Un texto de José de la Colina

En su Tren de historias editado por Aldus, José de la Colina entrega al lector un texto que me parece de lo más atinado con respecto al próposito de este blog. Se llama “Un caso difícil” (pág. 92). Lo dejo para el deleite de quien pueda hallar estos derrelictos de sueños.

Un caso difícil

El caso más difícil en mis veinticinco años de psicoanalista. Me dijo que en aquel sueño se veía entrar por una gran puerta de batientes que se entreabrían y le dije que eso significaba que estaba obsesionado por el sexo femenino, representado por la puerta. Me dijo que luego en el sueño se veía caminando por una vereda hacia un claro de un bosque en el que se levantaba un enorme pino absolutamente recto y le dije que el pino significaba el pene e indicaba el temor de ser castrado. Me dijo que en el sueño se veía manejando una gran máquina que daba grandes sacudidas, extenuándolo, y le dije que eso significaba un recuerdo de cuando en su niñez se entregaba al placer solitario, pues las mecánicas sacudidas significaban la masturbación. Finalmente me dijo que en el sueño veía una hermosa mujer que se levantaba las faldas y él sacaba el pene,

y me desconcertó y después de meditar mucho el asunto, tuve que decir humildemente que, la verdad, vaya uno a saber qué podía significar eso.

José de la Colina en mexlit.files.wordpress
José de la Colina en mexlit.files.wordpress
Un texto de José de la Colina

Lección de cómo se debe escribir un sueño

En su delicioso libro Dama de Porto Pim, Antonio Tabucchi ofrece al lector una experiencia del relato de un sueño. El subtítulo que lo acompaña es “Hespérides. Sueño en forma de carta”.

Está por demás decir que la foto de este post no es mía sino que debo la fuente a Italianos en América.

Los dejo con el texto:

Después de haber surcado las aguas durante muchos días y muchas noches, he comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle. Así es el mar ignoto que se extiende más allá de las Columnas, infinito e igual a sí mismo, del que emergen, como la pequeña espina dorsal de un coloso desaparecido, pequeñas crestas de islas, nudos de rocas perdidos en el azul.

La primera isla que se encuentra, vista desde el mar es una extensión de verdor en cuyo centro brillan frutas como piedras preciosas, y a veces extrañas aves de plumas purpúreas se confunden con ellas. Las costas son muy escarpadas, de negra roca habitada por halcones marinos que lloran cuando desciende el crepúsculo y que revolotean inquietos con aire de siniestra desdicha. Las lluvias son abundantes y el sol despiadado: y debido a este clima y a la tierra negra y rica los árboles son altísimos, los bosques exuberantes y las flores abundan: grandes flores azul y rosa, carnosas como frutas, que jamás he visto en ningún otro lugar. Las restantes islas son más rocosas, pero con igual abundancia de flores y frutas; y gran parte de su sustento los habitantes lo sacan de los bosques: y lo demás del mar, que tiene aguas templadas y ricas en peces.

Los hombres son de tez clara, con los ojos atónitos como si en ellos aletease el estupor de un espectáculo visto y olvidado, son silenciosos y solitarios, pero no tristes, y se ríen a menudo y de nada, igual que niños. Las mujeres son hermosas y altivas, de pómulos prominentes y frente despejada, caminan con cántaros sobre la cabeza y al bajar las empinadas escalinatas que conducen al agua no se mueve nada de su cuerpo, con lo que parecen estatuas a las que algún dios hubiese consedido caminar. Esta gente no tiene rey, y no conoce las castas. No existen los guerreros, porque no tienen necesidad de guerrear, al no tener vecinos; tienen sacerdotes, pero de una forma muy especial que más adelante explicaré, y todos pueden llegar a serlo, hasta el campesino más humilde y el mendigo. Su Panteón no está habitado por dioses como los nuestros que presiden el cielo, la tierra, el mar, los infiernos, los bosques, las cosechas, la guerra y la paz y los asuntos de los hombres. Son, en cambio, dioses del espíritu, del sentimiento y de las pasiones; los principales se cuentan en número de nueve, como las islas, y cada uno tiene su templo en una isla distinta.

