Caída

Fue uno de esos sueños en donde se tiene la ilusión de que se sabe que se está soñando. En mi caso, y en todos los casos en que me ha sucedido, nunca he podido ejercer mi voluntad a placer como he escuchado que algunas personas hacen mientras sueñan y creen estar despiertos dentro del sueño. En este sueño tuve la sensación de experimentar cómo se repetía varias veces la escena —si es que así puede llamársele— en la que yo iba dentro de un autobús, y el paisaje era una colección de espacios delimitados para almacenar chatarra, cosas de segunda mano para que simplemente quien quisiera tomara algún cacharro y le hiciera lo que le viniera en gana. Pasamos en ese bus muchas veces por los mismos espacios, en el mismo orden y con una duración idéntica a las veces anteriores: hicimos varios recorridos iguales. Sólo puedo recordar uno de los contenedores, el que apenas tenía una cerca baja de alambre y que adentro guardaba muebles casi nuevos. Vi un escritorio con formas de árbol que me gustó.

Luego de mucho ir y venir por el mismo camino, el sueño tuvo un giro brusco, y no sé si fue entonces que dije “esto es un sueño” o fue antes, pero quien iba al volante del autobús perdió el control a un lado de un barranco, y nos precipitamos hacia él. La caída fue larga y azul (con algunas manchas blancas de las nubes). Tardamos tanto en alcanzar el fondo que daba tiempo de articular frases completas dentro y fuera de la cabeza, tanto que pude hacerme a la idea de estrellarme contra el suelo y aceptar la muerte, tanto para tranquilizarme y pensar que estaba en un sueño.

La caída no dolió.

Caer habría implicado despertar con un sobresalto, como es usual, pero en esta vez condujo a otra parte del sueño: llegamos todos los que estábamos en el vehículo desbarrancado a un lugar donde teníamos que andar a gatas para avanzar quién sabe a dónde. Cruzábamos entre unos arcos de un material blanco reluciente; nuestras ropas también eran de ese color y estaban impecables; todo en aquel sitio era limpio, claro y sin olor. La fila de personas que a gatas iban frente a nosotros era interminable. En algún momento, la mujer que iba detrás de mí quería avanzar a mi lado pero había unas reglas muy claras y parece que rígidas que decían que entre los arcos blancos tenía que ir una persona a la vez; se lo dije a ella y entendió enseguida.

No recuerdo más.

Caída

Sobre la redacción de los sueños

Algunas veces cuando despierto y tengo cercano el recuerdo de un sueño, aún en la cama, todavía con los ojos cerrados, comienzo a redactarlo mentalmente. Hoy soñé con un coche descompuesto, un mecánico y una prima que quería que la llevara en el auto rojo. El hombre que trataba de componerlo me comunicó la causa del problema y me lo explicó de tal forma que me hizo sentir culpable de que el aparato no andara.

Las emociones, colores y lugares los tengo, incluso ahora, muy claros. Podría redactar el sueño de hoy como lo he venido haciendo, pero hoy no me interesa contar un sueño sino hablar de la imposibilidad de semejante tarea. Quizá por miedo o por negación inconsciente, no había formulado la siguiente premisa con claridad: cuestionarse con seriedad si la obsesión de transcribir un hecho de la realidad (que puede ser onírica) puede llevarse a cabo.

Al redactar el sueño del coche descompuesto vi exactamente cómo al elegir palabras para la descripción, las imágenes iban transformándose del original al «textual»; las acciones y visiones primigenias se perdían irremediablemente ante la traducción. Este «descubrimiento» probablemente se encuentre involucrado con la intención de narrar con fidelidad mis sueños. Al hallar este inconveniente me encuentro con un obstáculo insalvable. Mis posts podrían ser como fotografías borrosas de algo real, tangible. Probablemente al poner todas las imágenes juntas pueda recrearse un panorama aproximado a la realidad.

