La chica de la mirada incrédula

Desde esta esquina, la ciudad luce completamente normal. La gente parece vivir de la misma manera en que lo ha venido haciendo desde que puedo recordar, o desde que presto más atención a la manera en que la sociedad se desenvuelve.

Desde este lado de la ciudad, veo con mucha claridad cómo las manifestaciones de rebeldía de una chica llegan a extremos a los que muchos no estamos dispuestos a llegar. Me da la impresión de que esa chica, que no me es del todo desconocida, intenta quitarse la vida frente a la gente que camina frente a ella sin prestarle atención alguna.

Doy algunos pasos para ver más de cerca qué es lo que sucede y qué consecuencias traerá ver a esta chica colgada en plena plaza central. Conforme camino más, puedo darme cuenta de que no hay nada de qué extrañarme; la chica se encuentra pendiendo de una soga que ella misma anudó a un árbol. Lo curioso es que puedo ver que aún sin vida, ella observa incrédula y con los ojos muy abiertos que la gente camina a su lado, y pasa sin siquiera advertirla. Adivino en su mirada una pregunta: ¿valió la pena morir por estos? Y, en silencio y mirándole a los ojos, le respondo que no.

03 agosto de 2012

Jódanse los buitres.

La chica de la mirada incrédula

El absurdo cocodrilo de juguete

En el fondo de aquella alberca sólo puedo apreciar agua revuelta de tonos ocres, que de cuando en cuando se ve sacudida por movimientos enérgicos y espontáneos realizados por algún animal debajo de aquella líquida superficie.

Levanto la mirada y me sorprendo en una habitación amplia, que en su interior tiene múltiples pozas con la misma sustancia ocre; todas con el mismo contenido y en todas la misma actividad: agua agitándose a causa de los movimientos convulsivos de estos animales que ahora pueden comunicarse de manera un tanto telepática o mística, diría yo, conmigo.

La habitación la encuentro un tanto desaseada, me da la impresión de que cayó en el abandono junto con su contenido, dejada a su propia suerte desde hace algún tiempo; pero a pesar de esto no alcanzo a captar ningún olor desagradable, es más, me doy cuenta de que mi sentido del olfato prácticamente se encuentra dormido y esto me hace darme cuenta que desde que estoy aquí tampoco percibo sensaciones de temperatura o alguna textura con mis manos o mi piel. Los sonidos no existen en este lugar, a pesar de que las aguas agitándose deberían estar emitiendo varios ruidos intensos; es como si se me hubiera privado de los sentidos, que en este momento no me fueran útiles, como si en este preciso instante sólo debiera enfocarme al único sentido que me funciona: la vista, además de prestar más atención a esa otra área de tipo intuitivo que en ese momento estaba despertando dentro de mí.

En cuanto pongo más atención a las cosas que puedo captar mediante mi vista, advierto que del interior de las pozas emergen cocodrilos de distintos tipos y tamaños. Unos tan pequeños que resulta risible creer que realmente se trate de esos animales: son tan pequeños como una lagartija; otros son largos, más parecidos a un dragón chino en miniatura, pero hay algunos de tamaño espectacular, de unos seis o siete impresionantes metros. Es uno de éstos el que se dirige en dirección mía, su andar es lento pero no torpe y sé que por más que corra, tarde o temprano,  llegará a mí. Caigo al suelo derrotado y víctima del miedo a aquel imponente animal, pronto lo inevitable se presenta. El cocodrilo se encuentra a mi derecha y prácticamente puedo tocarlo con mis pies, voltea y por medio de la comunicación que puede entablar conmigo sin necesidad de la palabra, me dice – no te preocupes, ya he comido suficiente, no te comeré esta vez, aunque si estuviera hambriento no lo dudaría ni un momento–. En ese momento mi vista se encontraba nublada por el pánico de tener próxima a la bestia, pero al saber que no sería devorado, poco a poco la calma regresó a mí y pude ver con más claridad. Al recobrar la claridad en mi visión noto que el cocodrilo no tiene piel de reptil, sino que es de plástico y de un color más parecido al gris que al verde. Al saberme seguro me atrevo a tocarlo y en ese instante mi sentido del tacto regresa a mí, dándome mi primera sensación de este tipo, la cual es la sensación de estar tocando un pedazo de plástico hueco y rígido. Golpeo la carcaza con mi puño, como quien toca una puerta: el primer sonido llega a mis oídos, siendo éste la corroboración de que aquel animal falso está hueco; además puedo escuchar una especie de mecanismo a base de engranes, supongo yo, que a cada paso del cocodrilo hace un ruido muy parecido al que hace algún juguete de cuerda a punto de descomponerse. Pronto un olor a plástico nuevo llega a mi nariz y en ese preciso instante un sabor a sangre fresca en mi boca me despierta finalmente.