El dios de la Añoranza y de la Nostalgia es un niño con cara de viejo. Su templo se levanta en la isla más lejana, en un valle defendido por montes inaccesibles, cerca de un lago, en una zona desolada y salvaje. El valle está siempre cubierto por una bruma tenue como un velo, hay altas hayas que el viento hace susurrar y es un lugar de una gran melancolía. Para llegar al templo hay que recorrer un sendero excavado en la roca que semeja el lecho de un torrente desaparecido: y por el camino se encuentran extraños esqueletos de enormes e ignotos animales, tal vez peces o quizás pájaros; y conchas; y piedras rosáceas como la madreperla. He llamado templo a una construcción que más bien debería llamar cabaña: porque el dios de la Añoranza y de la Nostalgia no puede vivir en un palacio ni en una casa ostentosa, sino en una morada pobre como un gemido que está entre las cosas de este mundo con la misma vergüenza con la que una pena secreta se aposenta en nuestro ánimo. Ya que este dios no concierne únicamente a la Añoranza y a la Nostalgia, sino que su deidad se extiende a una zona del espíritu que alberga el remordimiento, la pena por lo que fue y que ya no causa más pena sino tan sólo memoria de la pena, y la pena por lo que no fue y habría podido ser, que es la pena más lacerante. Los hombres van a visitarle vestidos con míseros sacos y las mujeres cubiertas con oscuros mantones; y todos permanecen en silencio y a veces se oye algún sollozo, en medio de la noche, cuando la luna derrama su luz de plata sobre el valle y los peregrinos echados sobre la hierba arrullan la añoranza de su vida.

El dios del Odio es un pequeño perro amarillo de aspecto macilento, y su templo se levanta en una minúscula isla que tiene forma de cono: y para llegar hasta ella son necesarios muchos días y muchas noches de viaje; y sólo el odio verdadero, el que hace hechir el corazón de forma intolerable y que incluye a la envidia y a los celos, puede inducir a los desdichados a una travesía tan fatigosa. Luego está el dios de la Locura y el de a Piedad, el dios de la Magnanimidad y el del Egoísmo: pero yo jamás los he visitado y de ellos sólo he oído vagos y fantasiosos relatos.

De su dios más importante, que me parece el padre de todos los dioses así como del cielo y de la tierra, me han contado cosas muy distintas y no he podido contemplar su templo ni acercarme a su isla; no porque no se acepte extanjeros, sino porque incluso los ciudadanos de esta república sólo pueden acceder a él tras haber alcanzado una disposición del espíritu que rara vez se consigue, y luego ya no vuelven. En su isla se levanta un templo que los habitantes de estos lugares denominan de una forma que podría ser traducida como las «Las Maravillosas Moradas» y consiste en una ciudad toda ella virtual en el sentido de que no existen los edificios sino tan sólo su planta trazada sobre el terreno. Dicha ciudad tiene la forma de un tablero de ajedrez circular y se extiende a lo largo de millas y millas; y cada día los peregrinos con una simple tiza mueven los edificios a su antojo como si fuesen fichas de ajedrez de forma que la ciudad es móvil y variable y si fisonomía cambia constantemente. En el centro del tablero se levanta una torre sobre cuya cima reposa una enorme esfera dorada que recuerda vagamente la fruta que abunda en los jardines de estas islas. Y esta esfera es el dios. No me ha sido posible descubrir exactamente quién es este dios: las definiciones que me han sido dadas hasta ahora son imprecisas y reticentes, y quizás poco comprensibles para el extranjero. Deduzco que está en relación con la idea de totalidad, de la plenitud y de la perfección: una idea altamente abstracta y poco comprensible para el intelecto humano. Por eso he pensado que podría tratarse del dios de la Felicidad: pero la felicidad de quien ha comprendido tan plenamente el sentido de la vida que para él la muerte ya no tiene ninguna importancia; y por eso los pocos elegidos que van a rendirle honores ya no vuelven. Velando a este dios se halla un idiota de rastro cretino y hablar inconexo que quizás está en contacto con el dios por misteriosas vías desconocidas para la razón. Cuando he manifestado el deseo de rendirle homenaje la gente ha esbozado una sonrisa y con aire de profundo afecto, que tal vez contenía un amago de compasión, me ha besado en las mejillas.

