Lirios acuáticos

[…] aquel lugar era público porque era visitado por muchas personas. Deambulé y lo conocí todo, pero ahora la mayoría de los detalles los tengo olvidados; sin embargo, recuerdo la abundancia de agua, musgo y plantas verdes. Había unos cuartos poblados de ese tipo de verde y los caminos sin techar eran de tierra, en trayectos adornados con piedras de río. El centro albergaba unos cuerpos de agua en forma de piscinas o espejos de agua, que eran en verdad el centro de aquel sitio, ya que todos terminábamos por encontrarnos ahí. El agua estaba repartida en tres almacenes en rectángulo, trazados con esmero y efectuados en cemento gris acero. A ratos, la ventana de mi departamento, uno en el que viví, apareció en medio del agua, y yo estaba ahí ante la ventana, y los cuerpos de agua se encogían en chapoteaderos en disposición de escuadra dentro de la habitación de aquel departamento. Tener agua tibia dentro de mi recámara era una comodidad. Sumergido hasta el pecho miraba los cambios que los actuales dueños habían hecho en la ventana por donde vi muchas veces un pino, pájaros y, cuando el tiempo y sobre todo el smog lo permitían, el cielo. La habían tapiado a la mitad, y se podía ver muy poco. Por dentro, en las tapias de ladrillos, instalaron unos ojos de cerámica de unos quince centímetros que miraban hacia adentro, y los que, a pesar de que no se movían, parecían vivos. Recuerdo uno verde botella y otro anaranjado. Aún había musgo y plantas en la jardinera de la ventana, aunque ya no las reconocía. De pronto volví a ver los tres cuerpos de agua que ahora tenían algo distinto.

Me acerqué a la primera alberca y estaba repleta de lirios. El agua está contaminada cuando aparecen estas plantas. El cielo era plomizo; para el resto de las personas, el agua se había vuelto indeseable porque la ignoraban. Me di a la tarea de repartir las plantitas entre los tres cuerpos para evitar la contaminación en el par restante. Mientras hice esa tarea, vi algo de la morfología de la relación entre la contaminación, el agua y los lirios: la primera era invisible (y no se conocía la razón por la que se había desarrollado); la segunda, al sufrir falta de pureza, atraía a los terceros. Esto lo supe cuando, al quitar los lirios bien maduros del primer espejo de agua, vi las plantas que apenas eran retoños, y que nacían a partir de unos hongos grandes como champiñones. Cuando el lirio alcanzaba a valerse por sí mismo en el agua, el hongo desaparecía, tal vez moría. Por suerte, el agua de las alberca no olía mal, y no perjudicaba en nada tocarla. Cuando terminé de repartirlos, me senté a ras de suelo, y miré el agua y sus plantas, el cielo y su color plomo. No pude evitar sentir una pesadez sobre los hombros.

Algunos aparatos, como drones, ocuparon el cielo. La gente no dejaba de pasear por ahí. A pesar de la contaminación, nadie aparentaba estar afligido; esas personas era todas desconocidas. Sólo se ocuparon en divertirse […]

[…] Negro y yo caminamos en el Campus pero no reconocí ningún lugar a pesar de que sabíamos a dónde ir. Después de bajar unas rampas, cruzar barandales y caminar en el pasto, llegamos al Instituto del Agua; su emblema era azul y verde. Quizá encontraríamos agua para beber ahí.

Agua presente

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Lirios acuáticos

Una cerveza oscura

El bar albergaba una penumbra agradable pero la escasez de personas me transmitía un halo de derrota. En la barra había tres personas dispuestas a atender. Estaba solo; andaba solo; no había alguien que conociera. Vi en una mesa a dos mujeres —menores que yo—, y que me gustaron. Ambas me recibieron con amabilidad; una de ellas se levantó al baño para dejarme a solas con su amiga, quien me jaló de las solapas y me dio un beso en la boca que me repugnó. Luché para alejarme de su cara. Lo logré pero la distancia fue aún peor porque sus ojos —miraban con fijeza a los míos— se turbaron como si hubieran sido un cielo asaltado por la tormenta; sus iris poblaron el resto de sus globos oculares de la misma manera en que la tinta china avanza en el papel al volcar por accidente el frasco encima. Mientras, la misma tormenta de ella se hacía en forma de miedo adentro de mi pecho. Me dijo palabras que terminaron de quebrar mi ánimo:

«¿Qué pasa? ¿No te gusta el amor entre caballos? Tienes miedo, ¿verdad?».