El absurdo cocodrilo de juguete

Lagartijas de colores fosforescentes

Rojo León y yo caminábamos sobre tierra muy oscura. A cada tanto nos encontrábamos con montículos de la misma sustancia y en algún momento uno nos interesó. Nos acercamos al montón de tierra y hurgamos en él. La colita de una lagartija asomó rápidamente. Ésta, la primera, fue de un anaranjado encendido, como el de algunas cartulinas de papelería; pero no logramos atraparla.

Seguimos caminando y encontramos otro montículo con otra lagartija: era amarilla fosforescente y yo fui el primero en cogerla. Se estuvo tranquila en mi mano, aunque pronto sentí un escozor entre los dedos. La solté en el instante y ella escapó. En seguida mi acompañante localizó otra y también la levantó. Observaba la cabecita del reptil moviéndose entre los dedos de Rojo León y vi cómo la lagartija abría con lentitud sus pequeñas fauces y sacó su lengua humana. Lamió los dedos de la mano que la aprisionaba y ésta se abrió automáticamente, víctima del mismo escozor que yo sentí.

Ante la lagartija

Lagartijas de colores fosforescentes

Las rampas

Estoy parado en el patio común de una escuela. Éste es circular, en el centro presenta una jardinera a ras de suelo y en su pasto hay espirales marcados. Por momentos parecen moverse y este movimiento es ligeramente adormecedor. Alrededor del patio hay más pasto y justo frente a mí está el edificio de la escuela. En la entrada se encuentra parado un profesor que me recuerda a un gran médico que conocí en un hospital. Esto me hace recordar que estoy esperando el resultado de una prueba. Corro rápidamente con el profesor para saber si he sido aceptado y al llegar frente a él, sin decir nada, extiende el brazo invitándome a pasar al edificio, en el cual sólo gente con ciertas características especiales puede ingresar.

Al entrar noto que la puerta es muy angosta y un poco más alta de lo normal. Una vez dentro veo con asombro que el interior del edificio carece de escaleras, a pesar de tener varios niveles de altura. También noto que todo el primer nivel se encuentra invadido por estructuras triangulares que hacen las veces de rampas y al mismo tiempo de un laberinto. Algunas rampas te regresan al mismo lugar, otras al tomarlas sólo te llevan a niveles inferiores y en consecuencia dudo un poco al decidir la rampa que debo tomar. Pronto advierto al profesor parado a un lado de una rampa y no dudo en pedirle consejo, él contesta que ésa es su rampa y que debo buscar la propia para seguir avanzando. Sin pensarlo y guiado sólo por la intuición tomo una rampa: es angosta y muy inclinada. La cuesta es difícil ya que además de sus características anteriores es muy resbalosa y no hay dónde asirse.

Después de mucho esfuerzo lo consigo. Llego al segundo piso del edificio; ahí sólo hay una pequeña habitación en penumbras y apenas alcanzo a darme cuenta que en las paredes hay marcas, como signos hechos con fuego y en el piso, sentados en círculo, se encuentran el profesor y seis discípulos más. Esto me alegra y pienso —ahora somos siete—. Excelente número para un buen grupo, pero al intentar incorporarme el profesor, con voz firme pero gentil, me dice que éste no es mi sitio y que debo seguir hasta el siguiente nivel. Nuevamente con su brazo derecho me indica el camino. Paso a un lado de los discípulos, que en ningún momento me voltearon a ver. Las dudas de qué camino elegir ahora se borran. Sólo hay una rampa pero esta vez parece que el camino es mucho más difícil. Sin dudas, y lo más importante, sin miedo doy el primer paso para subir al siguiente nivel.