La estructura literaria, es decir de palabras, que impongo («imponer» puede ser un término muy fuerte, aunque en este momento siento que es el verbo adecuado) a la experiencia soñada es determinante para el producto final, o sea un post. Al hacerme consciente de esta circunstancia, aún en la cama con el sueño recién redactado en la mente, pensé que cometía algún tipo de traición o que producía sueños adulterados. Tiempo después de haber salido de la duermevela caí en cuenta de que esto no era necesariamente así. En este caso, por ejemplo, al moldear el material onírico me encontraba aún en la duermevela, todavía en el territorio de las ondas α; la modificación ocurrió dentro del «horno» y supongo que bajo el influjo de una lógica inconsciente, la que me interesa compartir aquí.

Desde luego que a la redacción en el aire, en la cabeza, se aplican principios racionales, digamos que contrarios al sueño. Esto quizá sea contradictorio, nocivo para la transmisión de la experiencia, sin embargo no hay otra manera de compartirlo más que a través de la palabra, de mis palabras.

Sobre la redacción de los sueños

Lección de cómo se debe escribir un sueño

En su delicioso libro Dama de Porto Pim, Antonio Tabucchi ofrece al lector una experiencia del relato de un sueño. El subtítulo que lo acompaña es “Hespérides. Sueño en forma de carta”.

Está por demás decir que la foto de este post no es mía sino que debo la fuente a Italianos en América.

Los dejo con el texto:

Después de haber surcado las aguas durante muchos días y muchas noches, he comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle. Así es el mar ignoto que se extiende más allá de las Columnas, infinito e igual a sí mismo, del que emergen, como la pequeña espina dorsal de un coloso desaparecido, pequeñas crestas de islas, nudos de rocas perdidos en el azul.

La primera isla que se encuentra, vista desde el mar es una extensión de verdor en cuyo centro brillan frutas como piedras preciosas, y a veces extrañas aves de plumas purpúreas se confunden con ellas. Las costas son muy escarpadas, de negra roca habitada por halcones marinos que lloran cuando desciende el crepúsculo y que revolotean inquietos con aire de siniestra desdicha. Las lluvias son abundantes y el sol despiadado: y debido a este clima y a la tierra negra y rica los árboles son altísimos, los bosques exuberantes y las flores abundan: grandes flores azul y rosa, carnosas como frutas, que jamás he visto en ningún otro lugar. Las restantes islas son más rocosas, pero con igual abundancia de flores y frutas; y gran parte de su sustento los habitantes lo sacan de los bosques: y lo demás del mar, que tiene aguas templadas y ricas en peces.

Los hombres son de tez clara, con los ojos atónitos como si en ellos aletease el estupor de un espectáculo visto y olvidado, son silenciosos y solitarios, pero no tristes, y se ríen a menudo y de nada, igual que niños. Las mujeres son hermosas y altivas, de pómulos prominentes y frente despejada, caminan con cántaros sobre la cabeza y al bajar las empinadas escalinatas que conducen al agua no se mueve nada de su cuerpo, con lo que parecen estatuas a las que algún dios hubiese consedido caminar. Esta gente no tiene rey, y no conoce las castas. No existen los guerreros, porque no tienen necesidad de guerrear, al no tener vecinos; tienen sacerdotes, pero de una forma muy especial que más adelante explicaré, y todos pueden llegar a serlo, hasta el campesino más humilde y el mendigo. Su Panteón no está habitado por dioses como los nuestros que presiden el cielo, la tierra, el mar, los infiernos, los bosques, las cosechas, la guerra y la paz y los asuntos de los hombres. Son, en cambio, dioses del espíritu, del sentimiento y de las pasiones; los principales se cuentan en número de nueve, como las islas, y cada uno tiene su templo en una isla distinta.

