Parque industrial

Estaba en la explanada de un campo industrial rodeado por paredes muy altas hechas por tuberías, compuertas, metal, pilas de vapor y escaleras. El piso era un mapa conformado por líneas gruesas de pintura de colores blanco, amarillo y rojo.

Ahí, personas vagaban. Yo hacía lo mismo. De pronto, desde las compuertas rodaron unos carretes gigantes de metal sobre unas rampas especiales para tal propósito. Los carretes avanzaban hasta un espacio destinado como contenedor al aire libre. Un espíritu de dinamismo embargó al campo industrial. A mí también.

Más y más carretes, ahora de otros tamaños, salían de las compuertas que parecían no tener fin. La fábrica se puso en marcha.

Corrí hasta los espacios-contenedores para verificar que los carretes sí llegaran a su destino y no hicieran destrozos (aunque conocía de antemano que de ocurrir lo contrario yo no podría hacer nada al respecto). Saber que todo funcionaba bien me hizo sentir tranquilo. Al volver cerca de las paredes industriales me encontré con muchas mujeres jóvenes, vestidas todas de la misma forma, que tenían carretes pequeños en sus manos. Trataban de derribarme con ellos pero con habilidad logré esquivarlas. Una de ellas muy atractiva quiso tirarme, no pudo y yo alcancé su boca con la mía.

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