Se burlaba. Me levanté buscando como náufrago la barra para flotar en la soledad de la piel del mar. «Una cerveza». Me dieron una sabrosa, mi único consuelo. La terminé y salí de ahí. Las calles imitaban el interior del bar: era de noche y no había tránsito ni peatones en las calles. Me senté por ahí a ordenar mi interior. Creí que donde estuviera sería un lugar seguro porque estaba desolado, y dejé mis llaves ahí donde me había sentado. Di un paseo y al volver las hallé desparramadas por todos lados. Mi llavero, en forma de una oreja morada, no estaba porque lo habían arrancado de la argolla de acero y aún quedaban restos de plástico morado. Pasos más adelante, hallé la oreja medio destrozada y con una mordida en la parte superior que le arrancó un pedazo grande.

Una cerveza oscura

Oleaje

El lugar en donde estaba tenía un regusto al set que Truman sufrió en The Truman Show. Si bien la arena de la playa debajo de mis pies se sentía muy real, con tan sólo mirar al cielo se advertía un acartonamiento y un sabor a irrealidad. Alrededor mío había un bullicio que recordaba a un hormiguero; no distinguía algún rostro en especial y estoy seguro que la gente huía de la playa. Temían al agua. Y yo, después de unos momentos, también. La primera ola era monstruosa por su tamaño y cortaba sin clemencia el aliento. Tenía un color azul muy parecido al de los zafiros y vaticinaba muertes al instante y otras dolorosas.

Corrí como todos.

Mientras huía del rugido del agua noté que estaba en una isla de forma alargada y ridículamente estrecha; justo en medio había una carreterita en la que una camioneta pequeña me esperaba. Dentro viajaba gente importante para mí y que había venido a mi rescate. Logramos acelerar, como en una película gringa, antes de que la marea lograra alcanzar los neumáticos. Al mirar atrás, la tierra de la isla cedía ante la fuerza de las olas, de la misma forma desaparecía la carretera ya recorrida y, tiempo después, la que faltaba por recorrer.

Las olas se hinchaban descomunalmente y prometían muerte. El tramo de camino que nos quedaba por andar se acabó en algún momento y tuvimos que tomar una decisión. De manera curiosa la gente que estaba dentro del coche se esfumó o dejó de importar, así que abrí la puerta y lo primero con lo que me encontré fue una resbaladilla o tobogán que me conducía directo y sin misericordia al mar furibundo que ya había consumido cualquier sostén. Cerré los ojos resignado y sentí con claridad el momento de entregarme. Me dejé caer hacía el líquido zafiro que esperaba con ansia.

Oleaje

Lección de cómo se debe escribir un sueño

En su delicioso libro Dama de Porto Pim, Antonio Tabucchi ofrece al lector una experiencia del relato de un sueño. El subtítulo que lo acompaña es “Hespérides. Sueño en forma de carta”.

Está por demás decir que la foto de este post no es mía sino que debo la fuente a Italianos en América.

Los dejo con el texto:

Después de haber surcado las aguas durante muchos días y muchas noches, he comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle. Así es el mar ignoto que se extiende más allá de las Columnas, infinito e igual a sí mismo, del que emergen, como la pequeña espina dorsal de un coloso desaparecido, pequeñas crestas de islas, nudos de rocas perdidos en el azul.

La primera isla que se encuentra, vista desde el mar es una extensión de verdor en cuyo centro brillan frutas como piedras preciosas, y a veces extrañas aves de plumas purpúreas se confunden con ellas. Las costas son muy escarpadas, de negra roca habitada por halcones marinos que lloran cuando desciende el crepúsculo y que revolotean inquietos con aire de siniestra desdicha. Las lluvias son abundantes y el sol despiadado: y debido a este clima y a la tierra negra y rica los árboles son altísimos, los bosques exuberantes y las flores abundan: grandes flores azul y rosa, carnosas como frutas, que jamás he visto en ningún otro lugar. Las restantes islas son más rocosas, pero con igual abundancia de flores y frutas; y gran parte de su sustento los habitantes lo sacan de los bosques: y lo demás del mar, que tiene aguas templadas y ricas en peces.

