablero de ajedrez circular y se extiende a lo largo de millas y millas; y cada día los peregrinos con una simple tiza mueven los edificios a su antojo como si fuesen fichas de ajedrez de forma que la ciudad es móvil y variable y si fisonomía cambia constantemente. En el centro del tablero se levanta una torre sobre cuya cima reposa una enorme esfera dorada que recuerda vagamente la fruta que abunda en los jardines de estas islas. Y esta esfera es el dios. No me ha sido posible descubrir exactamente quién es este dios: las definiciones que me han sido dadas hasta ahora son imprecisas y reticentes, y quizás poco comprensibles para el extranjero. Deduzco que está en relación con la idea de totalidad, de la plenitud y de la perfección: una idea altamente abstracta y poco comprensible para el intelecto humano. Por eso he pensado que podría tratarse del dios de la Felicidad: pero la felicidad de quien ha comprendido tan plenamente el sentido de la vida que para él la muerte ya no tiene ninguna importancia; y por eso los pocos elegidos que van a rendirle honores ya no vuelven. Velando a este dios se halla un idiota de rastro cretino y hablar inconexo que quizás está en contacto con el dios por misteriosas vías desconocidas para la razón. Cuando he manifestado el deseo de rendirle homenaje la gente ha esbozado una sonrisa y con aire de profundo afecto, que tal vez contenía un amago de compasión, me ha besado en las mejillas.

En cambio sí pude rendir homenaje también yo al dios del Amor cuyo templo se levanta en una isla de playas gualdas y arqueadas sobre la arena clara acariciada por el mar. Y la imagen del dios no es un ídolo ni nada visible, sino un sonido, el puro sonido del agua marina que penetra en el templo a través de un canal excavado en la roca y que se estrella en un pila secreta: y allí, por la forma de las paredes y la amplitud de la construcción, el sonido se reproduce en un eco infinito que embeleza a quien lo oye y produce una especie de ebriedad o enajenación. Y a muchos y extraños efectos se opone quien honra a este dios, porque su principio gobierna la vida, pero es un principio extravagante y caprichoso; y si bien es cierto que es el alma y la concordia de los elementos, también puede producir ilusiones, delirios y visiones. Y yo he asistido en esta isla de espectáculos que me han turbado por su verdad inocente: hasta el extremo de que he puesto en duda el que dichas cosas existieran realmente y no fueran más bien fantasmas de mi sentimiento que salían de mí y adquirían apariencia real en el aire al haberme expuesto al sonido embrujado del dios: y con semejantes pensamientos eché a andar por un sendero que lleva al punto más alto de la isla, desde donde puede contemplarse el mar desde todos los ángulos. Y entonces me di cuenta que la isla estaba desierta, de que no había ningún templo sobre la playa y que las figuras y los distintos rostros del amor que había visto como cuadros vivientes y que comprendían múltiples gradaciones del espíritu como la amistad, la ternura, la gratitud, el orgullo y la vanidad; todos estos rostros, que creía haber visto en formas humanas, eran sólo espejismos provocados en mí por quién sabe qué sortilegio. Y de esta forma alcancé la cima propiamente dicha del promontorio y cuando, observando el mar infinito, ya estaba abandonándome al desaliento que provoca el desengaño, una nube azul descendió sobre mí y me transportó a un sueño: y soñé que te escribía esta carta, y que yo no era el griego que zarpó en busca del Occidente y que jamás volvió, sino que sólo lo estaba soñando.

 

Fuente: Italianos en América

 

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