Las rampas

La galera

Dos hombres se miran con detenimiento, tal vez como pocas veces lo han hecho, y pueden notar que aunque son distintos tienen muchas cosas en común. Sólo hace falta ser un poco más a agudo en las observaciones para encontrar un nuevo detalle. Reconocen que tienen su estilo propio y que de cierta manera se aceptan mutuamente por lo que son. El mayor le dice al otro –vamos, hermano, te invito un trago-. Da vuelta en 180° para salir de esa espantosa galera que a los dos les repugna.

El sitio es lúgubre y sólo se pueden apreciar algunas ventanas rotas, una que otra roca en el interior lanzada seguramente por algún niño travieso para romper los cristales del viejo lugar abandonado, los que yacen rotos en el suelo. El lugar es de proporciones exageradas y por momentos da la sensación de que estuviera vivo.

El mayor, con el atardecer a su izquierda y viendo cómo poco a poco se oscurece, no percibe que la amplitud de sus pasos lo ha llevado muy lejos y que adentro de la galera aún está su hermano menor. Voltea y desde la enorme distancia que ahora los separa puede ver los ojos de angustia y escucha el grito de terror mientras lentamente las puertas de la galera se cierran. Corre con toda la fuerza que sus músculos le permiten, tan pronto llega a la puerta empuja con la misma intensidad, potenciada por la suma de emociones, coraje y miedo que la escena le ha ofrecido. El hermano por dentro trata de abrir con desesperación. ¿Qué hay dentro?, no lo sabe, pero sí sabe que debe sacarlo de ahí pronto. La angustia llega al punto que el hermano mayor empuja hasta con la cabeza y poco a poco empiezan a ceder las dos hojas viejas de la puerta. Puede ver al prisionero del otro lado y en algún momento al fin la galera lo escupe, pero engullendo al mayor.

Una vez dentro nota qué tanto ha oscurecido. En los muros lo único que puede apreciar son múltiples sombras rondándolo. Algunas son pequeñas como un hombre promedio, pero otras son tan grandes que no pueden apreciarse completas. Pronto comienzan a girar en torno a él, corre por toda la galera en busca de otra salida pero es en vano, no hay escapatoria. Sólo tiene una opción y la toma: recoge del suelo una piedra y la lanza con todas sus fuerzas para golpear a alguna de las sombras que cada vez más lo sumergen en la oscuridad. De pronto emerge el ruido de un vidrio rompiéndose y una luz a lo lejos. -Es la luna- pensó. Del otro lado de los vidrios, afuera de la galera el hermano menor también rompe cristales y la luz de la luna se filtra cada vez más hacia dentro. Los dos de manera simultánea arrojan las piedras en direcciones distintas y con la misma finalidad: cada vidrio roto es un festejo. Se gritan palabras de apoyo y se incitan el uno al otro a continuar lanzando piedras. No saben si esto va a servir de algo, pero al menos hay más luz en la galera.

La galera

El dibujo

Tengo la sensación de que alguien me mueve de forma enérgica. La sensación va incrementándose rápidamente: pronto una voz femenina comienza a llamarme. Por unos segundos no sé qué sucede pero pronto me doy cuenta que alguien trata de despertarme. Una vez que puedo abrir los ojos y recuperar la conciencia volteo y veo un rostro conocido, —¿qué pasa, amor?— digo aún con voz adormitada. —Tenías una pesadilla y por eso te desperté— me contesta angustiada. Por la expresión de su rostro puedo intuir que mientras dormía hacía algún tipo de ruido extraño o me movía.

Pronto recuerdo. Es verdad, soñaba y soñaba con el sujeto con el que tuve un enfrentamiento en una ensoñación anterior (Las enseñanzas del mal), aquel tipo de color naranja y con un clavel de papel en la frente. Trato de indagar dentro de mi memoria qué otros elementos había en el sueño. Mi intrigada acompañante me insiste en tratar de recordar más elementos del sueño. Ahora son más claros, el rostro de una mujer viene a mi cabeza, tan pronto expreso mi recuerdo me alcanza un trozo de papel y un lápiz y me invita a dibujarlo: no parece tan mala idea, además ¿qué podría pasar?