Los hombres son de tez clara, con los ojos atónitos como si en ellos aletease el estupor de un espectáculo visto y olvidado, son silenciosos y solitarios, pero no tristes, y se ríen a menudo y de nada, igual que niños. Las mujeres son hermosas y altivas, de pómulos prominentes y frente despejada, caminan con cántaros sobre la cabeza y al bajar las empinadas escalinatas que conducen al agua no se mueve nada de su cuerpo, con lo que parecen estatuas a las que algún dios hubiese consedido caminar. Esta gente no tiene rey, y no conoce las castas. No existen los guerreros, porque no tienen necesidad de guerrear, al no tener vecinos; tienen sacerdotes, pero de una forma muy especial que más adelante explicaré, y todos pueden llegar a serlo, hasta el campesino más humilde y el mendigo. Su Panteón no está habitado por dioses como los nuestros que presiden el cielo, la tierra, el mar, los infiernos, los bosques, las cosechas, la guerra y la paz y los asuntos de los hombres. Son, en cambio, dioses del espíritu, del sentimiento y de las pasiones; los principales se cuentan en número de nueve, como las islas, y cada uno tiene su templo en una isla distinta.

El dios de la Añoranza y de la Nostalgia es un niño con cara de viejo. Su templo se levanta en la isla más lejana, en un valle defendido por montes inaccesibles, cerca de un lago, en una zona desolada y salvaje. El valle está siempre cubierto por una bruma tenue como un velo, hay altas hayas que el viento hace susurrar y es un lugar de una gran melancolía. Para llegar al templo hay que recorrer un sendero excavado en la roca que semeja el lecho de un torrente desaparecido: y por el camino se encuentran extraños esqueletos de enormes e ignotos animales, tal vez peces o quizás pájaros; y conchas; y piedras rosáceas como la madreperla. He llamado templo a una construcción que más bien debería llamar cabaña: porque el dios de la Añoranza y de la Nostalgia no puede vivir en un palacio ni en una casa ostentosa, sino en una morada pobre como un gemido que está entre las cosas de este mundo con la misma vergüenza con la que una pena secreta se aposenta en nuestro ánimo. Ya que este dios no concierne únicamente a la Añoranza y a la Nostalgia, sino que su deidad se extiende a una zona del espíritu que alberga el remordimiento, la pena por lo que fue y que ya no causa más pena sino tan sólo memoria de la pena, y la pena por lo que no fue y habría podido ser, que es la pena más lacerante. Los hombres van a visitarle vestidos con míseros sacos y las mujeres cubiertas con oscuros mantones; y todos permanecen en silencio y a veces se oye algún sollozo, en medio de la noche, cuando la luna derrama su luz de plata sobre el valle y los peregrinos echados sobre la hierba arrullan la añoranza de su vida.

El dios del Odio es un pequeño perro amarillo de aspecto macilento, y su templo se levanta en una minúscula isla que tiene forma de cono: y para llegar hasta ella son necesarios muchos días y muchas noches de viaje; y sólo el odio verdadero, el que hace hechir el corazón de forma intolerable y que incluye a la envidia y a los celos, puede inducir a los desdichados a una travesía tan fatigosa. Luego está el dios de la Locura y el de a Piedad, el dios de la Magnanimidad y el del Egoísmo: pero yo jamás los he visitado y de ellos sólo he oído vagos y fantasiosos relatos.

De su dios más importante, que me parece el padre de todos los dioses así como del cielo y de la tierra, me han contado cosas muy distintas y no he podido contemplar su templo ni acercarme a su isla; no porque no se acepte extanjeros, sino porque incluso los ciudadanos de esta república sólo pueden acceder a él tras haber alcanzado una disposición del espíritu que rara vez se consigue, y luego ya no vuelven. En su isla se levanta un templo que los habitantes de estos lugares denominan de una forma que podría ser traducida como las «Las Maravillosas Moradas» y consiste en una ciudad toda ella virtual en el sentido de que no existen los edificios sino tan sólo su planta trazada sobre el terreno. Dicha ciudad tiene la forma de un tablero de ajedrez circular y se extiende a lo largo de millas y millas; y cada día los peregrinos con una simple tiza mueven los edificios a su antojo como si fuesen fichas de ajedrez de forma que la ciudad es móvil y variable y si fisonomía cambia constantemente. En el centro del tablero se levanta una torre sobre cuya cima reposa una enorme esfera dorada que recuerda vagamente la fruta que abunda en los jardines de estas islas. Y esta esfera es el dios. No me ha sido posible descubrir exactamente quién es este dios: las definiciones que me han sido dadas hasta ahora son imprecisas y reticentes, y quizás poco comprensibles para el extranjero. Deduzco que está en relación con la idea de totalidad, de la plenitud y de la perfección: una idea altamente abstracta y poco comprensible para el intelecto humano. Por eso he pensado que podría tratarse del dios de la Felicidad: pero la felicidad de quien ha comprendido tan plenamente el sentido de la vida que para él la muerte ya no tiene ninguna importancia; y por eso los pocos elegidos que van a rendirle honores ya no vuelven. Velando a este dios se halla un idiota de rastro cretino y hablar inconexo que quizás está en contacto con el dios por misteriosas vías desconocidas para la razón. Cuando he manifestado el deseo de rendirle homenaje la gente ha esbozado una sonrisa y con aire de profundo afecto, que tal vez contenía un amago de compasión, me ha besado en las mejillas.