En cambio sí pude rendir homenaje también yo al dios del Amor cuyo templo se levanta en una isla de playas gualdas y arqueadas sobre la arena clara acariciada por el mar. Y la imagen del dios no es un ídolo ni nada visible, sino un sonido, el puro sonido del agua marina que penetra en el templo a través de un canal excavado en la roca y que se estrella en un pila secreta: y allí, por la forma de las paredes y la amplitud de la construcción, el sonido se reproduce en un eco infinito que embeleza a quien lo oye y produce una especie de ebriedad o enajenación. Y a muchos y extraños efectos se opone quien honra a este dios, porque su principio gobierna la vida, pero es un principio extravagante y caprichoso; y si bien es cierto que es el alma y la concordia de los elementos, también puede producir ilusiones, delirios y visiones. Y yo he asistido en esta isla de espectáculos que me han turbado por su verdad inocente: hasta el extremo de que he puesto en duda el que dichas cosas existieran realmente y no fueran más bien fantasmas de mi sentimiento que salían de mí y adquirían apariencia real en el aire al haberme expuesto al sonido embrujado del dios: y con semejantes pensamientos eché a andar por un sendero que lleva al punto más alto de la isla, desde donde puede contemplarse el mar desde todos los ángulos. Y entonces me di cuenta que la isla estaba desierta, de que no había ningún templo sobre la playa y que las figuras y los distintos rostros del amor que había visto como cuadros vivientes y que comprendían múltiples gradaciones del espíritu como la amistad, la ternura, la gratitud, el orgullo y la vanidad; todos estos rostros, que creía haber visto en formas humanas, eran sólo espejismos provocados en mí por quién sabe qué sortilegio. Y de esta forma alcancé la cima propiamente dicha del promontorio y cuando, observando el mar infinito, ya estaba abandonándome al desaliento que provoca el desengaño, una nube azul descendió sobre mí y me transportó a un sueño: y soñé que te escribía esta carta, y que yo no era el griego que zarpó en busca del Occidente y que jamás volvió, sino que sólo lo estaba soñando.

 

Fuente: Italianos en América

 

Lección de cómo se debe escribir un sueño

A propósito de “El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell

En el capítulo introductorio del impecable ensayo de Joseph Campbell, dentro de un marco del psicoanálisis jungiano, se dedica un pasaje a la relación del campo de los mitos y el del sueño.En el pasaje dedicado a dicha relación se hallan argumentos por demás interesantes. De los que supongo que el lector, el ensoñador o lector/ensoñador podrá inferir la naturaleza de los sentimientos que algunas experiencias oníricas provocan en él. A título personal podría decir que en determinadas ocasiones como en Mano de cabra el sabor de boca que dejó la ensoñación era misteriosa, pero conforme fui delimitando el origen de las emociones que me indujo, llegué a la conclusión (ilógica, por cierto) de que ese material onírico era muy viejo, incluso más que yo. Quizá una raíz más profunda que la misma vida del ensoñador haga presencia cada vez que se acuesta a dormir.

*   *   *

El terreno de la batalla mitológica se ha trasportado del Olimpo, el Mictlán, hacia la jurisdicción de los sueños: ahí es donde se libran las verdaderas peleas entre Titanes o se llevan a cabo las odiseas. A causa de la falta de una explicación y una gramática mitológica que dé coherencia a la realidad caótica contemporánea, el sujeto necesariamente se transforma en un ensoñador que intenta con desesperación liberarse de las ataduras de la esclerosis del alma, del espíritu impotente; y de los horrores del hombre.

“El sueño es el mito personalizado, el mito es el sueño despersonalizado.” (25)

Mito y sueño comparten la misma sustancia y tienen maneras similares de acción en los individuos; sus diferencias estriban en la proyección de esa sustancia: puede orientarse hacia la mitología interior (microcosmos) o hacia la exterior (macrocosmos). Macrocosmos y microcosmos comparten en esencia las mismas reglas, pueden ser inteligidos en maneras similares.

“Pero en el sueño las formas son distorsionadas por las dificultades peculiares al que sueña, mientras que en el mito los problemas y las soluciones mostradas son directamente válidos para toda la humanidad” (25-26)

“El héroe ha muerto en cuanto hombre moderno; pero como hombre eterno —perfecto, no específico, universal— ha vuelto a nacer. Su segunda tarea y hazaña formal ha de ser […] volver a nosotros transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida.” (26)

*   *   *

Así pues, el anzuelo ha sido arrojado. La carnada que ofrece Campbell a través de su erudición en la mitología universal, del enfoque por demás acertado desde el psicoanálisis y la guía invaluable para el lector/ensoñador es, indudablemente, una lectura a la que hay que acercarse.

