Unos animales llamados rayas

Esta noche fue una en la que, en medio de la madrugada, el sueño te obliga a levantarte y escribirlo. Soñé con unos animales que supe enseguida, mientras dormía, que se llamaban rayas. Eran parecidos a las lagartijas aunque más grandes; estaba agrupadas en montículos y yacían inmóviles. Tenían unos ojos desorbitados, casi humanos, que tampoco movían, y que eran muy grandes; ocupaban casi el cincuenta por ciento de su cabeza. La mayoría de las rayas los tenían del color de la tierra; unas pocas, grises o pálidos. Su piel era de las mismas tonalidades que los ojos, solo que esta era áspera y terrosa (recordaba a la cáscara del chico zapote: frágil y desmoronable).

Encontré a este primer grupo de rayas en un exterior. Me desagradó pero lo vi de lejos; el segundo estuvo muy próximo a mí. Lo hallé dentro de una casa en la que podría bañarme, y, en realidad, se trataba de varios grupos de esos animales que me rodeaban. Me producían repulsión acendrada, alcanzando al asco. Yo no perdía mi objetivo de buscar la ducha pero los «reptiles» me lo impedían de alguna forma. Pronto sentí algo parecido a una mordida, piquete o lamida en el codo: miré el hocico de una raya abierto. Me alejé al instante. Vi una vez más a las rayas que estaba cerca y otras que —por vez primera— estaban en movimiento. Quizá ya en la vigilia, o ya en el sueño, conocí que las rayas estaban vinculadas a mí de alguna manera íntima; ya sea que esa mordida me indicaba que esas criaturas estaban invadiéndome de afuera hacia adentro, o que —de algún modo— las rayas habían salido de mí (como si hubiera puesto los huevos necesarios para su nacimiento o como si yo hubiera sido el convocante con el poder necesario para darles existencia). En al menos algún sentido, las rayas son una expresión térrea (sin obviar su implicación simbólica), tal vez inframundana —estrato con el que me hallo en plena afinidad—; si las rayas aparecieron de la nada, lo más probable es que sí hayan venido de la tierra. Desde luego estos seres se encargaron de hacerme sentir una incomodidad (¿añeja o reciente?) que es mía.

Los ojos de las rayas estaban tan muertos que parecían de un bellísimo cristal, pero sin la capacidad de movimiento.

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Unos animales llamados rayas

Las estatuas

Había estatuas de formas parecidas al hombre pero mucho más grandes y de alguna forma recordaban a los atlantes de los toltecas. Una de las estatuas se había impuesto como líder de las demás. Eran capaces de pensar, de tener deseo y de moverse. Todas sin excepción eran albas. El que comandaba repetía con insistencia un pensamiento, como si tratara de convencer a los otros de que aquello que pensaba era verdad. «Mi vida tiene el sentido de un juego y por lo tanto en él debe haber muchas piezas que le den ese sentido», era el mantra que ya minaba al resto.

Poco después vi a uno de esos hombres con marcas de brochas que habían sido empapadas con colores muy brillantes, fosforescentes. Alrededor del individuo principal se aglomeraban algunas figuras aún blancas, pero muchas otras ya habían cambiado. Había estatuas quemadas, unas pajizas, otras con penachos, quizá alguna otra relacionada con el agua. El pensamiento había colonizado a otros, como la metástasis.

Las estatuas

Mano de cabra

Mis-ojos-verdes y yo entrábamos a un bar por la noche. Llovía y las extensas avenidas recibían indiferentes el agua. El sitio al que llegamos era una casa común y corriente; no nos importó y entramos. Una vez instalados me apeteció ir a mi casa y visitar a mi familia. Mi acompañante tendría que aguardarme en el bar.

Me expuse al escalofrío de la lluvia; recorrí una larga calle y llegué a otra casa. No la conocía pero sabía que dentro de ella estaba la gente que ansiaba ver. Así fue: levanté la mano y sonreí a manera de saludo. Todos me respondieron de la misma forma. Satisfecho, salí. La noche aún silenciosa y marina me devoró. Desplegué una sombrilla púrpura que me arropó; una señora desprotegida se puso a mi lado, a resguardo. Caminamos por una anchurosa banqueta, a un lado, una cuneta contenía tanta agua de lluvia que era como una alberca. Las gotas al unirse al manto acuífero, producían el sonido eterno y ciego de las aguas oscuras.