En cambio sí pude rendir homenaje también yo al dios del Amor cuyo templo se levanta en una isla de playas gualdas y arqueadas sobre la arena clara acariciada por el mar. Y la imagen del dios no es un ídolo ni nada visible, sino un sonido, el puro sonido del agua marina que penetra en el templo a través de un canal excavado en la roca y que se estrella en un pila secreta: y allí, por la forma de las paredes y la amplitud de la construcción, el sonido se reproduce en un eco infinito que embeleza a quien lo oye y produce una especie de ebriedad o enajenación. Y a muchos y extraños efectos se opone quien honra a este dios, porque su principio gobierna la vida, pero es un principio extravagante y caprichoso; y si bien es cierto que es el alma y la concordia de los elementos, también puede producir ilusiones, delirios y visiones. Y yo he asistido en esta isla de espectáculos que me han turbado por su verdad inocente: hasta el extremo de que he puesto en duda el que dichas cosas existieran realmente y no fueran más bien fantasmas de mi sentimiento que salían de mí y adquirían apariencia real en el aire al haberme expuesto al sonido embrujado del dios: y con semejantes pensamientos eché a andar por un sendero que lleva al punto más alto de la isla, desde donde puede contemplarse el mar desde todos los ángulos. Y entonces me di cuenta que la isla estaba desierta, de que no había ningún templo sobre la playa y que las figuras y los distintos rostros del amor que había visto como cuadros vivientes y que comprendían múltiples gradaciones del espíritu como la amistad, la ternura, la gratitud, el orgullo y la vanidad; todos estos rostros, que creía haber visto en formas humanas, eran sólo espejismos provocados en mí por quién sabe qué sortilegio. Y de esta forma alcancé la cima propiamente dicha del promontorio y cuando, observando el mar infinito, ya estaba abandonándome al desaliento que provoca el desengaño, una nube azul descendió sobre mí y me transportó a un sueño: y soñé que te escribía esta carta, y que yo no era el griego que zarpó en busca del Occidente y que jamás volvió, sino que sólo lo estaba soñando.

 

Fuente: Italianos en América

 

Lección de cómo se debe escribir un sueño

Nadando en algo parecido a un cenote

El autobús rentado especialmente para la ocasión avanzaba en la noche. Las únicas luces en el camino rural eran los faros del vehículo, estrellas y una luna ilocalizable. Después más luces vinieron a nuestro encuentro: las del conjunto de campamentos que nos aguardaban junto a algunas fogatas.

El entusiasmo dentro del autobús podía sentirse, sobre todo porque el mío también alimentaba la emoción general de los demás viajeros. Por las ventanas podía verse la escasa infraestructura: algunos lotes de estacionamientos, bodeguitas y un árbol de navidad sintético de unos cinco metros de alto. Nos detuvimos y bajamos del automóvil. Supongo que fuimos directamente a algunas tiendas de campaña a dormir, porque no recuerdo nada sino, hasta tiempo después, un sol poderoso y un azul inverosímil en un cuerpo de agua a mis pies.

Unos pequeños islotes en forma de nariz interrumpían la continuidad del color de las aguas. Esas rocas eran de un color pálido y algunas estaban ocupadas por bañistas que miraban a otros o contemplaban el hechizo azul de agua.

Yo no perdí el tiempo y me quedé en paños menores. Me sumergí. El espectáculo de la profundidad de ese cuerpo de agua era inescrutable. Toda una arquitectura de rocas sobresalía dentro del abismo. Rápidamente me uní a algunos nadadores que también disfrutaban del contacto con el elemento: eran viejos compañeros de escuela. Uno de ellos me dijo:

-Los mayas venían aquí a rezar. Hay algunos nichos muy por debajo del agua, ahí dejaron ofrendas y se estaban cuanto pudieran: así se acercaban a la divinidad.