El dios de la Añoranza y de la Nostalgia es un niño con cara de viejo. Su templo se levanta en la isla más lejana, en un valle defendido por montes inaccesibles, cerca de un lago, en una zona desolada y salvaje. El valle está siempre cubierto por una bruma tenue como un velo, hay altas hayas que el viento hace susurrar y es un lugar de una gran melancolía. Para llegar al templo hay que recorrer un sendero excavado en la roca que semeja el lecho de un torrente desaparecido: y por el camino se encuentran extraños esqueletos de enormes e ignotos animales, tal vez peces o quizás pájaros; y conchas; y piedras rosáceas como la madreperla. He llamado templo a una construcción que más bien debería llamar cabaña: porque el dios de la Añoranza y de la Nostalgia no puede vivir en un palacio ni en una casa ostentosa, sino en una morada pobre como un gemido que está entre las cosas de este mundo con la misma vergüenza con la que una pena secreta se aposenta en nuestro ánimo. Ya que este dios no concierne únicamente a la Añoranza y a la Nostalgia, sino que su deidad se extiende a una zona del espíritu que alberga el remordimiento, la pena por lo que fue y que ya no causa más pena sino tan sólo memoria de la pena, y la pena por lo que no fue y habría podido ser, que es la pena más lacerante. Los hombres van a visitarle vestidos con míseros sacos y las mujeres cubiertas con oscuros mantones; y todos permanecen en silencio y a veces se oye algún sollozo, en medio de la noche, cuando la luna derrama su luz de plata sobre el valle y los peregrinos echados sobre la hierba arrullan la añoranza de su vida.

El dios del Odio es un pequeño perro amarillo de aspecto macilento, y su templo se levanta en una minúscula isla que tiene forma de cono: y para llegar hasta ella son necesarios muchos días y muchas noches de viaje; y sólo el odio verdadero, el que hace hechir el corazón de forma intolerable y que incluye a la envidia y a los celos, puede inducir a los desdichados a una travesía tan fatigosa. Luego está el dios de la Locura y el de a Piedad, el dios de la Magnanimidad y el del Egoísmo: pero yo jamás los he visitado y de ellos sólo he oído vagos y fantasiosos relatos.

De su dios más importante, que me parece el padre de todos los dioses así como del cielo y de la tierra, me han contado cosas muy distintas y no he podido contemplar su templo ni acercarme a su isla; no porque no se acepte extanjeros, sino porque incluso los ciudadanos de esta república sólo pueden acceder a él tras haber alcanzado una disposición del espíritu que rara vez se consigue, y luego ya no vuelven. En su isla se levanta un templo que los habitantes de estos lugares denominan de una forma que podría ser traducida como las «Las Maravillosas Moradas» y consiste en una ciudad toda ella virtual en el sentido de que no existen los edificios sino tan sólo su planta trazada sobre el terreno. Dicha ciudad tiene la forma de un tablero de ajedrez circular y se extiende a lo largo de millas y millas; y cada día los peregrinos con una simple tiza mueven los edificios a su antojo como si fuesen fichas de ajedrez de forma que la ciudad es móvil y variable y si fisonomía cambia constantemente. En el centro del tablero se levanta una torre sobre cuya cima reposa una enorme esfera dorada que recuerda vagamente la fruta que abunda en los jardines de estas islas. Y esta esfera es el dios. No me ha sido posible descubrir exactamente quién es este dios: las definiciones que me han sido dadas hasta ahora son imprecisas y reticentes, y quizás poco comprensibles para el extranjero. Deduzco que está en relación con la idea de totalidad, de la plenitud y de la perfección: una idea altamente abstracta y poco comprensible para el intelecto humano. Por eso he pensado que podría tratarse del dios de la Felicidad: pero la felicidad de quien ha comprendido tan plenamente el sentido de la vida que para él la muerte ya no tiene ninguna importancia; y por eso los pocos elegidos que van a rendirle honores ya no vuelven. Velando a este dios se halla un idiota de rastro cretino y hablar inconexo que quizás está en contacto con el dios por misteriosas vías desconocidas para la razón. Cuando he manifestado el deseo de rendirle homenaje la gente ha esbozado una sonrisa y con aire de profundo afecto, que tal vez contenía un amago de compasión, me ha besado en las mejillas.

