La chica de la mirada incrédula

Desde esta esquina, la ciudad luce completamente normal. La gente parece vivir de la misma manera en que lo ha venido haciendo desde que puedo recordar, o desde que presto más atención a la manera en que la sociedad se desenvuelve.

Desde este lado de la ciudad, veo con mucha claridad cómo las manifestaciones de rebeldía de una chica llegan a extremos a los que muchos no estamos dispuestos a llegar. Me da la impresión de que esa chica, que no me es del todo desconocida, intenta quitarse la vida frente a la gente que camina frente a ella sin prestarle atención alguna.

Doy algunos pasos para ver más de cerca qué es lo que sucede y qué consecuencias traerá ver a esta chica colgada en plena plaza central. Conforme camino más, puedo darme cuenta de que no hay nada de qué extrañarme; la chica se encuentra pendiendo de una soga que ella misma anudó a un árbol. Lo curioso es que puedo ver que aún sin vida, ella observa incrédula y con los ojos muy abiertos que la gente camina a su lado, y pasa sin siquiera advertirla. Adivino en su mirada una pregunta: ¿valió la pena morir por estos? Y, en silencio y mirándole a los ojos, le respondo que no.

03 agosto de 2012

Jódanse los buitres.

La chica de la mirada incrédula

Oleaje

El lugar en donde estaba tenía un regusto al set que Truman sufrió en The Truman Show. Si bien la arena de la playa debajo de mis pies se sentía muy real, con tan sólo mirar al cielo se advertía un acartonamiento y un sabor a irrealidad. Alrededor mío había un bullicio que recordaba a un hormiguero; no distinguía algún rostro en especial y estoy seguro que la gente huía de la playa. Temían al agua. Y yo, después de unos momentos, también. La primera ola era monstruosa por su tamaño y cortaba sin clemencia el aliento. Tenía un color azul muy parecido al de los zafiros y vaticinaba muertes al instante y otras dolorosas.

Corrí como todos.

Mientras huía del rugido del agua noté que estaba en una isla de forma alargada y ridículamente estrecha; justo en medio había una carreterita en la que una camioneta pequeña me esperaba. Dentro viajaba gente importante para mí y que había venido a mi rescate. Logramos acelerar, como en una película gringa, antes de que la marea lograra alcanzar los neumáticos. Al mirar atrás, la tierra de la isla cedía ante la fuerza de las olas, de la misma forma desaparecía la carretera ya recorrida y, tiempo después, la que faltaba por recorrer.

Las olas se hinchaban descomunalmente y prometían muerte. El tramo de camino que nos quedaba por andar se acabó en algún momento y tuvimos que tomar una decisión. De manera curiosa la gente que estaba dentro del coche se esfumó o dejó de importar, así que abrí la puerta y lo primero con lo que me encontré fue una resbaladilla o tobogán que me conducía directo y sin misericordia al mar furibundo que ya había consumido cualquier sostén. Cerré los ojos resignado y sentí con claridad el momento de entregarme. Me dejé caer hacía el líquido zafiro que esperaba con ansia.

Oleaje

Los OVNIs del 8 de junio de 2011

Como si estuviéramos frente a una pantalla, desfilaban ante nosotros los diversos escenarios de una excursión en ámbitos naturales, casi salvajes. Creo que había algunos marinos, otros selváticos pero nos adentrábamos en un bosque color de otoño con un río helado y una cabaña en la que seguro nos resguardaríamos. Dimos un primer paso y la puerta de madera ya estaba muy cerca, no más de treinta segundos a pie; de pronto, la amenaza tan vieja, tan conocida hizo presencia: un enjambre de OVNIs apareció en el cielo con plenas intenciones de abducción. El pánico descendió sobre nosotros como un sereno pero de manera tan súbita que corrimos hacia la cabaña. Cuando la mayor parte de los excursionistas ya estaba dentro, vi en el umbral de la puerta el cabello rubio de la chica que más me interesaba que entrara a resguardo. Fue al seguir sus pasos que caí en cuenta de algo: los OVNIs más que una amenaza, eran un simulacro. Cogí uno con la mano mientras viajaba en el aire. No era más grande que dos metros; al tocarlo recordaba a ese metal que no se sabe si es plástico o viceversa. Era fresco al tacto y ningún tripulante pareció encararme. Sospecho que algún engrane, hechizo, conjuro, maldición o tara decayó dentro de mí. Estoy a la espera de nuevas noticias.