Traté de mirar los nichos de los que me hablaba y los distinguí muy lejanos. Supe que por más que me esforzara no podría alcanzar los más próximos. Comprendí que la fuerza corporal de los prehispánicos estaba fuera de mi alcance, aunque me sentí privilegiado por nadar en esas aguas. Sentí con fuerza el espíritu del lugar.

Al nadar mis collares rojos se cristalizaban por efecto del agua diáfana.

No podía estar en un mejor lugar.

Nadando en algo parecido a un cenote

Túnel de agua

Hoy no dormí en mi cama sino que estuve de visita en casa de un buen amigo. Dormí en la sala; en el techo mi amigo tiene una lámpara esférica de papel china, es blanca y tiene unos dragones verdes impresos; además, colgados del techo también, hay un par de dragones rojos del mismo material que la lámpara y que tienen un aspecto profundamente chino.

Tengo la hipótesis de que, en ocasiones, duermo con los ojos abiertos o los elementos del techo tienen un gran poder de sugestión en mí cuando llega la hora de soñar. El detalle que enseguida voy a contar no es la primera vez que me ocurre. Soñé con la lámpara y con uno de los dragones la misma noche en que pernocté debajo de ellos. Creo que las dos vertientes de mi hipótesis son plausibles: o duermo con los ojos abiertos (la que me parece más lógica) o los objetos colgados tienen un poderoso efecto en mí.

El sueño es el siguiente. Estaba en una playa, ya era de tarde y el cielo estaba muy nublado. Yo me encontraba de pie frente al manto oscuro del mar y las olas apenas llegaban a mis pies, sólo cubrían mis tobillos y luego se volvían a retirar; para después regresar. Tenía en mis manos la lámpara blanca de papel, con todo y sus estampados, y uno de los dragones rojos. Eran tan livianos que si se aventaban al aire se quedaban suspendidos en él. Los arrojé a un lado mío y como supe, se quedaron congelados sobre las olas. Cuando intenté caminar hacia ellos un viento comenzó a soplar en mi contra, era tan fuerte que por más pasos que diera, mi posición era la misma. Traté de avanzar con toda la fuerza que pude, pero era inútil. En un momento me hinqué y a gatas, ayudándome con las manos, intenté llegar hasta ellos, pero no pude.

Me levanté de la arena y un bañista que estaba próximo a mí anunció un tsunami, cosa que después se mostró como falsa. Aunque no estaba exento de peligro porque al voltear a mi derecha, para ver a lo largo de la playa, me di cuenta que un túnel de agua furiosa se me acercaba. Tenía la forma de una U invertida y el interior era amenazante y oscuro. Recordé que el viento no me había dejado moverme cuando intenté recoger los objetos de papel. Aunque el túnel estaba lejos de mí, sabía que si no me movía entraría directo en sus fauces. Ocupé toda mi energía en adentrarme unos centímetros en el mar. Cuando el túnel estuvo muy cerca apenas lo libré, y el agua que salpicaba terminó por empaparme.

Ese primer peligro se alejaba con rapidez, pero al mirar hacia atrás vi unas olas muy grandes sobre mí. Supe que me ahogaría.

Túnel de agua

Mano de cabra

Mis-ojos-verdes y yo entrábamos a un bar por la noche. Llovía y las extensas avenidas recibían indiferentes el agua. El sitio al que llegamos era una casa común y corriente; no nos importó y entramos. Una vez instalados me apeteció ir a mi casa y visitar a mi familia. Mi acompañante tendría que aguardarme en el bar.

Me expuse al escalofrío de la lluvia; recorrí una larga calle y llegué a otra casa. No la conocía pero sabía que dentro de ella estaba la gente que ansiaba ver. Así fue: levanté la mano y sonreí a manera de saludo. Todos me respondieron de la misma forma. Satisfecho, salí. La noche aún silenciosa y marina me devoró. Desplegué una sombrilla púrpura que me arropó; una señora desprotegida se puso a mi lado, a resguardo. Caminamos por una anchurosa banqueta, a un lado, una cuneta contenía tanta agua de lluvia que era como una alberca. Las gotas al unirse al manto acuífero, producían el sonido eterno y ciego de las aguas oscuras.