A propósito de “El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell

Sobre algunos animales recurrentes en el material onírico

El género de la fauna dentro del material onírico es interesante ya que, simbólicamente, representa un estado fijo del ser. Los animales sugieren ideas inmutables, por ejemplo hay que recordar a las distintas casas zodiacales y sus bien conocidas características; la mayor parte de los signos del zodiaco son animales. Así pues algunos otros animales poseen sus significados propios.

La sabiduría popular y el conocimiento de élite tienen alguna opinión sobre el sentido y significado de los símbolos en los sueños. Desde la atalaya elitista de un gran Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot me gustaría referir dos acepciones que se encuentran en esas páginas y que me interesan a propósito de algunos sueños aquí relatados: la araña y el cocodrilo. Los relatos son: La araña jaguar, La arañagrillo y Luz, Pescador barbudo. Cito las acepciones de Juan Eduardo para que se lean junto con los sueños, siempre y cuando al lector le apetezca. Con la simple lectura del significado de estos dos animales bastaría para satisfacer alguna curiosidad.

Araña: En la araña coinciden tres sentidos simbólicos distintos, que se superponen, confunden o disciernen según los casos, dominando uno de ellos. Son el de la capacidad creadora de la araña, al tejer su tela; el de la agresividad; y el de la propia tela, como red espiral dotada de un centro. La araña en su tela es un símbolo del centro del mundo y en ese sentido es considerada en la India como Maya, la eterna tejedora del velo de las ilusiones; la destructividad del insecto no hace sino ratificar ese simbolismo de lo fenoménico. Por esta causa puede decir Schneider que las arañas, destruyendo y construyendo sin cesar, simbolizan la inversión continua a través de la que se mantiene en equilibrio la vida del cosmos; así, pues, el simbolismo de la araña penetra profundamente en la vida humana para significar aquel «sacrificio continuo», mediante el cual el hombre se transforma sin cesar durante su existencia; e incluso la misma muerte se limita a devanar una vida antigua para hilar otra nueva. Se considera la araña como animal lunar, a causa de que la luna (por su carácter pasivo, de luz reflejada; y por sus fases, afirmativa y negativa, creciente y decreciente) corresponde a la esfera de la manifestación fenoménica (y en lo psíquico a la imaginación). Así, la luna, por el hecho de regir todas las formas (en cuanto apariciones y desapariciones), teje todos los destinos, por lo cual aparece en muchos mitos como una inmensa araña.

Cocodrilo: En el significado de este animal se confunden dos aspectos principales y diferentes, que expresan la interacción de dos impresiones elementales sobre el mismo: por su agresividad y poder destructor, el cocodrilo significó, en el sistema jeroglífico egipcio, furia y maldad; por su pertenencia al reino intermedio de la tierra y el agua, al limo y la vegetación, es emblemático de la fecundidad y la fuerza. Según Mertens Stienon tiene un tercer aspecto, derivado de su conexión con el dragón y la serpiente, por el cual constituye un símbolo de la sabiduría. En Egipto se representaba a los difuntos transformándose en cocodrilos de sabiduría. Esta idea está relacionada con el signo zodiacal de Capricornio. Blavatsky identifica los cocodrilos con los Koumara de la India. Prevalece la noción de su agresividad.

El erudito Cirlot nos ofrece posibles vías de interpretación con respecto a las ensoñaciones con animales que en este caso son las arañas y los cocodrilos. Si por ventura al lector se le ocurre algún otro vaso comunicante, una relación distinta a la planteada por mí (la directa) o algún otro comentario o idea, el post está para polemizar y será muy bienvenido cualquier comentario.

Buena noche!

Sobre algunos animales recurrentes en el material onírico

Consideraciones foráneas

Todo libro tiene algo de nosotros. Por suerte, cuando alguien se acerca verdaderamente a una obra (al arte en general), ya sea un cuento, una novela o un guión, es como exponer el rostro frente a un espejo.

En este caso, en el que no se trata el tema del sueño directamente, no sucede que se abandone el objetivo de este blog; sino que estoy ampliamente interesado en que quien caiga en esta web, encuentre algo de sí: tarea de por sí pretenciosa, pero creo que sincera. Quiero, además, que de vez en vez las narraciones se conviertan en noticia de algún otro suceso, y que por la temática que cobijo pueda llegar a interesar al espectador.

Sucede, pues, que como ¿Con qué sueña el Electrolito? no es un sitio que albergue reseñas de literatura o novelas recientes, no se pensaría que hubiera alguna de ellas en las entradas, sin embargo quiero hablar de un libro que me parece pertinente, además de interesante, que se mencione. La lectura que se me ha convertido la mar de ardua, pero que no deja de parecerme genial, es de un filósofo alemán.