En cambio sí pude rendir homenaje también yo al dios del Amor cuyo templo se levanta en una isla de playas gualdas y arqueadas sobre la arena clara acariciada por el mar. Y la imagen del dios no es un ídolo ni nada visible, sino un sonido, el puro sonido del agua marina que penetra en el templo a través de un canal excavado en la roca y que se estrella en un pila secreta: y allí, por la forma de las paredes y la amplitud de la construcción, el sonido se reproduce en un eco infinito que embeleza a quien lo oye y produce una especie de ebriedad o enajenación. Y a muchos y extraños efectos se opone quien honra a este dios, porque su principio gobierna la vida, pero es un principio extravagante y caprichoso; y si bien es cierto que es el alma y la concordia de los elementos, también puede producir ilusiones, delirios y visiones. Y yo he asistido en esta isla de espectáculos que me han turbado por su verdad inocente: hasta el extremo de que he puesto en duda el que dichas cosas existieran realmente y no fueran más bien fantasmas de mi sentimiento que salían de mí y adquirían apariencia real en el aire al haberme expuesto al sonido embrujado del dios: y con semejantes pensamientos eché a andar por un sendero que lleva al punto más alto de la isla, desde donde puede contemplarse el mar desde todos los ángulos. Y entonces me di cuenta que la isla estaba desierta, de que no había ningún templo sobre la playa y que las figuras y los distintos rostros del amor que había visto como cuadros vivientes y que comprendían múltiples gradaciones del espíritu como la amistad, la ternura, la gratitud, el orgullo y la vanidad; todos estos rostros, que creía haber visto en formas humanas, eran sólo espejismos provocados en mí por quién sabe qué sortilegio. Y de esta forma alcancé la cima propiamente dicha del promontorio y cuando, observando el mar infinito, ya estaba abandonándome al desaliento que provoca el desengaño, una nube azul descendió sobre mí y me transportó a un sueño: y soñé que te escribía esta carta, y que yo no era el griego que zarpó en busca del Occidente y que jamás volvió, sino que sólo lo estaba soñando.

 

Fuente: Italianos en América

 

Lección de cómo se debe escribir un sueño

Sobre algunos animales recurrentes en el material onírico

El género de la fauna dentro del material onírico es interesante ya que, simbólicamente, representa un estado fijo del ser. Los animales sugieren ideas inmutables, por ejemplo hay que recordar a las distintas casas zodiacales y sus bien conocidas características; la mayor parte de los signos del zodiaco son animales. Así pues algunos otros animales poseen sus significados propios.

La sabiduría popular y el conocimiento de élite tienen alguna opinión sobre el sentido y significado de los símbolos en los sueños. Desde la atalaya elitista de un gran Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot me gustaría referir dos acepciones que se encuentran en esas páginas y que me interesan a propósito de algunos sueños aquí relatados: la araña y el cocodrilo. Los relatos son: La araña jaguar, La arañagrillo y Luz, Pescador barbudo. Cito las acepciones de Juan Eduardo para que se lean junto con los sueños, siempre y cuando al lector le apetezca. Con la simple lectura del significado de estos dos animales bastaría para satisfacer alguna curiosidad.