Los OVNIs del 8 de junio de 2011

Hasta el copete de tantas balas y persecución

Creo que todo empezó como un programa de televisión en donde mostraban a un hombre que había sobrevivido a la mordida de varias serpientes en el desierto. El procedimiento que usó para repeler el veneno fue moverse como serpiente: de pie y con los brazos por arriba de la cabeza, extendidos hacia el cielo y con las manos tomadas una de la otra.

El lugar en donde se veía al viejo contar su historia era frente a un refugio de piedra de apariencia muy antigua, casi arcaica. De pronto este señor se me unía y caminábamos juntos mientras platicábamos su experiencia con los reptiles. El paraje poco a poco se transformó en un caserío; pronto nos hallamos andando por una empinada calle de arena. A continuación nos encontramos con una serpiente del mismo material que estábamos pisando y era casi tan alta como nosotros. Había sido fabricada por la gente de la televisión que no pude por ninguna parte. Sobre esta construcción había serpientes reales, muchas eran cadáveres y unas pocas estaban vivas. El viejo las levantaba con las manos desnudas y parecía no tener miedo a ser mordido de nuevo. Me ofreció una pero yo me alejé internándome en el caserío. Él me alcanzó pronto.

En una de esas calles vimos cómo una combi de servicio público dio de manera brusca la vuelta en una esquina, pero el conductor no se detuvo hasta chocar con la banqueta al volantear de esa manera. El hombre que la manejaba abrió la puerta con violencia y antes de que la viéramos, supimos que llevaba un arma en las manos. Apenas sentimos la necesidad de huir, otra combi llegó con velocidad por el camino en que había arribado la primera; dio la vuelta de la misma forma y quedaron los dos autos uno al lado del otro. No sabíamos el viejo y yo si era un enfrentamiento o si venían por nosotros, así que empezamos a correr. Llegamos a la parte trasera del pueblo. Corrimos como nunca, rapidísimo, y mi cuerpo para ese entonces era el de un niño, así de pequeño y herido de bala. No supimos si por producto de la supuesta persecución o si fue un genuino fuego cruzado.

Hasta el copete de tantas balas y persecución

Otra pinche guerra

La carretera a lo lejos se enterraba en el paisaje como una hipodérmica. Había árboles y pastizales, y la cinta asfáltica gris. Nunca supe si viajaba a pie o en algún motor.

A mis lados el horizonte mostró dos batallones de ejércitos contrarios; yo estaba en medio del fuego cruzado. Sin tardanzas las trincheras aparecieron y el cielo se tiñó de pólvora.

El sonido de las metrallas era terrible. Una muchedumbre verde militar se movía nerviosa, como cucarachas al encender el foco de la cocina. Sin premeditarlo me había inclinado a un bando, no supe cuál pero de entre ese maldito caos de armas y hombres queriendo matar hombres vi la cabecita infantil de uno de mis sobrinos sobresalir de una trinchera. Las balas acariciaban su cabello desordenado.

Corrí tan rápido como el sueño lo permitió y me acosté sobre el borde de la trinchera, enroscándome alrededor de su cabecita, esperando que mi espina sirviera de escudo, quizá deseando que la carretera fuera aquélla que había perforado el horizonte con tanta naturalidad.

Otra pinche guerra

El absurdo cocodrilo de juguete

En el fondo de aquella alberca sólo puedo apreciar agua revuelta de tonos ocres, que de cuando en cuando se ve sacudida por movimientos enérgicos y espontáneos realizados por algún animal debajo de aquella líquida superficie.

Levanto la mirada y me sorprendo en una habitación amplia, que en su interior tiene múltiples pozas con la misma sustancia ocre; todas con el mismo contenido y en todas la misma actividad: agua agitándose a causa de los movimientos convulsivos de estos animales que ahora pueden comunicarse de manera un tanto telepática o mística, diría yo, conmigo.

La habitación la encuentro un tanto desaseada, me da la impresión de que cayó en el abandono junto con su contenido, dejada a su propia suerte desde hace algún tiempo; pero a pesar de esto no alcanzo a captar ningún olor desagradable, es más, me doy cuenta de que mi sentido del olfato prácticamente se encuentra dormido y esto me hace darme cuenta que desde que estoy aquí tampoco percibo sensaciones de temperatura o alguna textura con mis manos o mi piel. Los sonidos no existen en este lugar, a pesar de que las aguas agitándose deberían estar emitiendo varios ruidos intensos; es como si se me hubiera privado de los sentidos, que en este momento no me fueran útiles, como si en este preciso instante sólo debiera enfocarme al único sentido que me funciona: la vista, además de prestar más atención a esa otra área de tipo intuitivo que en ese momento estaba despertando dentro de mí.