En este punto ruego al lector que al enterarse del nombre del escritor, no deje la lectura en aras de conservar su estabilidad mental.

En su libro El mundo como representación y voluntad, Arthur Schopenhauer maneja una exposición de lo que constituye su sistema filosófico, impregnado de influencias budistas, y que representa una concepción de corte idealista sobre el mundo y la realidad.

Una parte, al inicio de su exposición, que parece más un apartado que un elemento fundamental para cohesionar su sistema, está dedicada a la valoración de los sueños. Estas líneas, o sea una cuartilla y media, las había leído hace unas semanas, y con intenciones fogueantes me debatí unos días si era o no pertinente subirlas aquí. “No tienen cabida en el blog” o “a nadie le va a interesar” fueron algunos argumentos en contra, pero creo que he cambiado de opinión y las citaré.

Arthur Schopenhauer escribe sobre los sueños:

[…] ¿Hay algún criterio fiable para diferenciar entre sueño y realidad, entre fantasmas y objetos reales? Pretender que la intuición* soñada tiene menor vivacidad y claridad que la intuición real no merece atención alguna, pues todavía no hay nadie que las haya tenido juntas a las dos para compararlas, sino que sólo puede compararse el recuerdo del sueño con la realidad presente. Kant solucionaba así la cuestión: “La conexión de las representaciones entre sí conforme a la ley de causalidad diferencia la vida del sueño”. Pero también en el sueño se conecta todo según el principio de razón bajo todas sus formas y esta conexión se rompe entre la vida y el sueño o de un sueño a otro. La respuesta de Kant sólo puede formularse del siguiente modo: el largo sueño (la vida) está siempre interconectado al principio de razón, más no con los sueños cortos; aunque cada uno de éstos tiene dentro de sí la misma conexión, entre ellos y el largo sueño de la vida el puente se interrumpe, y por eso cabe diferenciarlos. Sin embargo, dirimir conforme a este criterio si algo se ha soñado o ha ocurrido sería muy difícil y con frecuencia resultaría sencillamente imposible, pues de ningún modo estamos en situación de recorrer la cadena causal, eslabón por eslabón, entre cada acontecimiento vivido y el instante presente, mas no por ello los consideramos como soñados. Por ello en la vida real no suele emplearse este tipo de indagación para distinguir el sueño de la realidad. El único criterio seguro para diferenciar el sueño de la realidad no es de hecho otro que el criterio totalmente empírico del despertar, por medio del cual la conexión causal entre los acontecimientos soñados y los de la vida en vigilia se interrumpe tan explícita como palpablemente. […] Aquí se revela de hecho el estrecho parentesco entre la vida y el sueño; tampoco debería avergonzarnos admitir este parentesco, toda vez que ya se ha reconocido y proclamado por la mentes de mayor ingenio. Los Veda y los Purana no conocen mejor comparación que la del sueño, que utilizan tan profusamente, para el conocimiento global del mundo real, al que dan en llamar “Velo de Maya”. Platón reitera con frecuencia que los hombres viven en sueños y que únicamente el filósofo se esfuerza por mantenerse despierto. Píndaro dice que “el hombre es la sombra del sueño”; Sófocles dice: “Veo que, mientras vivimos, no somos otra cosa que espectros y una sombra fugaz”. El gran Shakespeare dejó escrito lo siguiente: “Somos del mismo material / con que se tejen los sueños, y nuestra corta vida / se ve rematada por el dormir”. Finalmente Calderón se hallaba tan hondamente impresionado por esta perspectiva que intentó expresarla en un drama de corte metafísico titulado La vida es sueño.

Tras citar a estos poetas, se me permitirá recurrir a una metáfora. La vida y los sueños son hojas de uno y el mismo libro. Leerlo de corrido equivale a la vida real. Pero algunas veces, cuando acaban las horas de lectura (el día) y llega el tiempo de reposo, seguimos hojeando ese libro sin orden ni criterio, abriéndolo al azar por una u otra de sus páginas; con frecuencia se trata de una página ya leída y en otras ocasiones de una página desconocida, pero siempre son páginas de un mismo libro.

*Schopenhauer sostiene que hay dos tipos de acceso al conocimiento: la vía racional y la intuitiva. Considera ésta última como la más eficaz o la más genuina.

Consideraciones foráneas