A pesar de que sé que mi habilidad para dibujar es muy limitada, empiezo a plasmar los primeros trazos en el papel, pronto tengo ya la mayor parte del rostro terminado a excepción de los ojos; volteo a mi izquierda y la mirada de mi compañera me dice que continúe, así lo hago y comienzo a dibujar perfectamente unos ojos cerrados. Creo que tengo temor de verlos, o aún peor, que me vean ellos a mí, por eso los prefiero cerrados. Una vez terminado el bosquejo del rostro, mi mano empuña el lápiz y yace sobre el trozo de papel, dirijo mi mirada a mi acompañante y le hago saber que está terminado. En ese instante un dolor intenso se irradia desde mi mano hacia el resto de mi cuerpo, recorriendo hasta el último rincón de mi organismo. El dolor me es muy familiar: sí, ya lo sé, es el dolor que me provocaban los golpes de aquel sujeto contra el que me enfrenté hace tiempo. Volteo rápidamente tratando de ver el lugar donde se originaba el dolor y lo que puedo ver es que mi mano descansa sobre el papel, y a un lado de ella hay un rostro, que en cuanto siente mi mirada, abre los ojos para encontrarse con los míos. La mirada es fría y penetrante, como la de un cazador; me hiela la sangre, pero este miedo que ahora siento pronto habrá de convertirse en terror cuando, de aquel dibujo que ahora me observa, comienza a emerger poco a poco la cabeza de un individuo. No tengo la necesidad de adivinar de quién se trata; aún no veo sus ojos pero es de ese color tan familiar para mí: y en la frente un tulipan. El terror es tal que incluso el dolor cae en el olvido. El demonio ha regresado.

El dibujo

Las enseñanzas del mal

Me encontraba en una fiesta que había organizado en mi casa. Acudió mucha gente, pero nadie me era familiar. Entre la multitud no pude dejar de notar la presencia de alguien muy peculiar, un anciano que a juzgar por su apariencia, debió tener más de 80 años. Poco a poco empezó a llamar la atención de la gente. El ambiente era brumoso, el aire estaba viciado y se podía respirar maldad. Por un momento tuve la sensación de estar en presencia del diablo.

El anciano se acercó a un integrante de la fiesta, un hombre más o menos de mi edad, y después de decirle algunas cosas que no pude escuchar, iniciaron un recorrido por toda mi casa. Los seguí a escondidas mientras subían las escaleras al segundo piso. Supe que el diablo enseñaría algo al hombre que no era yo, y sentí celos de no ser su aprendiz.

En el segundo piso visitaron principalmente cuatro habitaciones. En la primera alcancé a ver un lugar de paredes rojas, como pintadas con sangre. Ahí se encontraba un tipo muy fornido arrancándole, con un pedazo de fierro oxidado, la piel a un cuerpo sin vida, empalado y de cabeza en el centro de la habitación.

La segunda habitación era un escenario muy brumoso en donde no se alcanzaba distinguir ninguna actividad dentro, pero sí un olor a podredumbre y una sensación de muerte inminente, no pude permanecer mucho tiempo contemplando ese lugar, ya que sentí que me perdería dentro de ella y moriría.

La tercera habitación era de color púrpura. Había algunas mujeres desnudas, sentadas en el suelo; pero no pude alcanzar a ver con claridad lo que pasaba dentro porque noté que el resto de las personas de la fiesta me estaban siguiendo. Poseídos por la fuerza maligna del diablo, como zombies me seguían por toda la casa, armados con objetos diversos y con no muy buenas intenciones. Corrí durante toda la noche dentro de la casa, la que poco a poco se iba haciendo más y más grande.

Al final pude salir de la casa, ya amanecía y mi familia llegaba en auto. Mientras bajaban vi cómo frente a nosotros, en un automóvil, el diablo y su aprendiz se alejaban del lugar.