En cuanto pongo más atención a las cosas que puedo captar mediante mi vista, advierto que del interior de las pozas emergen cocodrilos de distintos tipos y tamaños. Unos tan pequeños que resulta risible creer que realmente se trate de esos animales: son tan pequeños como una lagartija; otros son largos, más parecidos a un dragón chino en miniatura, pero hay algunos de tamaño espectacular, de unos seis o siete impresionantes metros. Es uno de éstos el que se dirige en dirección mía, su andar es lento pero no torpe y sé que por más que corra, tarde o temprano,  llegará a mí. Caigo al suelo derrotado y víctima del miedo a aquel imponente animal, pronto lo inevitable se presenta. El cocodrilo se encuentra a mi derecha y prácticamente puedo tocarlo con mis pies, voltea y por medio de la comunicación que puede entablar conmigo sin necesidad de la palabra, me dice – no te preocupes, ya he comido suficiente, no te comeré esta vez, aunque si estuviera hambriento no lo dudaría ni un momento–. En ese momento mi vista se encontraba nublada por el pánico de tener próxima a la bestia, pero al saber que no sería devorado, poco a poco la calma regresó a mí y pude ver con más claridad. Al recobrar la claridad en mi visión noto que el cocodrilo no tiene piel de reptil, sino que es de plástico y de un color más parecido al gris que al verde. Al saberme seguro me atrevo a tocarlo y en ese instante mi sentido del tacto regresa a mí, dándome mi primera sensación de este tipo, la cual es la sensación de estar tocando un pedazo de plástico hueco y rígido. Golpeo la carcaza con mi puño, como quien toca una puerta: el primer sonido llega a mis oídos, siendo éste la corroboración de que aquel animal falso está hueco; además puedo escuchar una especie de mecanismo a base de engranes, supongo yo, que a cada paso del cocodrilo hace un ruido muy parecido al que hace algún juguete de cuerda a punto de descomponerse. Pronto un olor a plástico nuevo llega a mi nariz y en ese preciso instante un sabor a sangre fresca en mi boca me despierta finalmente.

El absurdo cocodrilo de juguete

Colgante en un sombrero negro

Dos viejos amigos caminaban a mis costados. Era el crepúsculo y el pavimento estaba húmedo. Había un gris circundante. Yo sentía un malestar general que por momentos podía clasificar como físico y otras como emocional; sin embargo la sensación vagaba en mí.

Llego un momento en la caminata en la que nos encontramos con una alcantarilla abierta, y debido a mi condición de debilidad, no pude esquivarla y caí dentro de ella. Me sumergí en una sustancia casi incorpórea totalmente bruna que me aisló por completo de la calle, de mis amigos y de mi cansancio-malestar. No supe si salí por mis propios medios o si mis compañeros me sacaron. Recuerdo estar tumbado en la acera. Mis acompañantes se alarmaron de mi condición y llamaron a una ambulancia, que llegó muy pronto. Bajó de ella un hombre vestido de blanco, abrió las puertas traseras del vehículo y sacó una camilla e instaló una barra en forma de L.

Ese hombre se aproximó a nosotros y se informó de lo que había ocurrido. Me tendió la mano y con muchos esfuerzos me puse de pie. El malestar que sentí al principio había hecho muchos estragos físicos en mí, pero en ese momento de reposición se había movido a mi alma, hacia algo profundo. El camillero me preguntó si quería recostarme o prefería sentarme frente a la barra y beber un trago. Repuesto mi cuerpo, mi espíritu es el que necesitaba cuidados: me decidí por la segunda.

Me sirvieron en un vasito de cristal un líquido ámbar muy embriagante. Entonces, mientras trataba de recuperarme, cerré los ojos y vi la cara de un hombre que usaba un sombrero negro; del ala de éste, justo en medio del rostro, colgaba un adorno que se veía muy pesado. Era de oro y le llegaba hasta la barbilla. En el extremo próximo al ala había unos pequeños círculos dorados que recordaban unas arras, pero poco a poco las arras se iban haciendo más grandes hasta llegar a la última que era del tamaño de una palma humana.

Ese hombre, con ese sombrero, estaba loco.

Cuando abrí los ojos me di cuenta que estaba infectado, de alguna forma, de la locura de mi visión y temí por mi integridad, por mí mismo.

Colgante en un sombrero negro