En los sueños perviven sacrificios humanos

Los tres éramos hombres latinoamericanos (uno, argentino) y estábamos en cuclillas frente a un hueco rectangular en la tierra negra de tres metros por uno y medio; alguien lo había anegado y el agua estaba turbia y negra. Flotaba sobre la superficie del agua una sustancia amarilla. Jugábamos con ella con varitas secas, y alguien nos dijo que esa cosa era el espíritu del pueblo en el que nos encontrábamos. Sentí sin mediación respeto por ella; me puse de pie y me alejé sin darle la espalda. (Un sueño anterior, en la misma noche, había comenzado igual, como si fuera una película con un guión adaptado de alguna novela negra. Alguien había cometido un crimen al lado del hueco anegado, y alguien tenía que encontrar al criminal: yo llegaba a la escena del crimen. Crecieron ahí, luego, unas plantitas verdes parecidas a los tréboles, y estaban manchadas de sangre).

Cuando estuve a una distancia segura supe que dentro de esa agua turbia esperaba un cocodrilo hambriento. Entonces ya no había ninguno de los otros dos hombres sino una muchacha cuyas piernas estaban apoyadas en la orilla del hueco negro. Supimos que el cocodrilo podría emerger en cualquier momento con las mandíbulas abiertas y afiladas. Las piernas de aquella chica se afirmaban en la tierra con pequeños pasos, como si fueran éstas unos zancos y quien los montara perdiera un poco el equilibrio. Sabíamos también que tales acciones de la chica atraerían al cocodrilo. (De alguna manera estaban presentes mis antiguos compañeros). Yo estaba alejado de ella pero no sabía (¿o no quería?) advertirle que estaba en peligro.

El cocodrilo salió como esperábamos, rápido y certero. Comió la pierna derecha de aquella pobre: su hueso asomaba de entre la piel negra de una bota desgarrada; lloraba a gritos y dos personas la llevaron a salvo encargándose cada quien de uno de sus brazos. Nos apartamos horrorizados (tal vez por haber permitido que sucediera esto o quizá porque el cocodrilo nos producía pánico). Nos trasladamos hacia el patio delantero de una casa vecina en Hidalgo, en donde viví mi infancia. Había en él unos huecos parecidos al primero pero no estaban anegados; la tierra era igual de negra, y también había en ellos cocodrilos pero del tamaño de las lagartijas: nos dieron pavor igualmente. Los señalábamos con los dedos para advertir a todos de su presencia.

Boca y dientes

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En los sueños perviven sacrificios humanos