Ya que el episodio traumático terminó. Intenté entrar de nuevo a la casa, pero noté que la puerta está cerrada. Mi hermano se acercó para ver qué es lo que ocurría, pero, como bajo una hipnosis profunda, ambos nos quedamos parados frente a la puerta sin hacer ni decir nada. Cuando mi padre vio la situación, se acercó y nos preguntó sobre lo que había pasado, pero antes de poder decir algo, la puerta ya se encontraba abierta. Al entrar los tres a la casa escuchamos un grito terriblemente escalofriante de una mujer, “mi hermana” pensé. Mi padre acudió al llamado de ella, lo seguí de cerca y me percaté de que está en la cuarta habitación. Vi que mi hermana embarazada, yacía tendida en una cama con sábanas blancas, con un lunar enorme de sangre. A un lado de ella mi sobrino de 2 años trataba de limpiar la sangre, con una expresión de profundo terror. Mi padre la cargó a ella y yo a mi sobrino. Dije en voz alta que todo estará bien y que estábamos a tiempo, aunque yo sabía que el aborto era inevitable. Tan pronto los subimos al auto, se pusieron en marcha hacia el hospital, y nuevamente quedé solo en mi casa.

La sensación que tenía era amarga, productora de un cansancio inmenso y una profunda tristeza. Me dirigí a mi habitación a tomar una siesta. Llegué a mi cuarto y me recosté, dando la espalda a una pared, tratando de dormir. Escuché que me chisteaban, y traté de ubicar de dónde provenía el sonido, pero no pude. Intenté dormir de nuevo. Una vez más me chistearon, de un salto me puse de pie. Empecé a caminar por el cuarto buscando a alguien escondido, pero mi búsqueda fue inútil. Pero advertí que de una pared emergía una cabeza a manera de trofeo de caza, pero era una cabeza humana, de color naranja, sin cabello, con los ojos cerrados y con un tulipán rojo brillante de papel maché en la frente. Era muy extraño porque no recordaba que un objeto así estuviera en mi cuarto anteriormente.

Di algunos pasos y la cabeza giró en dirección mía, como siguiendo mis movimientos; me moví un poco más y ella también lo hice nuevamente. Ingenuamente y sin percatarme de lo aterrado que estaba, acerqué mi rostro al de la pared como intentando ver alguna señal de vida en él. En el momento que acerqué mi rostro aproximadamente a un palmo, la cabeza cobró vida, abrió los ojos y el resto de su cuerpo emergió de la pared. Se trataba de un tipo completamente anaranjado, sin ropas, muy alto y fornido. Se interpuso entre la puerta y mi camino. Al verlo frente a mí me causó la misma sensación que aquel anciano de la fiesta, sabía que me encuentraba en serios problemas y además frente a una inevitable batalla.

Con mis escasos conocimientos de Muay Thai puse mi guardia y me dispuse a pelear. Hice uso de mis mejores y más potentes golpes, pero el individuo sólo esbozó una sonrisa que llena mi corazón de terror. En ese momento supe que estaba perdido ante un oponente invencible. Aun así no me detuve, aumenté la fuerza y velocidad de mis ataques, los cuales fueron repelidos con un único movimiento de su mano derecha. El dorso de su mano golpeó suavemente mi frente, pero me causaba una sensación de dolor en todo el cuerpo, tanto que no pude moverme. Me atacó tantas veces como lo hice yo a él. Sentí cómo mi cuerpo fue recorrido por el dolor una y otra vez, concentrándose mas en mi fosa renal izquierda. Me encontraba tirado en el suelo, indefenso. Durante la golpiza que estuve recibiendo pensé en el viejo truco de hacerse el muerto, parece que se lo cree y en ese momento arremetí contra él nuevamente directo a la cabeza, pero no le hice ningún daño. Los sentimientos de impotencia, odio y terror me invadieron. Quedé en el suelo arrinconado contra la pared, cubriéndome el rostro con las manos y en posición fetal, siendo víctima del dolor físico más grande que habia sentido en mi vida. De pronto desperté en la misma posición que en el sueño, sólo que sobre mi cama y el dolor desapareció.

De la colección "Pago en especie"
De la colección "Pago en especie"

Las enseñanzas del mal