Vidrios rotos y cine cristalino

En una sala tres sillones apuntan hacia una pared, que es una pantalla como de cine: amplia y blanca. La luz empapa todos los objetos de pureza. Hay varias personas en ese lugar. Todos vemos una película muda que tiene unos movimientos circulares y flotantes de cámara; hay imágenes vívidas y límpidas en la cinta. Todas las tomas son a color, y ¡qué color!

Las personas que están ahí han ocupado todos los sitios en los sillones y yo no tengo dónde sentarme. Los más allegados a mí me ofrecen un poco de su asiento, pero me es difícil acomodarme. Al final opto por sentarme en uno de los brazos del sillón.

La primera toma que miro es el busto de un changuito café que tiene una cabeza muy particular. De la nariz a la frente se ve un par de huesos grisáceos de forma convexa y geométrica; eran una especie de pirámides pero con un vértice mucho más largo que los otros, recordaba su base a un triángulo isósceles. Tales huesos eran parte de su naturaleza ya que ellos no conformaban ninguna deformidad. Sus ojos son negros y muy pequeños.

Ese animal estaba destinado para algún fin que desconocía. Poco después el simio ya había salido de la pantalla y estaba en los brazos de una de mis tías; dejan la sala de proyección y se van a una especie de quirófano que está en la cocina de la casa. Al llegar ahí miro unas férulas de cristal que el changuito usa, el material recordaba al vidrio que se vende en los mercados, que es muy artesanal y dentro de éste hay muchas burbujas. Mi tía aparece vistiendo una bata y empuña un martillo, con el que gentilmente golpea el vidrio hasta reventarlo. Retira los restos de férula mientras el animalito espera con paciencia. En un cuenco de vidrio ella pone los pedazos desparramados sobre la plancha que hacía las veces de quirófano. En ese cuenco había un poco de vino tinto al que se le había agregado agua. La visión de esos tres elementos juntos, en el sueño, ofrecía casi un espectáculo a la vista porque eran sumamente prístinos y transparentes.

Para ese entonces recuerdo que el chango dentro de la película tenía un papel fundamental y al final se escapa. Mi tía dice que tiene que hacer algo; toma el cuenco y lo apoya contra su cintura mientras que con una de sus manos se ayuda a sostenerlo a esa altura; calza unos zuecos y abre la puerta de la cocina, a través de ella puedo ver un gran campo con pasto perfectamente cortado. A lo lejos se distingue un cerco de árboles. El cielo está gris y llueve mucho. Le digo a mi tía que no se vaya porque si ella se va, el simio se va a perder, se escapará; ella me responde que no, que él ahí se va a quedar. Sin embargo yo estoy seguro de mi afirmación.

Mi tía da unos pasos y la lluvia comienza a mojarla. Parece disfrutarlo. Mi tía se interna en ese campo y se va.

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