Araña: En la araña coinciden tres sentidos simbólicos distintos, que se superponen, confunden o disciernen según los casos, dominando uno de ellos. Son el de la capacidad creadora de la araña, al tejer su tela; el de la agresividad; y el de la propia tela, como red espiral dotada de un centro. La araña en su tela es un símbolo del centro del mundo y en ese sentido es considerada en la India como Maya, la eterna tejedora del velo de las ilusiones; la destructividad del insecto no hace sino ratificar ese simbolismo de lo fenoménico. Por esta causa puede decir Schneider que las arañas, destruyendo y construyendo sin cesar, simbolizan la inversión continua a través de la que se mantiene en equilibrio la vida del cosmos; así, pues, el simbolismo de la araña penetra profundamente en la vida humana para significar aquel «sacrificio continuo», mediante el cual el hombre se transforma sin cesar durante su existencia; e incluso la misma muerte se limita a devanar una vida antigua para hilar otra nueva. Se considera la araña como animal lunar, a causa de que la luna (por su carácter pasivo, de luz reflejada; y por sus fases, afirmativa y negativa, creciente y decreciente) corresponde a la esfera de la manifestación fenoménica (y en lo psíquico a la imaginación). Así, la luna, por el hecho de regir todas las formas (en cuanto apariciones y desapariciones), teje todos los destinos, por lo cual aparece en muchos mitos como una inmensa araña.

Cocodrilo: En el significado de este animal se confunden dos aspectos principales y diferentes, que expresan la interacción de dos impresiones elementales sobre el mismo: por su agresividad y poder destructor, el cocodrilo significó, en el sistema jeroglífico egipcio, furia y maldad; por su pertenencia al reino intermedio de la tierra y el agua, al limo y la vegetación, es emblemático de la fecundidad y la fuerza. Según Mertens Stienon tiene un tercer aspecto, derivado de su conexión con el dragón y la serpiente, por el cual constituye un símbolo de la sabiduría. En Egipto se representaba a los difuntos transformándose en cocodrilos de sabiduría. Esta idea está relacionada con el signo zodiacal de Capricornio. Blavatsky identifica los cocodrilos con los Koumara de la India. Prevalece la noción de su agresividad.

El erudito Cirlot nos ofrece posibles vías de interpretación con respecto a las ensoñaciones con animales que en este caso son las arañas y los cocodrilos. Si por ventura al lector se le ocurre algún otro vaso comunicante, una relación distinta a la planteada por mí (la directa) o algún otro comentario o idea, el post está para polemizar y será muy bienvenido cualquier comentario.

Buena noche!

Sobre algunos animales recurrentes en el material onírico

Sobre los elementos oníricos

Hoy antes de quedarme dormido pensé en una obviedad en la que creo que muy pocos piensan con frecuencia. Cuando alguien sueña con una persona que no es él, y particularmente en el caso en donde ese individuo no se conoce, nunca se ha visto, la expresión de la personalidad es mayor. Me explico: cuando, por ejemplo, en mi sueño El ave y la liebre soñé con tres personas que nunca había visto ni en la tele, ni en un anuncio, ni en ningún lugar; y por alguna razón siento que eran una extensión de mí, como una manera de representar algo mío con distintos actores.

El hombre que se quedó con la mujer que siguió a la liebre, al momento en el que él hablaba, yo podía distinguir que las palabras eran emitidas por mí, sin embargo vi que él era quien articulaba y quien interactuaba con mis palabras. La mujer caminaba y yo sentía como si mis piernas fueran las que se movían. A primera vista, al menos en mi caso, pienso que esas “otras” personas tienen cierta autonomía, como si estuvieran aparte de mí, sin embargo ahora me doy cuenta de que es prácticamente imposible que no se sueñe con algo que no sea concienzudamente monitoreado por uno mismo.

Parafraseando a Borges diría que el sueño es como un teatro en donde uno es espectador, actor y escenario. Yo creo que al soñar se hace exactamente eso; y que el sueño (insisto en que puede sonar obvio) es un desdoblamiento de uno mismo.

Sobre los elementos oníricos

Consideraciones foráneas

Todo libro tiene algo de nosotros. Por suerte, cuando alguien se acerca verdaderamente a una obra (al arte en general), ya sea un cuento, una novela o un guión, es como exponer el rostro frente a un espejo.

