El absurdo cocodrilo de juguete

En el fondo de aquella alberca sólo puedo apreciar agua revuelta de tonos ocres, que de cuando en cuando se ve sacudida por movimientos enérgicos y espontáneos realizados por algún animal debajo de aquella líquida superficie.

Levanto la mirada y me sorprendo en una habitación amplia, que en su interior tiene múltiples pozas con la misma sustancia ocre; todas con el mismo contenido y en todas la misma actividad: agua agitándose a causa de los movimientos convulsivos de estos animales que ahora pueden comunicarse de manera un tanto telepática o mística, diría yo, conmigo.

La habitación la encuentro un tanto desaseada, me da la impresión de que cayó en el abandono junto con su contenido, dejada a su propia suerte desde hace algún tiempo; pero a pesar de esto no alcanzo a captar ningún olor desagradable, es más, me doy cuenta de que mi sentido del olfato prácticamente se encuentra dormido y esto me hace darme cuenta que desde que estoy aquí tampoco percibo sensaciones de temperatura o alguna textura con mis manos o mi piel. Los sonidos no existen en este lugar, a pesar de que las aguas agitándose deberían estar emitiendo varios ruidos intensos; es como si se me hubiera privado de los sentidos, que en este momento no me fueran útiles, como si en este preciso instante sólo debiera enfocarme al único sentido que me funciona: la vista, además de prestar más atención a esa otra área de tipo intuitivo que en ese momento estaba despertando dentro de mí.

En cuanto pongo más atención a las cosas que puedo captar mediante mi vista, advierto que del interior de las pozas emergen cocodrilos de distintos tipos y tamaños. Unos tan pequeños que resulta risible creer que realmente se trate de esos animales: son tan pequeños como una lagartija; otros son largos, más parecidos a un dragón chino en miniatura, pero hay algunos de tamaño espectacular, de unos seis o siete impresionantes metros. Es uno de éstos el que se dirige en dirección mía, su andar es lento pero no torpe y sé que por más que corra, tarde o temprano,  llegará a mí. Caigo al suelo derrotado y víctima del miedo a aquel imponente animal, pronto lo inevitable se presenta. El cocodrilo se encuentra a mi derecha y prácticamente puedo tocarlo con mis pies, voltea y por medio de la comunicación que puede entablar conmigo sin necesidad de la palabra, me dice – no te preocupes, ya he comido suficiente, no te comeré esta vez, aunque si estuviera hambriento no lo dudaría ni un momento–. En ese momento mi vista se encontraba nublada por el pánico de tener próxima a la bestia, pero al saber que no sería devorado, poco a poco la calma regresó a mí y pude ver con más claridad. Al recobrar la claridad en mi visión noto que el cocodrilo no tiene piel de reptil, sino que es de plástico y de un color más parecido al gris que al verde. Al saberme seguro me atrevo a tocarlo y en ese instante mi sentido del tacto regresa a mí, dándome mi primera sensación de este tipo, la cual es la sensación de estar tocando un pedazo de plástico hueco y rígido. Golpeo la carcaza con mi puño, como quien toca una puerta: el primer sonido llega a mis oídos, siendo éste la corroboración de que aquel animal falso está hueco; además puedo escuchar una especie de mecanismo a base de engranes, supongo yo, que a cada paso del cocodrilo hace un ruido muy parecido al que hace algún juguete de cuerda a punto de descomponerse. Pronto un olor a plástico nuevo llega a mi nariz y en ese preciso instante un sabor a sangre fresca en mi boca me despierta finalmente.

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El absurdo cocodrilo de juguete

4 comentarios en “El absurdo cocodrilo de juguete

  1. chauiduga dijo:

    Muchos de esos seres fantasticos son de papel o de plastico. A casi todos ellos se les puede vencer. Sabes que lo primero que se debe hacer es: no huir de ellos. Me da gusto que hayas vencido al absurdo cocodrilo de juguete. Faltan potros “tigres de papel” por vencer.

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