Una entrada pequeña me esperaba. Al estar completamente adentro noté que había una algarabía, todos caminaban de un lado a otro apresurados. En ese momento supe que un programa de televisión estaba a punto de ser grabado ahí mismo. La temática era simple: tres personas invitadas tenían que desarrollar un personaje frente a las cámaras, quien actuara mejor su papel ganaba. El primero, y el único que pudo verse, era un hombre que muy silencioso se puso en medio del set y comenzó una rutina de un viejo que trataba de encender un cigarro. Era un personaje malhumorado y lento para moverse. Su encendedor no servía.

De pronto, el performance siguió rápidamente su curso: se convirtió lentamente en una especie de musical, en donde el personaje central era el malhumorado. Muchos individuos bailaban y cantaban junto a él, incluso había animales que también actuaban. Al final varios changos se quedaron inmóviles, en sus posturas de baile y canto, sobre una gran roca. Poco a poco su aspecto se fue transformando hasta que cada uno de ellos era una cabra. Tenían un pelaje marrón oscuro, del mismo color que antes lo habían tenido sus cuerpos de simios.

Todos los animales se levantaron de la roca, excepto uno: el del centro. La cabra estaba recostada sobre su espalda con las patas al aire. Una vez que estuvo sola, y que mi atención se enfocó totalmente hacia ella, movió las cuatro patas de una manera cadenciosa, como si fuera un baile hipnótico.

Se puso de pie sin dejar de moverse cadenciosamente y trepó hasta la cima de una pequeño acantilado. Tuve que levantar mi cabeza y mi vista para seguir su espectáculo.

Alguien puso su mano en mi hombro y dijo:

-Es el Dios Cabra.

Tuve ahora la clara sensación de ver los pasos sagrados de la divinidad. La cabra bajó del acantilado y no se detenía en la danza hasta que me encaró y me dijo:

-Soy San Luis Potosí o Tláloc. Somos el mismo.

Supe que la lluvia estaba en él.

Desde hacía tiempo sin darme cuenta estaba en una profunda hipnosis. Sólo podía contemplar. Ver con los ojos tan abiertos como platos. El Dios Cabra se acercó y me tiró al suelo. Mis palmas estaban sobre la tierra seca y mi cara dirigida hacia la mirada penetrante de la Cabra.

Repentinamente la pezuña tomó la forma de una mano de hombre. Quisiera decir que la blandió frente a mí, pero eso no puede decirse al respecto de una mano. Acercó su pulgar a mi entrecejo y lo puso gentilmente ahí.

Sentí como si ese dedo hubiera penetrado mi piel, cráneo y llegado hasta mi cerebro; después sentí como si con ese solo pulgar hubiera llegado a tocar mi cuerpo entero: era la fuerza del tacto de un Dios. Un grito grave y genuino fue mi respuesta.

Cuando enfoqué mi mirada de nuevo hacia lo que estaba pasando afuera, noté que el Dios Cabra seguía tocando gentilmente la piel de mi frente. Imaginé o vi un haz de luz blanca emitiéndose de ese contacto tan profundo.

El Dios Cabra me dijo sin ocupar su habla:

-La Gran Obra está dentro de tu cabeza.

La sensación de su tacto era muy poderosa. Vi a mi alrededor y el exterior había cambiado para mí. Donde había líneas o donde había objetos que se entrecruzaban, coincidían o se tocaban, emergían pequeños triángulos. Me recordó a algunas imágenes de artistas que trataban de reproducir la psicodelia que vivieron al drogarse con LSD.

La visión era necia, como el mezcal.

No aguanté mucho tiempo antes de ver todo en colores sepia y experimentar una clara sensación de encogimiento en mi cuerpo. Pedí ayuda a gritos.