En este caso, en el que no se trata el tema del sueño directamente, no sucede que se abandone el objetivo de este blog; sino que estoy ampliamente interesado en que quien caiga en esta web, encuentre algo de sí: tarea de por sí pretenciosa, pero creo que sincera. Quiero, además, que de vez en vez las narraciones se conviertan en noticia de algún otro suceso, y que por la temática que cobijo pueda llegar a interesar al espectador.

Sucede, pues, que como ¿Con qué sueña el Electrolito? no es un sitio que albergue reseñas de literatura o novelas recientes, no se pensaría que hubiera alguna de ellas en las entradas, sin embargo quiero hablar de un libro que me parece pertinente, además de interesante, que se mencione. La lectura que se me ha convertido la mar de ardua, pero que no deja de parecerme genial, es de un filósofo alemán.

En este punto ruego al lector que al enterarse del nombre del escritor, no deje la lectura en aras de conservar su estabilidad mental.

En su libro El mundo como representación y voluntad, Arthur Schopenhauer maneja una exposición de lo que constituye su sistema filosófico, impregnado de influencias budistas, y que representa una concepción de corte idealista sobre el mundo y la realidad.

Una parte, al inicio de su exposición, que parece más un apartado que un elemento fundamental para cohesionar su sistema, está dedicada a la valoración de los sueños. Estas líneas, o sea una cuartilla y media, las había leído hace unas semanas, y con intenciones fogueantes me debatí unos días si era o no pertinente subirlas aquí. “No tienen cabida en el blog” o “a nadie le va a interesar” fueron algunos argumentos en contra, pero creo que he cambiado de opinión y las citaré.

Arthur Schopenhauer escribe sobre los sueños:

[…] ¿Hay algún criterio fiable para diferenciar entre sueño y realidad, entre fantasmas y objetos reales? Pretender que la intuición* soñada tiene menor vivacidad y claridad que la intuición real no merece atención alguna, pues todavía no hay nadie que las haya tenido juntas a las dos para compararlas, sino que sólo puede compararse el recuerdo del sueño con la realidad presente. Kant solucionaba así la cuestión: “La conexión de las representaciones entre sí conforme a la ley de causalidad diferencia la vida del sueño”. Pero también en el sueño se conecta todo según el principio de razón bajo todas sus formas y esta conexión se rompe entre la vida y el sueño o de un sueño a otro. La respuesta de Kant sólo puede formularse del siguiente modo: el largo sueño (la vida) está siempre interconectado al principio de razón, más no con los sueños cortos; aunque cada uno de éstos tiene dentro de sí la misma conexión, entre ellos y el largo sueño de la vida el puente se interrumpe, y por eso cabe diferenciarlos. Sin embargo, dirimir conforme a este criterio si algo se ha soñado o ha ocurrido sería muy difícil y con frecuencia resultaría sencillamente imposible, pues de ningún modo estamos en situación de recorrer la cadena causal, eslabón por eslabón, entre cada acontecimiento vivido y el instante presente, mas no por ello los consideramos como soñados. Por ello en la vida real no suele emplearse este tipo de indagación para distinguir el sueño de la realidad. El único criterio seguro para diferenciar el sueño de la realidad no es de hecho otro que el criterio totalmente empírico del despertar, por medio del cual la conexión causal entre los acontecimientos soñados y los de la vida en vigilia se interrumpe tan explícita como palpablemente. […] Aquí se revela de hecho el estrecho parentesco entre la vida y el sueño; tampoco debería avergonzarnos admitir este parentesco, toda vez que ya se ha reconocido y proclamado por la mentes de mayor ingenio. Los Veda y los Purana no conocen mejor comparación que la del sueño, que utilizan tan profusamente, para el conocimiento global del mundo real, al que dan en llamar “Velo de Maya”. Platón reitera con frecuencia que los hombres viven en sueños y que únicamente el filósofo se esfuerza por mantenerse despierto. Píndaro dice que “el hombre es la sombra del sueño”; Sófocles dice: “Veo que, mientras vivimos, no somos otra cosa que espectros y una sombra fugaz”. El gran Shakespeare dejó escrito lo siguiente: “Somos del mismo material / con que se tejen los sueños, y nuestra corta vida / se ve rematada por el dormir”. Finalmente Calderón se hallaba tan hondamente impresionado por esta perspectiva que intentó expresarla en un drama de corte metafísico titulado La vida es sueño.