Una entrada pequeña me esperaba. Al estar completamente adentro noté que había una algarabía, todos caminaban de un lado a otro apresurados. En ese momento supe que un programa de televisión estaba a punto de ser grabado ahí mismo. La temática era simple: tres personas invitadas tenían que desarrollar un personaje frente a las cámaras, quien actuara mejor su papel ganaba. El primero, y el único que pudo verse, era un hombre que muy silencioso se puso en medio del set y comenzó una rutina de un viejo que trataba de encender un cigarro. Era un personaje malhumorado y lento para moverse. Su encendedor no servía.

De pronto, el performance siguió rápidamente su curso: se convirtió lentamente en una especie de musical, en donde el personaje central era el malhumorado. Muchos individuos bailaban y cantaban junto a él, incluso había animales que también actuaban. Al final varios changos se quedaron inmóviles, en sus posturas de baile y canto, sobre una gran roca. Poco a poco su aspecto se fue transformando hasta que cada uno de ellos era una cabra. Tenían un pelaje marrón oscuro, del mismo color que antes lo habían tenido sus cuerpos de simios.

Todos los animales se levantaron de la roca, excepto uno: el del centro. La cabra estaba recostada sobre su espalda con las patas al aire. Una vez que estuvo sola, y que mi atención se enfocó totalmente hacia ella, movió las cuatro patas de una manera cadenciosa, como si fuera un baile hipnótico.

Se puso de pie sin dejar de moverse cadenciosamente y trepó hasta la cima de una pequeño acantilado. Tuve que levantar mi cabeza y mi vista para seguir su espectáculo.

Alguien puso su mano en mi hombro y dijo:

-Es el Dios Cabra.

Tuve ahora la clara sensación de ver los pasos sagrados de la divinidad. La cabra bajó del acantilado y no se detenía en la danza hasta que me encaró y me dijo:

-Soy San Luis Potosí o Tláloc. Somos el mismo.

Supe que la lluvia estaba en él.

Desde hacía tiempo sin darme cuenta estaba en una profunda hipnosis. Sólo podía contemplar. Ver con los ojos tan abiertos como platos. El Dios Cabra se acercó y me tiró al suelo. Mis palmas estaban sobre la tierra seca y mi cara dirigida hacia la mirada penetrante de la Cabra.

Repentinamente la pezuña tomó la forma de una mano de hombre. Quisiera decir que la blandió frente a mí, pero eso no puede decirse al respecto de una mano. Acercó su pulgar a mi entrecejo y lo puso gentilmente ahí.

Sentí como si ese dedo hubiera penetrado mi piel, cráneo y llegado hasta mi cerebro; después sentí como si con ese solo pulgar hubiera llegado a tocar mi cuerpo entero: era la fuerza del tacto de un Dios. Un grito grave y genuino fue mi respuesta.

Cuando enfoqué mi mirada de nuevo hacia lo que estaba pasando afuera, noté que el Dios Cabra seguía tocando gentilmente la piel de mi frente. Imaginé o vi un haz de luz blanca emitiéndose de ese contacto tan profundo.

El Dios Cabra me dijo sin ocupar su habla:

-La Gran Obra está dentro de tu cabeza.

La sensación de su tacto era muy poderosa. Vi a mi alrededor y el exterior había cambiado para mí. Donde había líneas o donde había objetos que se entrecruzaban, coincidían o se tocaban, emergían pequeños triángulos. Me recordó a algunas imágenes de artistas que trataban de reproducir la psicodelia que vivieron al drogarse con LSD.

La visión era necia, como el mezcal.

No aguanté mucho tiempo antes de ver todo en colores sepia y experimentar una clara sensación de encogimiento en mi cuerpo. Pedí ayuda a gritos.

Mi visión volvió a la normalidad y las sensaciones perturbadoras se desvanecieron para dar paso al sonido de mi cuerpo al ser arrastrado sobre la tierra. Mis manos estaban atadas con un mecate y de éste alguien me jalaba. Llegamos una vez más al sitio donde se había llevado a cabo el programa de TV.

Alguien, mientras yo conocía al Dios Cabra, me había capturado y me tenía inmovilizado en una habitación oscura en construcción.

Rápido me deshice de mis amarras. Me levanté furioso del piso. Caminé a lo largo de la casa para que todos me vieran y supieran que estaba liberado y que el enojo me tenía fuera de mí. Reconocí a mi captor sentado en una silla de metal, tomé una idéntica, la levanté y la rompí contra él. Al escuchar el estruendo supe que el sentimiento de venganza que me dominaba se había consumido.

Afuera seguía lloviendo.

Mano de cabra