Mi visión volvió a la normalidad y las sensaciones perturbadoras se desvanecieron para dar paso al sonido de mi cuerpo al ser arrastrado sobre la tierra. Mis manos estaban atadas con un mecate y de éste alguien me jalaba. Llegamos una vez más al sitio donde se había llevado a cabo el programa de TV.

Alguien, mientras yo conocía al Dios Cabra, me había capturado y me tenía inmovilizado en una habitación oscura en construcción.

Rápido me deshice de mis amarras. Me levanté furioso del piso. Caminé a lo largo de la casa para que todos me vieran y supieran que estaba liberado y que el enojo me tenía fuera de mí. Reconocí a mi captor sentado en una silla de metal, tomé una idéntica, la levanté y la rompí contra él. Al escuchar el estruendo supe que el sentimiento de venganza que me dominaba se había consumido.

Afuera seguía lloviendo.

Mano de cabra

Albercas

Soñé con tres albercas que estaban construidas en niveles, como escaleras. La más baja estaba mucho más alejada de la segunda alberca, que ésta de la tercera: era más difícil llegar al segundo escalón que al tercero. La clase de agua que tenía cada una era distinta. Y en cada escalón había personas, ya estuvieran en el agua o fuera de ella. Todos mostraban una calma de iluminados o dioses.

Al principio yo estaba parado en el segundo escalón, y contemplaba con delicadeza el azul profundo del agua. Ésta era cristalina, fresca, limpia. Algunos nadaban en la profunda alberca, pero yo me limitaba a verlos. El resquicio, donde estaba de pie, me tentó a acostarme en él. Estuve ahí largo rato, plácido; después comencé a rodarme, y sin darme cuenta, caí al primer escalón.

La primera alberca era casi un chapoteadero. También había personas, pero no eran serenas como las otras, y esperaban algo ansiosamente. No sé qué. El sonido de mi cuerpo al golpear el agua me erizó la piel. Dentro de la alberca nadaban trilobites transparentes de entrañas grises; algunos peces deformes y algunos restos orgánicos como aletas o trozos de carne flotaban por ahí. El agua me repugnó. Rápido miré a mi alrededor en busca de una salida; encontré unas escaleras pequeñas de piedra. En cuanto puse mi pie en el primer escalón, sentí su firmeza y su frescura.

Mi piel entera estaba llena de restos asquerosos. La gente de la primera alberca me observaba impaciente. Me di cuenta que esta alberca no me gustaba para nada, que tenía que volver a la anterior. Súbitamente recordé cómo subir y lo hice sin pensarlo.

La segunda alberca se me mostró majestuosa. La calma como bálsamo de sus parroquianos me curó de la caída, pero aún permanecía sucio. Corrí sin ningún cuidado hacia el agua, y de un clavado, la sentí verdaderamente. Entró por detrás de mis dientes y los refrescó. Mis ojos parecían beberla y los curó del agua corrupta de la primera alberca. Mi pecho, por dentro, se lavó. El azul fresco y profundo del agua abrazó mi cuerpo. Y nadé.

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Albercas

Dios tigre

Me soñé en un aula de secundaria. Estaban todos mis antiguos compañeros. Uno no dejaba de verme y me acerqué a saludarlo. Tenía un puñal en la mano, y con menos distancia entre él y yo, me di cuenta de que me miraba asechante, como un cazador, no como alguien que está deseoso de estar en compañía.

Se levantó de su mesabanco lo más amenazador que pudo. Por debajo, me puso próximo el filo. Salté hacia atrás desprotegido, y esquivando las arremetidas. Pronto comenzamos a forcejear, a enredar nuestros brazos y manos. El forcejeo se convirtió en un no-escape: me asestó dos cuchillazos, uno en las costillas y el otro en el abdomen.

El dolor produjo un cambio: primero, no atiné a mover un sólo músculo después de la agresión, lo que me hizo, segundo, salir de mí y ver la escena desde fuera y, tercero, paralizar las acciones sólo para observar una cosa que no esperaba:

Detrás de mi atacante-compañero de secundaria, paulatinamente apareció un humo amarillo que fue fraguando en un ser de figura humana pero con cabeza de un tigre. Este ser, que parecía congelar cualquier acción, sacó un hermoso puñal de una vaina.