Tras citar a estos poetas, se me permitirá recurrir a una metáfora. La vida y los sueños son hojas de uno y el mismo libro. Leerlo de corrido equivale a la vida real. Pero algunas veces, cuando acaban las horas de lectura (el día) y llega el tiempo de reposo, seguimos hojeando ese libro sin orden ni criterio, abriéndolo al azar por una u otra de sus páginas; con frecuencia se trata de una página ya leída y en otras ocasiones de una página desconocida, pero siempre son páginas de un mismo libro.

*Schopenhauer sostiene que hay dos tipos de acceso al conocimiento: la vía racional y la intuitiva. Considera ésta última como la más eficaz o la más genuina.

Consideraciones foráneas

Sobre lo que parece telepático

Con frecuencia, en el momento de relatar un sueño, de pasarlo pues en texto, me topo con un algunas dificultades. La primera, de donde se desprenden los demás problemas, es otorgar coherencia a una experiencia que originariamente es ilógica, inconsciente; de ahí se genera el obstáculo de contar de manera unitaria experiencias que son fraccionarias, pero que a la vez, dentro de la unidad que es el sueño, son una misma. Un ejemplo de lo último sería el sueño en el que primero se está en un lugar, y sin reparos ya se está en otro, y así sucesivamente.

Otro impedimento para poder escribir un sueño, de la manera estricta en que se vivió, es la experiencia puramente sentimental, es decir, se puede estar viendo un zapato, un cerro o cualquier otra cosa y por dentro paladear una gama intensa de sentimientos; con frecuencia a veces uno se despierta llorando, sudando, carcajeándose o sintiendo dolores de cuerpo.

En tercer lugar están los sueños que son esencialmente gráficos, donde parece no caber la racionalidad de los planos que se conciben en la vigilia. En el intento de contar vivencias de este tipo, muchas veces se llega a relatar una imagen más bien pobre de lo que originalmente fue. De las tres particularidades enumeradas puede haber mezclas, casi todos los sueños son así, sin embargo hay una característica que me lleva a hacer todo este recorrido, que es de cómo uno sabe o se entera de informaciones intrínsecas del sueño.

Esta cualidad casi telepática de los sueños me es notable. Por ejemplo uno se sueña frente a otra persona y puede entablarse una conversación sin ningún medio hablado, escrito o de señas, las cosas sólo se saben de tal manera que parece que de una mente a otra la información se transfiere. Con ciertos lugares o situaciones pasa lo mismo, es frecuente decirle al compañero, mientras se le cuenta qué se vivió la noche anterior, “entonces entré en una casa muy bonita y supe que era la residencia de mis abuelos” o “soñé que estaba contigo y me decías, sin hablar ni nada, que mi perro se había muerto.” En el momento en que se entra a un lugar, o se vive cierta situación, la información, que parece comprimida, invade la mente.

Este problema que a primera vista pertenece a una índole redaccional o gramatical, es una cuestión que concierne a la traducción: es necesario transformar procesos narrativos de naturaleza ilógica a estructuras racionales, es por eso que a veces es innegable la corrupción del material onírico a causa de la imposibilidad, más que de honestidad.

También es casi imposible desligarse de las cualidades mencionadas propias de los sueños, y mientras no se encuentre un recurso narrativo que proporcione una idea más acercada a lo que primeramente se sueña, se tendrá que hacer un esfuerzo de traducción, y de adaptación de lo onírico a lo racional, que traiga a la vigilia un poco del esplendor que algunos sueños dejan dentro de las personas.

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Sobre lo que parece telepático