Jraaann.

Y lo enterró en la espalda de mi posible asesino.

La herida fue profunda, letal. El condenado a muerte, por el influjo divino seguía sin lograr moverse, sin embargo vi perfectamente cómo fue inclinándose hacia un lado y, como en una mala película, cayó muerto. El dios tigre se esfumó entre humo de color azufre.

No supe más del salón o del agresor-compañero por la imagen avasallante de cinco esculturas de roca, adornadas con oro y piedras preciosas. Una era de un hombre, las otras de un mono, un elefante con sus colmillos también arreglados con metales como la plata, y un tigre que ya conocía; éstas últimas con cuerpo de humano. La quinta no puedo recordar qué apariencia tenía.

Las estatuas eran de dioses. Una de ellas se materializó frente a mí.

Dios tigre

El pedazo de ámbar

La noche desde hacía horas que estaba cerrada. Entré en una casa en medio de un campo o bosque; desde la puerta principal pude ver una chimenea a mi mano izquierda, a la diestra descansaban unos sillones rojos de estilo antiguo. Dentro del edificio casi en penumbras se celebraba una fiesta, una de un género que no me había tocado conocer.

Atravesé el portal y vi a un sujeto vestido sólo con taparrabos levitar, frente a él otra persona con una túnica negra que no enseñaba otra cosa de su cuerpo más que algunas de sus figuras en los bordes de la tela. Levanté la mirada hacia adentro de la casa para ver cómo era, sin embargo una neblina negra me impidió profundizar en mi escaneo, y lo único que pudo encontrar mi vista fue a una mujer con el pecho sin alguna ropa, pero tapizado de collares, la mayor parte de ellos construidos con piedritas cristalinas de colores morados, púrpuras, amarillos y rojos. Caminé hasta donde estaba ella, quedamos frente a frente y me señaló la chimenea que ya estaba a mi lado. Lo que me mostró con su dedo me engendró un temor como el que provoca la proximidad del león o un tigre enjaulado en el zoológico. Un monstruo de aspecto voluminoso yacía como un perro echado, unos grilletes de una materia negra aseguraban sus muñecas y tobillos, dejando a su portador una movilidad limitada al interior de la chimenea.

Supe en ese momento de la seguridad que disfrutábamos los integrantes de la reunión, que a mis ojos parecía falta de precedentes. Eché una ojeada final a los personajes y después me di cuenta de que el monstruo me observaba receloso desde el piso; se levantó y rompió un grillete de su muñeca: se produjo el silencio de todos. Asesinó la tranquilidad de la fiesta el siguiente grillete roto de la mole. Sus brazos quedaron libres, y quería que sus piernas también estuvieran exentas de ataduras. Al instante me supe solo en la casa y embobado por la fuerza del ser que emergía de la chimenea.

Estaba frente al peligro, pero esa presencia me sumergía en le piso, no atinaba a hacer algo hasta que las piernas de la mole estuvieron aptas para caminar, o aún peor, correr. Es entonces cuando también me apresuré a salir de la casa, sabiendo que si volteaba me encontraría con la imagen del monstruo (que parecía estar hecho de una materia parecida al ámbar) corriendo tras de mí y alcanzarme para lastimarme de alguna forma que mi imaginación no alcanzaba a prever.

Penetramos corriendo en el bosque, hasta que nos topamos con una rivera pequeña en donde sé que derroté al monstruo de ámbar, y aunque he estado absorto en algunos ejercicios mnemotécnicos que no arrojan alguna luz sobre este episodio del sueño, estoy seguro que la solución que encontré para matar a la mole era sencilla.

La derrota está aún en penumbra, pero tengo muy claro que el sueño termina cuando yo estoy frente a la rivera, cansado por el susto y el enfrentamiento, y estoy sumido en una actitud contemplativa: veo el cuerpo sin vida de la mole y después miro largamente un pedazo de ámbar que está en mi mano, parece brillar por sí mismo porque logro verlo a pesar de la oscuridad reinante del entorno campestre; tiene la forma de una estaca de unos diez centímetros de largo y unos cinco de ancho. Cierro la mano y despierto.

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El pedazo de ámbar

Eclipse

Les cuento:

Tuve conciencia de permanecer dentro de una jaula, mientras el eclipse de sol ocurría. La apariencia de esta prisión era anormal, dentro de ella se podía ver asientos en dos filas que se extendían a lo largo, en medio un pasillo y justo frente un gran parabrisas. Caí en cuenta de que estaba cautivo dentro de un autobús.

El eclipse estaría sucediendo en un repentino par de minutos, y yo estaba encerrado. Como pude, buscando debajo de los asientos, encontré un túnel que conectaba con el exterior. Salí del camión sin poder encontrar, aunque fuera, visualmente la entrada por la que había huído. El lugar en el que después me encontré era una calle como la de cualquier cuidad, había edificios a los dos lados de la acera, la tímida basura se dejaba ver en las alcantarillas; era después de mediodía.

A mis espaldas erguido estaba un edificio en el que yo debía llevar a cabo un rito a propósito del eclipse. Corrí hacia la entrada y trepé las escaleras de emergencia, a mitad de mi recorrido hacia el último piso me encontré con cierta persona que me dotaba de los instrumentos necesarios para ejecutar el evento: un plato de barro con una extensión aproximada de una mano abierta, en el traste había abundante sal; aparte recibí algunas piedras, una de ellas era una daga de obsidiana café, otra era un disco de diez centímetros de diámetro y cuatro o cinco de espesor, la mitad del medallón estaba hecho de una piedra morada que recordaba a la amatista y la otra parte era translúcida, parecida al cuarzo blanco, en el que se veía otras pequeñas piedras incrustadas en esa masa transparente, una de ellas estaba colocada justo en el centro, era negra y aparte sabía yo que representaba el centro de ese cilindro de cuarzo, el centro del plato y el centro del rito.

Tomé esos objetos y seguí subiendo junto con quien me los había dado, él era acompañado por personas desconocidas para mí. En algún punto del ascenso algo o alguien los detuvo a todos, menos a mí. Era necesario apurarse ya que el eclipse en algunos segundos estaría empezando. Llegué hasta el último piso y me encontré con un paisaje desértico y de arena gris que se extendía hasta el horizonte; pilares del mismo color posicionados caoticamente se alargaban hacia el cielo. El viento movía el cabello.

Salí al páramo con la cabeza girada hacia el cielo, buscando el sol. Cuando lo encontré una imagen sin precedentes me asaltó: la gran estrella estaba brillando al lado de una más pequeña, o sea que había dos soles en ese momento. Justo después de darme cuenta de la presencia del segundo lucero, del horizonte salió una piedra gris, de forma perfectamente circular que, de alguna manera, me pareció una piedra de sol azteca; entonces el monolito con una velocidad apabullante atajó la luz diurna otorgando el paso a una noche artificial. Yo me senté en la arena, puse el plato sobre el suelo y estuve dispuesto a empezar el ritual.

Un perro apareció súbitamente y comenzó a lamer la sal del traste de barro, me limitaba a darle golpes con la daga, no con la parte filosa, sino con la plana; el animal se alegaba un poco pero regresaba sistemáticamente hasta que la comió toda. El rito no finalizado, aparentemente, no ocasionaba mayor problema.

La percepción que tenía hasta entonces comenzó a cambiar de una limitada primera persona a una poderosa visión que otorga la tercera persona, es decir que mi yo se disolvía y me unía con la situación pudiendo ver todo lo que pasaba al rededor mío, de los pilares y del desierto. Pude ver que la arena en cantidades grandes se removía, entonces de doce lugares salían un número igual de personajes gigantes que representaban a las doce casas del zodiaco; todas ellas eran por dentro de fuego y en la parte externa mostraban una coraza muy delgada de piedra gris. Logré captar la ascensión de tauro a quien casi le logré sentir el fuego desbordándosele; después salió leo que mecía una melena fogosa, una garras de flamas y un cuerpo de piedra. Los demás signos estaban ya sobre tierra, y comenzaron a pelear entre ellos. El resultado era piedras esparcidas por todo el terreno y fuego consumido.

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Eclipse